Mejor elecciones que un Gobierno inhábil

04 / 05 / 2016 Agustín Valladolid
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Vamos a las urnas por la imposibilidad de componer un Gobierno estable y porque hay quien cree en la remontada.

El Rey recibe a Mariano Rajoy en su tercera ronda de consultas para proponer un candidato a presidente.

 Francesc Homs apuntaba el pasado lunes en el haber de lo que él llama la “agenda catalana” el descarrilamiento del proceso abierto tras las elecciones del 20 de diciembre para formar Gobierno en el conjunto de España. Magra satisfacción la del diputado catalán, cuya reacción ante la “incapacidad” de la política española está directamente relacionada con la necesidad que tiene el independentismo catalán de un Gobierno del Estado débil para alcanzar sus objetivos. “Tenemos muchos déficits, pero sabemos hacer Gobiernos y queremos un Estado”, soltó Homs sin despeinarse tras ser recibido por el Rey. “Sabemos hacer Gobiernos”, dijo mirando a cámara como si en lugar de Gobiernos hablara de calçots.

No sé por qué extraña regla de tres estaba muy extendido el convencimiento de que, como en Cataluña, en el último minuto de la prórroga los partidos políticos alcanzarían un acuerdo para formar Gobierno y evitar la repetición de las elecciones generales. No era una hipótesis del todo descartable, pero sí altamente improbable. Para empezar, porque desde el primer momento nadie creyó en la posibilidad de, con los resultados del 20-D, alumbrar un Gobierno estable. Porque lo esencial, aunque se haya escenificado otra cosa, nunca ha sido el pacto a seis o siete, sino el qué hacer con él al día siguiente de estampar la firma. Y la constatación de esta realidad es que, en este tiempo, los actores principales han aparecido y abandonado alternativamente la escena pensando más en sus intereses de partido y electorales que atendiendo al libreto institucional.

En segundo término, el ejemplo utilizado, el catalán, era el más contraindicado de los posibles. En Cataluña, por razones ajenas a la gestión de los intereses generales, explicitadas en la búsqueda de un teórico bien superior (la independencia), el pacto de última hora no solo era posible sino, en la lógica independentistta, casi inexcusable. Cataluña se puede permitir un Gobierno contra natura, como el de Puigdemont, soportado por la derecha nacionalista, la izquierda republicana y los antisistema, porque está dentro de España. Europa, por el contrario, no entendería que parecido experimento se diera en el Gobierno del Estado. Así que Homs también debería tener en cuenta esta otra perspectiva: hay “agenda catalana” porque es España quien responde de puertas afuera. Y sí, don Francesc, con el dosier catalán sin resolver y Bruselas vigilante, España no se podía permitir un Ejecutivo débil y desestructurado como el catalán. Pero, en este sentido, el “fracaso” de la clase política española es también el del independentismo, que sin ninguna duda hubiera preferido un Gobierno débil en Madrid a que los ciudadanos tengan una segunda oportunidad.

Voto útil y derecho de veto

Por esta y otras razones, cabe preguntarse si la repetición de las elecciones es un fracaso de los políticos –en toda regla–, o debiéramos aliviar, al menos parcialmente, la frustración. Dicho de otro modo: ¿por qué tiene que ser obligatoriamente peor volver a las urnas que correr el riesgo de amanecer con un mal Gobierno y una peor oposición? Porque lo que anuncian los movimientos de unos y otros –o el quietismo en el caso de Mariano Rajoy–, es que casi todos piensan en que puede haber remontada en el partido de vuelta. El pasado 20 de diciembre la Ley D’Hondt demostró que tiene más cintura de la que se le presumía, pero también que un 2% del recuento, arriba o abajo, puede ser definitivo y definitorio de cara a la conformación del Parlamento.

La cita del 26 de junio no es una segunda vuelta del 20-D; son unas nuevas elecciones sin adjetivos que se van a dirimir, en buena medida, a partir de la percepción acumulada por los ciudadanos de lo sucedido en los seis meses que habrán pasado entre aquellas y estas (y ojo, que hasta finales de junio aún queda tiempo para que pasen muchas cosas). El objetivo es alumbrar un Gobierno que tire del carro con garantías. Y la duda a despejar es si Partido Popular y Ciudadanos sumarán o habrá que ir, ya sin solución y posiblemente con otros caballos, a la gran coalición que afronte temporalmente el desgaste de los recortes y las reformas pendientes.

Si el Partido Popular mejora resultados gracias a la agrupación del voto útil en la franja del centro derecha –algo que nadie descarta si se confirma la coalición Podemos-Izquierda Unida–, será Mariano Rajoy el que marque la pauta. Si el PP se estanca o retrocede, y es Albert Rivera el que logra rentabilizar su rol protagonista en este largo impasse, Ciudadanos tendrá derecho de veto sobre el nombre del futuro presidente del Gobierno; siempre y cuando quiera y salgan las cuentas.

La otra clave es quién encabezará la oposición, asunto que preocupa sobremanera en muchos despachos del llamado poder real. Asusta el sorpasso, y no solo al PSOE. Pero de este tema, ya tendremos tiempo de hablar. 

Grupo Zeta Nexica