El último cartucho

20 / 04 / 2016 Agustín Valladolid
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Ahora, en la recta final del proceso negociador, se puede producir el intento más serio de evitar elecciones.

Llevo dos meses pronosticando en estas páginas que la salida más probable al atolladero en el que nos metieron los resultados del 20-D son unas nuevas elecciones (“De cabeza a nuevas elecciones”. TIEMPO, 17-02-2016). Constatado en estas semanas el limitado recorrido del inteligente movimiento táctico alumbrado por Pedro Sánchez y Albert Rivera, y la prevista colisión entre PSOE y Podemos, parece que se asume mayoritariamente la tozuda realidad impuesta por la matemática parlamentaria y toma cuerpo la opinión de que es preferible volver a las urnas a alumbrar un Gobierno cogido con alfileres.

Dicho esto, conviene también apuntar que si aún existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de evitar la repetición de elecciones, es ahora, en la recta final del turbulento proceso negociador, cuando se puede producir la sorpresa. Precisamente ahora, cuando se percibe con más claridad el dislate del tiempo perdido, el fracaso que significa estar hasta septiembre sin un Gobierno a pleno rendimiento. No hablo a humo de pajas. Hay intentos de última hora para lograr un entendimiento que limite daños y el impacto del penoso espectáculo de una campaña indeseada en la credibilidad de los partidos.

PP y Ciudadanos llevan semanas hablando. Negociaciones secretas o charlas discretas. No importa cómo las denominemos. Rivera quiere demostrar que por él no va a quedar. Hasta el último minuto mantendrá su compromiso con Sánchez, pero en la misma medida que este se aproximaba a Podemos –con el éxito previsto–, el líder de Ciudadanos abría la compuerta para un entendimiento con el PP. Visto lo visto, la vía 163 (PP + Ciudadanos), complementada con una posible abstención del PSOE, se torna tentadora. Incluso puede serlo para Sánchez. Es ideológicamente coherente, evita las nuevas elecciones y ofrece una solución “patriótica” al autodestructivo impasse en el que estamos.

¿Política ficción? Puede, pero no lo sabremos hasta el último minuto. Dependerá de lo que decida el secretario general de los socialistas. Sánchez sigue teniendo la llave. Después, tras pasar de nuevo por los colegios electorales, su capacidad de maniobra puede verse muy achicada. En Ferraz hay quien opina que dejar gobernar a Mariano Rajoy sería un suicidio. Pero con este criterio convive otro, compartido por los barones más influyentes: el de quienes defienden que Pedro Sánchez no debe correr el riesgo de que la suma de Podemos e Izquierda Unida-Unidad Popular –o como quiera que llamen a la formación de Alberto Garzón el 26-J– sobrepase al PSOE en las urnas y le arrebate el liderazgo de la oposición. Una contingencia, dicen, que podría acarrear la descomposición del PSOE.

Pedro Sánchez y la abstención

Alfredo Pérez Rubalcaba ha aclarado en El País que él no es partidario de la gran coalición en el caso de que se repitieran las elecciones. Nada ha dicho sobre una posible abstención. Y la pregunta lógica es: ¿y por qué no abstenerse ahora? La corriente de opinión que sostiene en el PSOE la conveniencia de dejar que sean los populares quienes gestionen una coyuntura económica de gran exigencia, y que va a imponer nuevos sacrificios, gana posiciones. Según los partidarios de esta tesis, si PP y Ciudadanos llegan a un acuerdo Sánchez debería negociar la abstención: “Nadie dice que al PP le salga gratis. Al contrario: Pedro debe exigir la cabeza de Rajoy y si la respuesta es ‘no’ la culpa de la repetición de las elecciones será del PP”.

Si vamos de nuevo a las urnas, el Partido Popular no va a cambiar de caballo. Pero si se colocara al partido ante el dilema de gobernar sin Mariano Rajoy o jugársela el 26-J, no está dicha la última palabra. El presidente en funciones ha lanzado su campaña y sus portavoces nos venden que ha vuelto a hacerlo, que ha sabido manejar los tiempos mejor que nadie. La realidad no es tan sencilla. Rajoy no ha tenido nunca el control de la situación. Si la operación le acaba saliendo medio bien, no será porque haya medido correctamente las consecuencias de su portazo al Rey, sino porque Podemos no ha sido capaz de madurar como oferta política con la aceleración que exigía el guion.

La falta de tiempo para asentar un proyecto de izquierdas coherente, y el tótem antisistema, han pesado más en la decisión final de Pablo Iglesias y su guardia de corps que la interpretación oportunista –en el sentido correcto y más amable del término– de un contexto político que habría podido desembocar en un Gobierno progresista. Han preferido jugar la baza del sorpasso, en una nueva cita electoral, que colaborar desde un segundo plano en moverle la silla a la derecha. El tiempo dirá si han acertado. Y puede que muy pronto: el próximo 26 de junio, sin ir más lejos. Sabremos entonces dónde había más razones de peso, si en el tacticismo oscilante de Pablo Iglesias, o en el pragmatismo con mayor carga estratégica de Íñigo Errejón. Pero esa, si finalmente hay elecciones, ya será otra historia. 

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