Pasar por el aro con seis meses de retraso

15 / 06 / 2016 Agustín Valladolid
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Medio año después, y en peores condiciones, el PSOE puede verse obligado a hacerlo que no quiso tras el 20-D.

Felipe González lo dijo a la semana de la falsa primera vuelta de estas elecciones, exactamente el 28 de diciembre en una entrevista publicada en El País: ni el Partido Popular ni el Partido Socialista deben impedir que el otro forme Gobierno si ellos no lo pueden lograr. González añadía que los partidos habían hecho una lectura errónea de los resultados, empezando por el suyo, “que ha sufrido una derrota clara en las urnas y debería haber considerado la voluntad de los ciudadanos”. Esta frase, aparentemente críptica, no gustó mucho en Ferraz. Porque de críptica tenía más bien poco. El expresidente señalaba el que, con toda seguridad, hoy lo sabemos, era el camino más inteligente y sensato de los que se ofrecían a Pedro Sánchez: dejar gobernar al partido más votado, reforzar su rol de líder de la oposición frente a Pablo Iglesias y convertirse en el árbitro de las principales decisiones de la política española. Un perfil y un protagonismo a priori inimaginables con tan solo 89 diputados (más el de Nueva Canarias) en el Congreso.

La otra opción comprensible hubiera sido decirle al Rey: si Mariano Rajoy con 123 no puede formar Gobierno, un servidor, con 90, mucho menos. De ese modo la responsabilidad de la repetición electoral hubiera recaído de lleno en el PP. Nunca sabremos cómo habría afectado esa decisión de Sánchez a sus actuales expectativas electorales, pero de lo que ya no hay duda es que la que podía haber sido una maniobra inteligente de haber existido un plan B, el acuerdo con Ciudadanos, ha acabado por provocar en estos meses un estrechamiento del terreno de juego ideológico de los socialistas, hasta el punto de que un leninista de libro, como Pablo Iglesias, se acaba de permitir el lujo de autoproclamarse líder de la “nueva socialdemocracia”.

Al presentar su Gobierno en la sombra, Sánchez dijo que el PSOE gana cuando es el PSOE, lo que, a tenor de los resultados del 20-D, venía a ser un reconocimiento de la desfiguración del partido. No le faltaba razón al secretario general: al PSOE le ha ido bien cuando ha sabido acoplar sus prioridades a los problemas del país, desplazando a un segundo plano la discusión interna. Y es precisamente el no haber mantenido esa pauta una de las principales causas de la crisis que arrastra. Pedro Sánchez tomó la decisión que tomó tras el 20-D no porque fuera lo más indicado para los intereses generales, sino, en primer término y con los dos ojos puestos en el calendario nacional y el andaluz, para neutralizar cualquier movimiento de Susana Díaz. Es decir, antepuso sus ambiciones a la decisión que parecía más razonable y de paso inteligente, manteniendo después de fracasar en la investidura el veto al PP en lugar de ayudar a desbloquear la situación.

Leninista de libro

La imagen predominante seis meses después es la de un candidato voluntarista que, en lugar de calificar con excesiva ligereza el escrutinio del 20-D como “histórico”, debió haberse abonado a la lectura más modesta pero provechosa de un resultado que era malo pero no tanto, ya que después del tremendo impacto de la crisis en los partidos tradicionales y la robusta irrupción de Podemos y Ciudadanos en el panorama político, el PSOE mantenía el liderazgo de la oposición y sacaba 20 escaños a Podemos y sus confluencias.

Esa misma lectura hizo Pablo Iglesias, que muy pronto concluyó que había que forzar la repetición de las elecciones para darle la vuelta al marcador. Iglesias sabe que, sean cuales sean los resultados del 26 de junio, Podemos no va a estar en el futuro Gobierno. No es ese su objetivo. Su objetivo es el sorpasso, para después acabar la faena de hundir al PSOE y ocupar el espacio preeminente de la oposición, esa parcela de poder despreciada por Sánchez. Si para ello hay que vestirse de socialdemócrata o de lagarterana, pues se viste uno. Podemos, en definición de uno de sus dirigentes, es una operación perfecta de tacticismo político, “hasta el punto de hacer aparecer al más radical de todos, al más bolivariano, Íñigo Errejón, como el más moderado y pactista”.

La semana pasada defendía Alfonso Guerra en estas páginas algo parecido a lo dicho tiempo atrás por González: que “los apoyos no tienen por qué ser siempre votos afirmativos. Pueden ser abstenciones. Puede ser no votar en la investidura para que pueda haber Gobierno e irse después a la oposición”. Tras el 20-D Pedro Sánchez y Susana Díaz tuvieron la oportunidad de firmar una tregua y recuperar la vieja identidad del PSOE, la de un partido de Gobierno que en un tiempo antepuso el interés general a la pelea por el poder orgánico. Ahora, más de medio año después, puede que uno y otra estén ante la última oportunidad de cambiar el adverso destino de su partido; y el suyo propio. 

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