España no es Alemania

30 / 12 / 2015 Agustín Valladolid
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Ni Rajoy es Merkel ni Pedro Sánchez, Sigmar Gabriel, pero esto no va de personalismos sino de gobernabilidad

En todos los campos de la actividad humana las relaciones personales juegan un papel de importancia no menor. En el de la política pueden llegar a condicionar decisiones que afectan a millones de ciudadanos. A lo largo de la historia hay ejemplos sobrados de simpatías y antipatías de gobernantes que han operado en beneficio o perjuicio de sus administrados. En la España de la Transición, por ejemplo, la sintonía existente entre el que fuera vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez, Fernando Abril Martorell, y el entonces número 2 del PSOE, Alfonso Guerra, hizo posible una fluida negociación del texto constitucional que aprobaron los españoles en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Lo que estropeaban algunos de día, lo arreglaban Abril y Guerra por la noche, se oía decir por aquel entonces. Ahora, tras el endiablado panorama que han dibujado las urnas, la buena o mala química entre nuestros dirigentes políticos puede ser de nuevo un factor determinante para salir del embrollo o enredarlo aún más.

Si viviéramos, digamos, en un país “serio”, en el que todos situáramos por encima de cualquier otra consideración el interés general (consolidar la recuperación económica, ofrecer una respuesta nítida y solidaria al desafío independentista, etcétera), la petición más lógica y compartida ante los resultados del domingo hubiera sido exigir a PP y PSOE que buscaran la manera de formar un Gobierno fuerte que, ante nuestros socios europeos, la comunidad internacional en su conjunto y los malditos mercados, despejara cuanto antes el fantasma de la inestabilidad. Pero ha ocurrido justo lo contrario: esta ha sido la solución con más fruición y presteza descartada, aludiéndose por lo general a razones internas de los partidos, cuando no a las “heridas” que provocó el único debate electoral que enfrentó a Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. El mal rollo entre los dos principales líderes políticos de un país es argumento de peso para explicar por qué nunca nos pareceremos, en esto del pragmatismo, a los alemanes, en lugar de servir justo para lo contrario: para poner de manifiesto la frivolidad del pretexto y exigir, si ese es el escollo, una salida bien sencilla, que Rajoy y Sánchez dejen paso a otros.

De la gran coalición al pentapartito

Lo que antes del 20-D muchos dimos por descontado –que a la combinación PP-Ciudadanos les saldrían de un modo u otro las cuentas–, ha sobrevenido, por capricho de los españolitos, en hipótesis de trabajo no computable. Tampoco parece asumible, ni en términos de coherencia ni mucho menos de país, buscar la solución al rompecabezas a través de una especie de versión reforzada del pentapartito italiano en la que convivirían, en alegre compañía, socialistas, podemitas e independentistas catalanes, entre otras especies. A mi entender no quedan, junto a la poco recomendable de la repetición de las elecciones, muchas fórmulas de posible exploración. La más contundente, en clave de suficiente respaldo parlamentario, sería la ya sugerida del acuerdo entre PP y PSOE, con o sin Ciudadanos, en cualquiera de sus tres variables: 1) Gobierno de coalición; 2) pacto de gobernabilidad; 3) acuerdo de investidura. Si Rajoy fuera Angela Merkel (opción 1) ya le habría ofrecido la vicepresidencia del Gobierno a Pedro Sánchez (lo siento Soraya) a cambio de un programa de gobierno que incluyera la reforma constitucional, un ambicioso paquete de medidas de regeneración política y cambios en los presupuestos y en política económica suficientemente atractivos para los socialistas y aceptables en Bruselas. Si Sánchez se atreviera a asumir sin complejos el papel de acelerador de las reformas sería quien en mayor medida podría rentabilizar esta batería de cambios, adquiriría experiencia de gobierno y siempre tendría en su mano poner fin a la cohabitación en caso de no cumplirse lo pactado. ¿Política ficción? Parece que en España sí.

La opción 2, pacto de gobernabilidad, incluiría parecidas condiciones, pero el PSOE, al no formar parte del Ejecutivo, tendría más libertad para ejercer cierto papel de oposición. También serviría. La 3 únicamente garantizaría la investidura de Rajoy a cambio del compromiso de abrir la discusión sobre las modificaciones en la Constitución y poner en marcha una batería de medidas regeneradoras. Si el PP no lo hace, los socialistas deberían tomar la iniciativa y plantear una de estas salidas.

El PSOE no ha sido el partido más votado, pero ha logrado mantenerse como principal alternativa a los Gobiernos de centro derecha. Aunque para volver algún día al primer peldaño de podio deberá demostrar que su ADN no ha cambiado tanto como para no aparcar personalismos e interpretar correctamente cuáles son las urgencias del país al que pretende servir.

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