Hacia un Gobierno de amplio espectro
El 26-J es la segunda oportunidad que nos dan las urnas para diseñar un proyecto de modernización del país.
No va a ser esta una campaña muy distinta a las anteriores, por muy peculiares que parezcan las causas de su convocatoria. Como siempre, los partidos apuntarán a las debilidades del adversario e intentarán protegerse del fuego cruzado. Se hablará de la carta de Felipe González a un dictador africano, de Rajoy y su afición por el Marca, del amor-odio, más bien lo segundo, que se profesan Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, de la creciente distancia entre este último e Íñigo Errejón, de los castings de Albert Rivera, de Julio Anguita y sus fobias, de Susana Díaz y sus ambiciones incumplidas, de Artur Mas y su obsesión por sobrevenir el Xabier Arzalluz del siglo XXI, de la Colau y sus desokupaciones, de los políticos que de repente se caen del coche oficial y descubren la moto como herramienta de marketing electoral.
Se hablará de todo eso y de otras muchas zarandajas como derivación congruente del “y tú más”, habitual en estos trances, sin que a simple vista pueda deducirse que hemos tomado conciencia de la trascendencia de la cita. No es lo mismo que nos acostemos el 26 de junio del costado derecho que del izquierdo; o mirando al techo, esto es, haciendo descansar el futuro Gobierno en un amplio acuerdo en el que esté representada una amplia mayoría del país. El 26-J España se juega bastante más que un Ejecutivo con apoyos parlamentarios suficientes; mucho más que la activación de una u otra metodologías, ideológicamente opuestas, para superar la crisis. Lo que nos jugamos es aprovechar o dejar pasar de nuevo la oportunidad que nos van a volver a dar las urnas para diseñar un proyecto común de modernización del país.
Las encuestas no pronostican grandes cambios respecto al 20-D. Pueden producirse alteraciones en el escalafón, pero lo trascendente es que los ciudadanos no parece que vayan a inclinar nítidamente el fiel de la balanza ni a la derecha ni a la izquierda. El mensaje será el mismo que recibieron los partidos hace seis meses: pónganse ustedes de acuerdo, lo que traducido a la praxis política significa un Gobierno lo más transversal y representativo posible, un Gobierno con respaldo suficiente para pasar de las bagatelas a lo realmente importante, es decir, a abordar en serio las reformas pendientes.
¿Y de qué estamos hablando? Pues de una reforma de la Constitución que nos dure al menos otros cuarenta años, de una solución al encaje de Cataluña, del paro, de la desigualdad, de la pobreza estructural, de tantos y tantos asuntos pendientes que requieren la reinvención del consenso que se alcanzó en la Transición. Pero junto a los grandes temas, es cada vez más urgente revisar las políticas sectoriales que mayor impacto tienen en el bienestar.
Sanidad, energía, educación
Ejemplo 1, sanidad: los políticos no dejan de proclamar que hay que mantener los niveles de calidad de nuestra sanidad, pero no dicen cómo sostener financieramente un sistema en riesgo de implosión, que se deteriora aceleradamente (ver el informe de Fedea y la Pompeu Fabra de diciembre de 2014, que refleja la evolución negativa de 27 de los 41 indicadores de salud analizados) y al que el envejecimiento de la población va a someter a presiones desconocidas.
Ejemplo 2, energía: nuestro déficit energético ronda los 40.000 millones de euros anuales, lo que repercute directamente en la factura de las familias, incrementa la nómina de hogares en riesgo de pobreza energética, reduce la competitividad de las empresas y frena la creación de empleo. No tenemos un plan para reducir nuestra dependencia de terceros y evitar que la energía siga siendo un lastre para el progreso y las nuevas generaciones.
Ejemplo 3, educación: todos los estudios serios sobre la materia coinciden en alertar sobre la enorme desconexión existente entre el sistema educativo español y la realidad del mercado. El 80% de los presupuestos destinados a educación se va en sueldos, una distribución anacrónica de los recursos. Hay una brutal resistencia al cambio en el segmento social que más activo e innovador debiera ser. Solo un gran pacto de Estado puede abordar uno de los más graves problemas que arrastramos.
Ejemplo 4, pensiones: ni la crisis, ni los recortes son los únicos culpables de la dudosa viabilidad del actual sistema de pensiones. El factor de mayor riesgo es el envejecimiento de la población. En 2050 España será el segundo país del mundo con la ratio de dependencia más elevada. Habrá un jubilado por cada 1,3 ciudadanos en edad de trabajar. Insostenible. Solo la renovación de un gran acuerdo nacional puede asumir los costes de contar a los españoles la verdad y buscar soluciones realistas.
Estos temas, y otros cuya repercusión social es de similar profundidad, debieran ser los principales focos del debate electoral. No caerá esa breva. Ya verán cómo seguiremos dando prioridad a las zarandajas.


