El terrorismo entra en campaña
Lo ocurrido en París repercute en las encuestas. El otro factor relevante: ¿habrá patada de Mas a la legalidad?
En su edición del pasado martes Le Monde titulaba: “Tras los atentados, el Frente Nacional refuerza su posición”. El diario remarcaba a continuación que el shock provocado en Francia por los asesinatos del Daesh en París “está modificando profundamente” la determinación electoral de cara a las regionales que se celebran el 6 y 13 de diciembre. Por desgracia, este va a ser, exponencialmente, uno de los principales efectos colaterales del terrorismo yihadista. Y es también uno de sus objetivos. Muchos ciudadanos reclamarán un paso atrás, y más de uno, en las políticas que han convertido a Europa en el continente con mayores índices de libertad y tolerancia. El efecto contagio se anuncia inevitable. España no va a ser una excepción.
El terrorismo vuelve a ser un factor clave en la intención de voto. En nuestro país, la economía y el paro siguen apareciendo en las encuestas como preocupaciones primordiales de los ciudadanos, pero la seguridad avanza imparable y ya ocupa el tercer lugar en el escalafón. El terrorismo, de nuevo, irrumpe en una campaña electoral y se presagia como determinante. De hecho, los partidos políticos han modificado aceleradamente sus estrategias de campaña para rentabilizar o neutralizar el impacto de este nuevo estado de ánimo. La diferencia con lo ocurrido en 2004, cuando el yihadismo golpeó con extrema crueldad en Madrid, es que hay tiempo para reaccionar. Y todos se han puesto manos a la obra.
Objetivo del PP: 140 diputados. La soberbia con la que José María Aznar afrontó los crímenes del 11-M liquidó la mayoría absoluta del Partido Popular. Mariano Rajoy, en aquel momento candidato y hoy presidente del Gobierno, parece haber interiorizado aquella funesta experiencia. Sabe que si maneja adecuadamente los tiempos y no comete errores de bulto, la corriente de opinión creada favorece sus expectativas. Experiencia y estabilidad son dos de los ejes de la campaña del PP. Ahora también lo será la seguridad. De hecho ya lo es.
El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, cobra en estas circunstancias un protagonismo no previsto antes de los atentados de París. Las encuestas realizadas después de la matanza indiscriminada de la capital francesa ya reflejan el cambio de tendencia. El PP se acerca a su objetivo de mínimos: un 30% de los votos y 140 diputados, un resultado que antes de la ofensiva del Daesh un miembro del Gobierno daba por bueno –incluso por muy bueno– y que ahora aspira a mejorar. De sus adversarios, es Podemos quien mejor lo tiene. Su discurso nítido de “no a la guerra” amplía sus perspectivas electorales, mientras complica el de los demás. El PSOE, si quiere mantener la imagen de marca de partido de Gobierno, puede poner condiciones, pero en ningún caso está en disposición de dar la espalda a la petición de ayuda de sus primos franceses. Ciudadanos tiene más libertad de maniobra, pero el miedo de la sociedad a nuevas acciones terroristas amenaza su flanco más débil, la inexperiencia, y podría amortiguar su escalada.
Pronósticos sin certezas. A tres semanas vista de las generales, conviene no prescindir del condicional a la hora de aventurarse con los pronósticos. En los tiempos gaseiformes que vivimos cualquier episodio puede alterar millones de voluntades. Apenas hay certezas, aunque sí sabemos que determinados asuntos que han marcado la legislatura ya finalizada hace tiempo que fueron descontados. La corrupción es el más elocuente de los ejemplos. Bárcenas & Cia ya han restado todo lo que tenían que restar, y los intentos por que otras celebridades del ramo, caso de Jaume Matas, perturben la campaña, no pasan de ser melancólicas tentativas (y hasta la fecha estériles) de obsesivos vengadores.
La única cuestión local que todavía puede condicionar el resultado del 20-D es la catalana. ¿Habrá patada de Artur Mas al tablero de la legalidad constitucional antes de esa fecha? No es descartable en absoluto. La CUP solo apoyará la investidura del enterrador de CiU si este ofrece una “prueba de sangre”; esto es, si el honorable en funciones ejecuta un sonoro corte de mangas al Estado de Derecho en forma de contundente acto de desobediencia a los mandatos del Gobierno o del Tribunal Constitucional. Las bases del anarquismo catalán redivivo quieren a Mas postrado, que humille. Si no, lo mandarán de vuelta a los corrales.
No, la patada al tablero antes del 20-D no es descartable, y su trascendencia en las urnas estará directamente asociada a la proporcionalidad de la respuesta de cada cual, no solo del Gobierno. Tan arriesgada sería la sobreactuación como quedarse corto.
Después de los atentados de París, la mesura recupera posiciones en la jerarquía de valores políticos. Para desgracia de Artur Mas y del aventurerismo independentista.


