Miquel Iceta, metáfora de rendición
El PSOE tiene amarres para sobrevivir a la abstención, diga lo que diga un PSC irremediablemente pasokizado.
La confrontación de los dirigentes socialistas en estas últimas semanas, retransmitida en directo, nos deja al menos una certidumbre: si se repiten elecciones, la culpa será del PSOE, y de nadie más. No es del todo cierto, pero esa será la impresión que calará en una gran parte de la opinión pública. Si, en expresión de José Andrés Torres Mora, el Partido Socialista decide “lavar su conciencia” y fuerza nuevos comicios, pasarán con toda probabilidad dos cosas: el centro derecha superará cómodamente la mayoría absoluta; y la bota de Podemos se posará sin resistencia en la cabeza de los socialistas. De este modo, Miquel Iceta estará por fin contento.
Como dice un antiguo sociólogo de cabecera de Ferraz, la pasokización del PSOE es una tendencia; la del PSC, una realidad. Iceta, buen analista y mejor conspirador, ha optado por seguir siendo importante en un partido cada vez menos importante. Sabe que lo que defiende es un suicidio, pero también que otros lo evitarán. Y si no, tiene plan B. Su posición es cómoda y un punto desleal: para los demás, el trabajo sucio; entretanto, él se envuelve en la bandera de la coherencia. Lo que no confiesa Iceta es que, como miembro del PSC con responsabilidades políticas desde al menos 1987, también es parte del problema.
El socialismo entró en barrena en Cataluña cuando, contra el criterio del PSOE, en 2006 se reeditó el Gobierno tripartito; cuando asumieron el riesgo de difuminar la identidad que les había convertido en un partido transversal e irreemplazable, aceptando el abrazo del oso de los independentistas de Esquerra Republicana de Catalunya. El PSC perdió 9 diputados en las autonómicas de 2010 y 11 en las generales de 2011. Hoy, el derrumbe es completo: de 25 diputados nacionales en 2008 a 7; 37 escaños en el Parlamento autonómico en 2006, 16 en 2015. Toda una proeza ejecutada a conciencia. Iceta estaba allí y no se le conoce oposición a aquella estrategia insensata, pero a la vista de la gran seguridad en sí mismo que proyecta, podría decirse que nada tuvo que ver, que las decisiones que han convertido a su partido en casi prescindible en Cataluña son absolutamente ajenas a su persona.
La posición de Iceta, contraria a la abstención en una todavía hipotética investidura de Mariano Rajoy, responde a los intereses de quien ya no tiene demasiado que perder, y sería demoledora para un PSOE cuya prioridad es ganar tiempo como sea. Los estudios y encuestas que maneja la gestora que preside Javier Fernández reflejan la cómoda mayoría absoluta de la suma de PP y Ciudadanos en caso de volver a las urnas, pero sobre todo confirman con claridad el sorpasso (Podemos superaría al PSOE en más de 10 escaños). Estamos por tanto ante un Comité Federal de extraordinaria importancia convocado para proceder a una discusión ridícula: eutanasia o posoperatorio.
Disciplina versus descomposición.
La reanimación del PSOE solo será vigorosa si se plantea a medio plazo y desde el segundo puesto en el escalafón. El precio es sostener el probable Gobierno de Partido Popular y Ciudadanos, y de la habilidad para forzar y explotar mediáticamente las contrapartidas que se arranquen a cambio va a depender el éxito o fracaso de la operación. Lo que no pueden hacer los socialistas es abstenerse y a continuación, para salvar la cara y sortear las minas de Pablo Iglesias, ponerse en modo destroyer. Por cierto, un paréntesis: la primera señal de si van o no por el buen camino vendrá determinada por la modalidad elegida para dejar paso a Mariano Rajoy. No valen argucias de adolescente. La disciplina de partido es, en la fase de descomposición que vive el PSOE, una necesidad. Y quien no se avenga, mejor que se busque otro refugio para defender su posición accesoria.
El PSOE tiene amarres suficientes para justificar la abstención y sobrevivir a ella: Cataluña, una posición común frente a los halcones de la Unión Europea, reforma de las pensiones… Cuestiones, todas de Estado, en las que el votante tipo de centro-izquierda quiere ver implicados a los socialistas. Un PSOE abstencionista puede aguantar, pero sobre todo debe aguantar el tirón si no quiere quedarse a medio camino. Podemos ya ha definido su estrategia: radicalización, movilización de la calle, huelga general. Es decir: forzar elecciones cuanto antes. Si no es posible ya, a lo más tardar en 2017. En todo caso antes de que el PSOE haya salido de la UVI.
Los tiempos del PSOE no son los de Miquel Iceta. El socialismo necesita algo más que unas primarias y un congreso para recuperar la vitalidad perdida. Iceta ha tirado la toalla. Diríase que solo ve horizonte junto a la franquicia catalana de Podemos. La agrupación del PSOE en Cataluña, ajena al PSC, está casi a punto. Después de tanta torpeza y deslealtades, quizá sea llegado el momento.


