El pacto de izquierdas y la clase media
El acuerdo Iglesias-Garzón brinda al PSOE la oportunidad de recuperar apoyos en el sector responsable de su declive.
Al día siguiente del pacto entre Podemos e Izquierda Unida, un periódico titulaba: “Garzón entrega IU a Iglesias a cambio de ocho escaños”. A la vista de los términos del acuerdo entre ambas partes, bien podría haber añadido: “… y de que Podemos le sanee las cuentas”. El papel firmado entre los jóvenes líderes de las dos formaciones no tiene nada de ideológico. Es un puro contrato de reparto de escaños y subvenciones que parece redactado por un despacho mercantil. A pesar de ello, Iglesias y Garzón se fueron al territorio 15-M a celebrarlo con el pueblo soberano. Hubiera sido más adecuado hacerlo en Cuatrecasas. Ya lo había adelantado Íñigo Errejón: “No estamos negociando una confluencia, sino echarnos una mano”. Puro pragmatismo. “El 20-D nos quedamos a mitad de camino y produjimos un empate, yo creo que ahora de lo que se trata es de sumar fuerzas para desempatar”, añadía Errejón, reafirmando el objetivo prioritario que nunca han negado: la conquista del poder.
La operación Podemos-IU no es de rearme ideológico. En eso, en evitar el roce entre el camaleonismo de unos y la rigidez dogmática de otros, Iglesias y Garzón han tenido mucho cuidado. Lo peor que les podría pasar a las puertas de la campaña es asistir a una bronca entre “pitufos gruñones” y jóvenes asaltacielos. No hay que perder el tiempo discutiendo los argumentos de los Llamazares de turno. No es el momento del contraste de ideas. La batalla que hay que dar es la del último escaño; ninguna otra. Las expectativas de la organización el 26-J, tras el desgaste de estos cuatro meses, no eran las mejores. Iglesias vende que necesitan el millón de votos de IU para el sorpasso. La realidad es que le hacen falta para aguantar la posición. Lo que después pase va a depender sobre todo de lo que hagan otros. Del PSOE, sin ir más lejos. De si Pedro Sánchez descubre finalmente quién es en realidad su principal adversario. De si acierta a recuperar al menos parte de lo que históricamente fue el PSOE: el principal referente político de las clases medias.
Ideología vs pragmatismo
Uno de los errores históricamente repetidos por la izquierda ha sido calcular con excesivo optimismo el impacto de sus políticas en la imperfecta realidad. Expresado de otro modo, para que no haya dudas sobre lo que intento decir: haber confiado en exceso en la ideología y muy poco en el contexto circundante –interior y exterior– a la hora de aplicar políticas transformadoras. Cuando ha dejado en segundo plano el debate puramente ideológico y realizado un diagnóstico acertado de las necesidades sociales, ha alcanzado el poder. El PSOE que liderara Felipe González es un buen ejemplo de ello. De hecho, los socialistas han vivido muchos años de los réditos producidos en aquella etapa. En las fases en las que sus dirigentes se han empeñado en “ideologizar” en exceso sus ofertas electorales, como aquella en la que Joaquín Almunia se asoció al PCE, o la actual, el partido ha sufrido los mayores revolcones en las urnas.
El pacto Podemos-IU, fiduciario colateral de la pinza que diseñaron José María Aznar y Julio Anguita para acabar con el PSOE, le da a Pedro Sánchez la leve oportunidad de reconciliar su oferta política con la gran responsable del declive de su partido y del ascenso de Podemos: la clase media, víctima principal de la crisis, esencialmente desideologizada, pero necesitada de culpables y, sobre todo, de portavoces que reivindiquen con eficacia su papel. La apuesta de Podemos por ocupar de forma prioritaria todo el espacio de la izquierda pura y dura –en lugar de inclinarse hacia la socialdemocracia, como proponía Errejón–, ofrece al PSOE la posibilidad de representar a una izquierda moderna y pragmática que, sin dejar de reivindicar una profunda regeneración institucional, apueste por políticas económicas alejadas de doctrinas caducas, que impulsen la productividad, las reinversiones empresariales gracias al incremento de los beneficios, el ahorro y el consumo; y una redistribución de la riqueza que, acompañada de una política fiscal más pensada para impulsar el crecimiento que recaudatoria, sirva fundamentalmente para recuperar la función equilibradora de las clases medias.
Allá por 1986, el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, se quejaba de que a medida que la política del PSOE mejoraba el nivel de vida de los ciudadanos muchos de estos se hacían más conservadores: “¡En cuanto se compran el chalé adosado, en lugar de a nosotros votan a Adolfo Suárez!”, exclamaba con gracia Guerra. Hoy, los que han perdido además del chalé el trabajo, necesitan algo más que discursos anti derecha y cháchara ideológica para volver a creer en unas determinadas siglas. Iglesias y Garzón le han abierto a Sánchez un surco en el que sembrar. Veremos si es capaz de sacudirse los complejos que arrastra y aprovechar la que va a ser su última oportunidad.



