La trampa (para el PSOE) de nuevas elecciones

03 / 02 / 2016 Agustín Valladolid
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Cuanto más tarde Pedro Sánchez en aclararse, más atractiva será para el PP la opción de repetir elecciones.

Pedro Sánchez tras su encuentro con el Rey el pasado día 22.

Supuestamente los protagonistas de este culebrón en el que ha transmutado la no negociación para formar un Gobierno estable se están haciendo una pregunta previa: ¿a quiénes beneficia y a quiénes perjudica la repetición de las elecciones? La respuesta a la primera de las cuestiones puede suscitar ciertas dudas; es el segundo de los interrogantes el que, a medida que avanza el calendario, se clarifica con mayor nitidez: si hoy se volvieran a celebrar elecciones generales, el partido con más alto riesgo de hundimiento sería el PSOE.

Las cuentas ya no serían las mismas. En primer lugar porque Podemos no va a volver a cometer el mismo pecado de soberbia que el 20-D. El acuerdo con la nueva Izquierda Unida de Alberto Garzón está más que cerrado, aunque aún no haya llegado el momento de hacerlo público. Recuérdese que en la cita de diciembre la suma de Podemos, sus aliados e IU superó al PSOE en cerca de 600.000 votos, exactamente en 581.745. El pacto Iglesias-Garzón no tiene marcha atrás. Habrá coalición y por esa exclusiva circunstancia las probabilidades de que el PSOE conserve el papel de primer partido de la oposición fluctúan entre inverosímiles y remotas.

Iglesias, Errejón, Bescansa y compañía han vuelto a acertar en el diagnóstico. Todos sus pasos están encaminados a forzar nuevos comicios. Saben que no será fácil que se presente otra oportunidad de dar la puntilla a los socialistas, de ejecutar por la vía rápida el ansiado sorpasso. La puesta en escena de la provocativa oferta de Gobierno de coalición no buscaba el acuerdo, sino justo lo contrario. La fuerza de Iglesias no es monolítica; no puede garantizar a Pedro Sánchez un Gobierno estable. Podemos no juega a gobernar, juega a convertir al PSOE en un partido accesorio.

Pero es que, además, el espectáculo de un PSOE descuadernado, con un liderazgo al que los errores estratégicos desvanecen día tras día, no presagia nada bueno para los socialistas. El divorcio entre Pedro Sánchez y los dirigentes del partido con más poder territorial e institucional solo se disimula por razones de fuerza mayor. El amago de recurrir a las bases para que estas ratifiquen los presuntos pactos del secretario general con Podemos –si finalmente se queda solo en eso–, fue interpretado por los barones como un nuevo golpe bajo, otro movimiento calculado para mermar la legitimidad de los órganos decisorios del partido. Aún más después de leer el artículo de Pablo Iglesias en El País, en el que este volvía a arremeter contra los “históricos” del PSOE y lisonjeaba con descaro y empalagamiento a su militancia: “...admiramos a sus bases y sus votantes”, escribía Iglesias. Y en Ferraz todavía hay quienes dudan de cuál es el objetivo del “sonrisas”.

Alineación astral. Por cierto, hablando de los “históricos”: comparten análisis y cabreo, pero siguen sin decidirse a dar conjuntamente un paso al frente. Llevan así desde la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien achacan el acelerado deterioro del partido, amagando y sin dar. Y comparten con Guillermo Fernández Vara, Susana Díaz, Javier Fernández y Emiliano García-Page, entre otros, la diagnosis: lo que busca Podemos es deglutir al PSOE; no hay voluntad seria de un pacto duradero; no es el momento de meter al partido y al país en aventuras. Ya hay síntomas alarmantes de lo que se nos podría venir encima: huida de inversiones y capitales, inestabilidad política cotidiana, envalentonamiento de los nacionalismos, ausencia de una estrategia común frente al separatismo catalán.

Los que mantienen el pulso a Sánchez piensan que este ha desaprovechado la oportunidad de ser él quien ofrezca a Mariano Rajoy la reedición de unos Pactos de la Moncloa que garantizaran la consistencia de un proyecto a medio plazo que fuera compartido por una amplia mayoría social y despejara las crecientes dudas sobre la fiabilidad de nuestro país en el exterior.

Pedro Sánchez debería ampliar el ángulo de tiro. No será fácil que los astros vuelvan a alinearse como ahora, con un PP debilitado y dispuesto a asumir reformas que en otras circunstancias ni se las habría planteado. Unas reformas que incluirían la revisión pendiente de la Carta Magna con el apoyo, como mínimo, de 253 diputados y de casi la totalidad del Senado: 191 senadores sobre un total de 208.

Pedro Sánchez se juega mucho más que el poder o el liderazgo del PSOE. Se juega la supervivencia de estas centenarias siglas o pasar a la gran o pequeña historia del socialismo como el dirigente que liquidó la aventura de aquel tipógrafo gallego llamado Pablo Iglesias Posse. Sánchez está a tiempo de cambiar el rumbo, de aglutinar a su alrededor un consenso que le permita seguir al frente del partido y evitar la repetición de las elecciones, alternativa que, cada día que pasa, le va a resultar más atractiva al PP. 

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