La coherencia como barricada
La coherencia que reclama el PSOE para no abstenerse es más un parapeto tras el que resguardarse del temporal que un argumento.
Apenas 50 metros y una esquina separan las placas que conmemoran en Madrid los lugares donde nacieron José Ortega y Gasset y José Bergamín. Ortega era 12 años mayor que Bergamín, las ideas de uno y otro tampoco eran lo que se dice coincidentes, pero tras estallar la Guerra Civil el más joven quiso que el eminente filósofo, camino del exilio, bendijera su “conducta”: “Apruebo lo que usted hace. Yo haría lo mismo en su lugar, quedándome en España y luchando...”. El respeto por la opinión de los demás es un termómetro de cultura y civilidad; el que se debiera tener por el criterio de nuestros mayores, o simplemente de los que nos aventajan en edad y experiencia, lejos de entenderse como una trasnochada conveniencia social, como algunos hacen, debiera servir de patrón para evaluar la inteligencia de quien asume la responsabilidad de tomar decisiones de gran impacto en el conjunto de la ciudadanía.
En estos días hemos escuchado a varias personas de la órbita socialista despotricar con vehemencia contra Felipe González. ¿Motivo? Que el expresidente se haya atrevido a opinar, a sugerir que los actuales líderes políticos dejen paso a otros si se tuvieran que repetir por tercera vez las elecciones generales. Argumentan que con sus declaraciones González perjudica al PSOE. No entienden estos diminutos que lo que persigue el antiguo dirigente socialista es precisamente lo contrario: defender a su partido repartiendo a partes iguales la responsabilidad de un nuevo fracaso a cuatro, sin considerar como factor relevante que la primera culpa es de quien tiene la llave de arranque y la tira a la cuneta. González lo sabe y por eso intenta diluir la carga, aunque, claro está, su recomendación lleva implícita la condena del conductor.
Eso es lo que saca de quicio a los mediocres que siempre ha habido y que confunden los intereses del líder de turno con los del partido. Porque la propuesta de González es una desautorización en toda regla de la estrategia y el liderazgo de Pedro Sánchez, quien ha dado la orden de contrarrestar la presión del “jarrón chino” y los barones críticos activando la fibra sensible de la militancia, y confirmando así su creciente debilidad. Es en esa clave en la que Antonio Hernando ha afirmado que el PSOE no fallará a sus votantes, absteniéndose para facilitar la formación de Gobierno, porque “está en juego la coherencia”. Si aplicáramos el concepto de coherencia de Hernando a la historia de la humanidad, encontraríamos decenas de incoherentes que supieron estar a la altura de las circunstancias y templaron sus posiciones por el bien de todos. La coherencia que reclama el portavoz socialista es más un parapeto que un argumento, una ocurrencia de última hora para seguir defendiendo la barricada tras la que la actual dirección socialista se resguarda del temporal.
En caída libre
Hay socialistas insignes que hablan abiertamente de que “España está en riesgo de caída libre”, y puede que a no mucho tardar se carguen de razón. Los peligros que acompañan a este largo y desgraciado trance de bloqueo político no han cristalizado aún, pero el tiempo se agota. Nuestra recuperación económica no es tan sólida como para soportar tan prolongada interinidad. Depende en gran medida del factor confianza-país y de la evolución de variables que no controlamos. El colapso económico es una hipótesis no descartable cuyas consecuencias debieran alejar toda mezquindad. Pero por encima de estas amenazas hay otra que por sí misma justificaría un acuerdo de Gobierno, de legislatura o como se quiera, entre los dos grandes partidos: Cataluña. No son precisos más argumentos ni riesgos que este para defender la necesidad de una política de Estado, máxime cuando lo que está en peligro es la integridad territorial del país.
Si Pedro Sánchez sostiene que la coherencia, en su segunda acepción académica, es la “actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan”, debiera también asumir, en consonancia con lo que siempre ha defendido su partido, que la integridad territorial de España es asunto ajeno a la batalla partidaria. Si es sincero cuando propone una nueva solución a largo plazo para Cataluña, también debería aceptar que ningún plan, ninguna reforma con posibilidades de ser asumida por la mayoría de los catalanes y resto de españoles, tendrá tampoco futuro si no parte del respeto a los procedimientos constitucionales y, por tanto, nunca podrá ser llevada a buen puerto sin contar con el apoyo del primer partido del país.
Que, además, la actual dirección del PSOE no haya sabido traducir este asunto, prioritario para todos los españoles, en oportunidad para reconstruir un mínimo consenso interno, acrecienta aún más la sospecha, alimentada por las declaraciones de Felipe González, de que la reclamación de coherencia solo intenta disimular un, cada día que pasa, más evidente déficit de pericia.


