El liderazgo menguante
Dirigentes parapetados tras unas bases menguadas; líderes menores a los que causa pavor la responsabilidad.
La crisis política española, la británica o la francesa, la de la Unión Europea en su conjunto, el decepcionante despertar del sueño brasileño, la situación extrema a la que podría empujar al mundo una hipotética victoria de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas de noviembre; estos y otros muchos trances sociales que a diario confirman el alarmante desapego de los ciudadanos hacia la política, han vuelto a situar en primer plano el debate sobre el liderazgo. Pero ¿qué es el liderazgo? Convendría, antes de entrar en materia, identificar los elementos esenciales que deben conformar un liderazgo compatible con las exigencias mínimas de una democracia real, que no formal, como la rusa o la turca, o la de algunos países árabes que blanquean en urnas de cartón piedra sus regímenes autoritarios.
El liderazgo que a españoles y europeos, al menos, nos interesa, es el que merece ser calificado como tal, el que alcanza su legitimidad sin trampas, sin violencia, confrontando en abierto las ideas, no las armas o la imposición religiosa. Es este el liderazgo el que está en crisis, frente a la resistencia y avance de los autócratas. “Hay una crisis de liderazgo. Es muy serio. Yo creo que ha perdido calidad el debate político. Lo veo ahora en España. Da miedo lo que ocurre”. La admonición es de Felipe González.
Y sí, es para echarse a temblar. Los síntomas de deterioro del sistema son alarmantes. Y la respuesta insuficiente, pusilánime, descorazonadora. El líder que más respeto debiera causarnos no es aquel que se coloca a favor del viento y se sube a la ola de la masa anónima y manipulada; es el que nada a contracorriente, el que no se resigna, el que se la juega, el que sabe que “la multitud será un instrumento de barbarie o de civilización según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral”, según frase del escritor uruguayo José Enrique Rodó.
Una de las manifestaciones más obvias de ese creciente y generalizado miedo a colocarse frente a la multitud es el recurso a la democracia directa. El líder delega la responsabilidad en ciudadanos cabreados cuya ecuanimidad y rectitud de criterio son manifiestamente mejorables. El mejor y más reciente ejemplo es el de David Cameron, un político ensoberbecido y al tiempo atemorizado ante la presión de la masa informe y los portavoces de los dogmas más destructivos. El brexit es el resultado de la abdicación del liderazgo, el fracaso de la pedagogía frente al nacionalismo, la xenofobia, la desinformación, la ignorancia, el miedo, la insolidaridad, el populismo. La derrota en toda regla de la política ante los oportunistas de la catástrofe.
La incapacidad de los partidos
Pero probablemente el arquetipo más elocuente de este fenómeno, el que ha exacerbado hasta extremos insospechados el populismo más zafio y peligroso, es Donald Trump. No vamos a insistir en la personalidad de este sujeto, a quien uno de los representantes más notables del capitalismo norteamericano, el multimillonario y exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha llamado “timador, demagogo peligroso e incendiario”. Lo que interesa, y debiera preocupar del fenómeno Trump, es que el Partido Republicano no haya sido capaz de construir un liderazgo que impidiera, siquiera como hipótesis de trabajo, el riesgo que para la humanidad en su conjunto pudiera representar este atrabiliario personaje, en caso de que derrotara a Hillary Clinton.
En este punto nos topamos con uno de los nodos del problema: la incapacidad adaptativa de los partidos políticos, asunto este de especial relevancia en la vieja Europa, y con notable incidencia en España. La crisis de militancia de muchas de las formaciones políticas europeas clásicas no es sino una secuela más, y no la menos importante, de la crisis general de liderazgo. Dirigentes que se parapetan tras los muros de unas bases menguadas y progresivamente distanciadas de las pulsaciones de una sociedad que ya no busca respuestas allá donde está segura de no encontrarlas. Líderes menores a los que causa pavor el ejercicio incómodo de la responsabilidad y, de tan poco usarlo, han casi olvidado en qué consiste el concepto “interés general”.
Hay quien, desde la benevolencia a la que a veces conducen las comparaciones no siempre pertinentes, considera que los políticos españoles son admirables porque “no han apelado al racismo o la xenofobia para conquistar votos”. Como si tal omisión pudiera ser considerada, en España, un mérito (distinto sería si habláramos de Francia). Pero lamentablemente, y a la vista del desprecio al diálogo demostrado en estos meses, los políticos españoles, lejos de concitar admiración en los ciudadanos a los que pretenden representar, lo que están provocando es probablemente el mayor grado de desentendimiento de lo colectivo que hayamos vivido en España desde que recuperamos la democracia. Sí, da miedo lo que ocurre.


