La izquierda y el camuflaje del fracaso

19 / 10 / 2016 Agustín Valladolid
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Pablo Iglesias comparte con Pedro Sánchez la estrategia de ocultar sus errores echándose en brazos de la militancia

Los caminos hacia el Gobierno son inescrutables pero ninguno tiene cambio de sentido. No hacía falta hacer encuestas para llegar a la conclusión de que tras el esperpéntico final de Pedro Sánchez el PSOE entraba en barrena y al PP se le abrían las puertas de la mayoría absoluta con la sola ayuda de Ciudadanos. Pero se han hecho. Las encuestas, digo. Todas tras el golpe tardoveraniego e inevitable. Y todas, las conocidas y las encargadas más o menos discretamente por partidos y grandes empresas, señalan en la dirección presentida: aumento de la abstención, descenso significativo de las opciones de izquierda y fortalecimiento del centro derecha. El negocio que han hecho Sánchez y su socio dilecto, Pablo Iglesias, con sus idas y venidas, sus amores y desamores, sus carantoñas y sus morritos, es perfectamente descriptible. Pero uno y otro, en privado y en público, dispararán al PSOE de Javier Fernández por una abstención imposible de sortear. El exsecretario general nunca reconocerá que se equivocó de plano cerrando todas las compuertas; el líder de Podemos tampoco aceptará jamás el mayúsculo error estratégico que cometió, desde el punto de vista de los intereses de su formación política –no necesariamente compatibles con los generales–, al impedir por razones tácticas el acuerdo con los socialistas antes de las elecciones del 26 de junio.

El resultado del choque de estas dos ambiciones, que se han demostrado incompatibles, es el ya apuntado: una izquierda dividida, debilitada y confusa, incapaz de ofrecer soluciones reales a los problemas reales de la gente. De un lado, empantanada en una interminable discusión más táctica que ideológica; de otro, exhausta tras el estrés intolerable al que Sánchez sometió a la organización que dirigía. Iglesias y Sánchez tiraron tanto de la cuerda, se obcecaron hasta tal extremo en competir por una sola porción del pastel, en lugar de mirar al otro lado del mostrador, que acabaron rompiéndola. Sánchez es hombre muerto, aunque pueda dar aun algún que otro coletazo. Pero Iglesias también sale tocado de esta. De ahí su repentina radicalización, en el fondo una huida hacia delante muy parecida a la de Sánchez, cuando decidió echarse definitivamente en los brazos de la militancia, despreciando abiertamente los órganos legítimos del partido, en un intento desesperado de salvar el pellejo.

 

El declive de Iglesias

Pablo Iglesias no está en las últimas como estuvo Sánchez, pero intuye que Íñigo Errejón tiene razón, que no hay forma de alcanzar los cielos sin una propuesta política que aúne transversalidad y centralidad, es decir, sin moderar el discurso. ¿Por qué entonces hace justamente lo contrario? Pues porque la única manera de camuflar el fracaso es no correr riesgos, confundiéndose con la masa y repartiendo la culpa. La figura política de Iglesias ha dado de sí casi todo lo que tenía que dar. Le guste o no, quedará encadenada a una negociación que se malogró porque primó la ambición, a una frustración que derivó en un nuevo Gobierno del Partido Popular. Eso con suerte. Porque podría haber sido, mejor dicho, podría ser mucho peor si Mariano Rajoy forzara la repetición de elecciones. Y todavía puede hacerlo.

A lo que han conducido las lecturas de los resultados electorales elaboradas en su día por el dúo dinámico de la izquierda española es a esto: a que Rajoy tenga en la mano todas las llaves. Puede elegir formar de inmediato Gobierno, como parece, o puede –ya puestos, qué más da unos meses más de espera– buscar incrementar sus apoyos electorales. La tentación no es menor. Un Gobierno apoyado por 137 diputados fieles, otros 33 dudosos y un puñado de abstencionistas, nada tiene que ver con el que se podría formar desde la confortabilidad de los 160 asientos propios a los que están en condiciones de aspirar los populares de celebrarse nuevos comicios el 18 de diciembre. Al final, PSOE y Podemos acabarán dándole a Rajoy las gracias por ser coherente y mantener su palabra.

Porque, volviendo a la latente tentación, lo que se teme en ámbitos políticos y económicos es que la legislatura que arrancará tras la probable investidura de Rajoy a finales de este mes, se convierta al poco en un complejísimo juego de equilibrios y negociaciones que provoquen el virtual bloqueo de multitud de iniciativas y acabe por convertirse en intransitable.

Estos temores, sin embargo, no parece que vayan a cambiar la decisión del presidente en funciones. Quiere dar imagen de seriedad desbloqueando cuanto antes la situación para tranquilizar a nuestros socios europeos, cuya impaciencia seguirá aumentando hasta que España esté en condiciones de cumplir con sus compromisos. Después, ya se verá. Nada está descartado. Ni mucho menos unas elecciones anticipadas, una vez transcurrido el plazo legal, si el Congreso de los Diputados queda inhabilitado por atascamiento. 

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