Euskadi no es Cataluña, de momento
Un buen pacto con el País Vasco en una reforma constitucional podría reconducir la situación en Cataluña.
Repentinamente Navarra ha hecho que volvamos a mirar hacia el Norte, que nuestra atención deje de estar centrada, al menos por unos instantes, en Cataluña. En estos treinta y tantos años de democracia siempre había sido al revés. La existencia del terrorismo de ETA consumía todas las energías que el Estado dedicaba a contrarrestar el pulso del independentismo. Cataluña no existía a esos efectos. Sobre todo tras la operación política que acabó con Terra Lliure allá por 1991, justo un año antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Los franceses habían avisado en numerosas ocasiones: se entiende que estén ustedes muy preocupados con lo que pasa en el País Vasco, pero el problema serio lo tienen en Cataluña. Ahora comprobamos que no les faltaba razón. Que desde fuera se ve mejor el bosque.
Pero la formación del Gobierno aberzale de Uxue Barkos, en el que la responsable de Justicia y Policía es una conocida abogada propuesta por EH Bildu, nos empuja de nuevo hacia los árboles. La Policía Foral navarra acaba de celebrar su 50 aniversario, está compuesta por unos 1.100 agentes, ha sufrido el zarpazo mortal de ETA en dos ocasiones, y por encima de todo está obligada a cumplir y hacer cumplir la ley. Cierto que la nueva presidenta de la Comunidad Foral podría haberse ahorrado la polémica cediendo a Bildu otra cartera menos sensible, pero transcurridos seis años sin atentados y siendo constatable la eficacia de los servicios antiterroristas en ese territorio, no se debiera perder de vista que la gestión de la seguridad y el orden público es el menor de los problemas que pueden derivarse del mapa político surgido de las elecciones del 24 de mayo.
El crecimiento exponencial del independentismo en Cataluña se ha asentado en una estrategia de propaganda que partía de la base, las escuelas, y culminaba en el constante martilleo antiespañol de los medios de comunicación públicos. Muchos de los niños catalanes que en los 90 veían con naturalidad jugar a Guardiola con la selección nacional son hoy fervientes defensores de la secesión. Quizá sea en este terreno en el que la mayoría social constitucionalista navarra debiera concentrarse para revertir la tendencia que ha hecho posible el asalto del nacionalismo a las instituciones municipales y forales.
Por lo demás, no olvidemos que la formación de Barkos, Geroa Bai, es lo más parecido a la marca blanca del PNV en la Comunidad Foral, y caben pocas dudas de que en las líneas maestras de su acción política van a caminar de la mano.
La Disposición Transitoria Cuarta de la Constitución establece el procedimiento para la incorporación de Navarra al País Vasco. Hoy no se dan las condiciones sociales para que los navarros, únicos que pueden activar este precepto legal, opten por constituirse en la “cuarta diputación de Euskadi”, según expresión de la expresidenta, Yolanda Barcina. Pero esa es una de las grandes aspiraciones del nacionalismo vasco, respaldada por la Constitución y por lo tanto con la máxima legitimidad legal. No será a corto, pero el objetivo es lograr la unión más a medio que a largo plazo.
Urkullu versus Mas. Con todo, la hoja de ruta del PNV de Íñigo Urkullu no es la de Artur Mas. Hoy por hoy la formación de un frente común con Bildu no se le pasa al lendakari por la cabeza. El PNV tiene bien aprendida la lección catalana: la coalición nacionalista predominante, CiU, achicando agua y deglutida por ERC. Urkullu le ha dicho al Rey que hay que reformar la Constitución “desde los cimientos”, pero también ha defendido que se haga desde el consenso para alumbrar un nuevo modelo de Estado que facilite un “futuro compartido”. ¡Qué bien sonarían esas palabras de haberlas pronunciado el presidente de la Generalitat!
Demos por tanto a la sensatez y a la prudencia el máximo valor. Y esperemos que el Gobierno central no cometa el error de hacer tabla rasa con todos los nacionalismos. El lendakari da por hecho que en la próxima legislatura se abordará la reforma constitucional. Y no va desencaminado. Ya contamos en estas páginas que Mariano Rajoy tiene en su mesa desde hace meses un borrador de revisión de la Carta Magna en el que se asume la singularidad de los territorios históricos.
Urkullu habla de que el Gobierno vasco y central trabajen “desde un ámbito de lealtad” para que “el reconocimiento de la nación vasca se lleve a efecto” dentro de ese “ejercicio de plurinacionalidad” del Estado. Las nuevas generaciones de dirigentes del PP no ocultan que su modelo de reforma se aproxima a la dibujada por Francisco Rubio Llorente, exvicepresidente del Tribunal Constitucional, que defiende la “reforma asimétrica” de la Carta Magna porque “España es una nación de naciones en la que hay identidades distintas”. No será fácil, pero se está más cerca de lo que parece, y las posibilidades de reconducir la situación en Cataluña podrían incrementarse si se sabe traducir en acuerdos estables esa predisposición a la mutua lealtad.


