El manual de Arriola
Tras las elecciones el presidente reunió a su sanedrín. La conclusión: el Partido Popular ganará las generales con cierta comodidad.
Que nadie se engañe: están más tranquilos de lo que aparentan. Una vez analizados minuciosamente los resultados del 24-M la conclusión a la que han llegado es límpida: el PP ganará las elecciones generales con margen suficiente para gobernar. Se podrá pensar que tal conclusión es fruto de la irrealidad en la que vive instalada la cúpula popular. Allá ustedes. Yo les cuento lo que hay, más allá de cortinas de humo y tácticas distractivas de mayor o menor fortuna. Vayamos por partes.
Según una encuesta, la mitad de los votantes del PP no quiere que Rajoy sea el próximo candidato a la Presidencia del Gobierno. ¿Hay alternativa? No. Se dice que a los posibles recambios se los ha llevado por delante el batacazo electoral de mayo. Salvo en un caso, falso de toda falsedad. Solo Esperanza Aguirre no había descartado la pelea si ganaba la alcaldía de Madrid y se situaba en votos por encima de la media del partido. El resto de “probables”, que algunos hay, solo darán un paso al frente, y ya veremos, cuando Rajoy anuncie el próximo año lo que tiene previsto anunciar. Hay cabreo entre los barones por hacerles venir a Madrid para nada, por el ninguneo al que han sido sometidos en demasiadas ocasiones, por el oscurantismo y la soberbia del Gobierno y la cúpula del PP. Incluso hay entre ellos quienes cuestionan el liderazgo del gallego. Pero saben que a cinco meses de las elecciones generales no hay nada que hacer.
Miedo y galimatías. Contra lo que pudiera parecer, los resultados de las municipales y autonómicas han reafirmado la estrategia del mandarín popular. Cierto que se han pasado algo de frenada, pero el guion se va cumpliendo tal y como ha previsto Pedro Arriola. Sí, otra vez Arriola, qué le vamos a hacer. Sigue siendo el gurú máximo. Es el autor del informe
poselectoral que analizó el sanedrín privado del presidente y en el que se definieron los nuevos pasos a dar. Retomando el hilo: el batacazo formaba parte de la hoja de ruta. Quizá no tan a lo bestia, pero se había asumido que esta cita con las urnas iba a ser utilizada por muchos para dar un serio toque de atención al PP. Asumido y casi esperado. Porque es por ahí, mediante la combinación de dos conceptos, miedo y galimatías, por donde se ha trazado la línea más directa para retener La Moncloa.
El eslogan del PP de aquí a noviembre bien podría ser: “Quien juega con fuego corre el riesgo de quemarse”. El miedo a Podemos y los tri-cuatri-pentapartitos que se formarán en ayuntamientos y alguna que otra comunidad tienen ya asignada la misión del perro pastor encargado de recoger las ovejas descarriadas y devolverlas al redil. En esa tarea también se ha reservado un papel estelar a las elecciones plebiscitarias a celebrar (o no) el 27 de septiembre en Cataluña. No habrá coincidencia. Las generales serán con casi total seguridad el 29 de noviembre, y la conclusión es que tras los primeros meses de la izquierda desagregada en la gestión de ayuntamientos y comunidades, y superada la prueba de un 27-S que va a dejar una Cataluña difícilmente gobernable, los españolitos bascularán de nuevo hacia las opciones políticas que garanticen la estabilidad. O sea, el PP. Es en ese discurso en el que hay que encuadrar la filtración interesada de que el Gobierno solo ve a Rajoy y a Pablo Iglesias con opciones de gobernar el país y descarta a Pedro Sánchez. Iglesias mete miedo; Sánchez no el suficiente. La polarización con Podemos beneficia al PP. Para complementar, los “errores” de los demás serán convenientemente aderezados por unos datos económicos que en otoño alcanzarán su apogeo. Será más o menos por entonces cuando Rajoy sea proclamado candidato y diga solemnemente aquello de que España es un país serio que no puede permitirse el lujo de desandar lo andado. Será también entonces cuando anuncie que es su última vez, que no volverá a presentarse, declarando inaugurada la nueva y brillante etapa de un PP renovado, sin cadáveres en el armario. El riesgo hasta que llegue ese momento también está previsto en el manual: que las Carmenas y Colaus de toda España se dediquen a levantar las alfombras y administren con habilidad la porquería que vayan encontrando para llegar a noviembre en un estado de hartazgo contra las malas prácticas del PP. Pero todo virus tiene su antídoto. Muchos alcaldes y presidentes de comunidades autónomas, sin recursos financieros, se lo pensarán muy mucho antes de disparar. Los dueños de la caja se llaman Rajoy y Montoro (o el que le suceda). Hasta donde se puede, todo está atado.
El otro flanco a proteger es el que amenaza Ciudadanos. La previsión es que al partido de Albert Rivera no le va a quedar más remedio que apoyar al partido más votado en las generales, en coherencia con sus principios. A un “nuevo” PP, claro, con la muda bien limpia. Nadie entendería que C’s no colaborara en la estabilidad. Máxime si, como también apuntan los sondeos, Ciudadanos puede ser la segunda fuerza política de Cataluña y, lo que es más importante, el nuevo dique contra el soberanismo. Un socio imprescindible para garantizar la integridad territorial, sea cual sea el inquilino de La Moncloa.



