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El fracaso de la educación

08 / 07 / 2015 Agustín Valladolid
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En España hay 55.000 puestos de trabajo sin cubrir por la baja cualificación de los aspirantes.

La salida de José Ignacio Wert por la puerta de atrás del Ministerio de Educación es una nueva metáfora del enésimo fracaso del modelo (o no modelo) educativo español. Solo un ministro, Ángel Gabilondo, estuvo muy cerca de lograr un acuerdo que de haberse alcanzado sí podría haber sido calificado de histórico, pero las alicortas entendederas del cortoplacismo partidista, en este caso de los dirigentes del PP, lo impidieron. 

Abandono escolar, preparación media deficiente o un profesorado que ha convertido la universidad en una especie de reserva del corporativismo más indolente, son algunos de los males congénitos que arrastra un sistema cada vez más alejado del que necesita la España real. Un dato reciente de Eurostat sirve para ilustrar esta afirmación: nuestro país, con una tasa de paro descomunal, se permite el “lujo” de que a día de hoy haya más de 55.000 puestos de trabajo sin cubrir por escasa cualificación de los aspirantes. ¿Por qué entonces emigran nuestros jóvenes?, se preguntará el lector. No son las únicas, pero hay dos razones evidentes: una, la desconexión entre universidad y empresa; dos, la falta de canales de información eficaz entre oferta y demanda. Se podrá decir que los empleos que requieren una elevada cualificación son los menos y no resuelven el problema estructural del paro. Cierto, pero solo en parte. España no debe aspirar a resolver su principal hándicap, la debilidad del binomio productividad-competitividad, solo por la vía salarial. En ese terreno siempre habrá alguien dispuesto a mejorar nuestra oferta. Es la especialización, la excelencia, las que nos han de sacar del atolladero. Y ese principio no solo sirve para la biotecnología; también debería aplicarse a todo oficio con proyección de futuro.

Uno de los secretos de la buena marcha de la economía alemana viene de atrás: de cuando los socialdemócratas de Gerhard Schröder decidieron que la forma más justa de afrontar la crisis de principios de los 2000 era repartir el trabajo. La tasa de paro en Alemania es del 4,7% (dato de abril de 2015). Hicieron más cosas, claro. Entre ellas establecer la Formación Profesional dual, de modo que el aprendizaje se distribuye a partes iguales entre la escuela y la empresa, lo que eleva exponencialmente las posibilidades de los jóvenes de integrarse en la plantilla de la fábrica o el taller que contribuyó a su formación. La FP española apenas tiene conexiones eficaces con el mundo de la empresa. Solo algunas grandes compañías han activado programas de colaboración que suponen una ínfima parte de las necesidades de empleo. No hay un plan serio para conectar a los jóvenes con las pequeñas y medianas empresas, que son las que generan el 70% del trabajo en nuestro país.

La ineficacia del INEM. Otro dato que ilustra el divorcio entre educación y realidad (en este caso referido a la inoperancia de los instrumentos del Estado): el 86% de los parados no recibe ningún tipo de formación, lo que dificulta extraordinariamente su reincorporación al mercado laboral. Por no hablar de la ineficacia del INEM: el organismo oficial que debe conectar inactivos y empleadores solo intermedia en el 2% de las nuevas contrataciones. El dato, vergonzoso, nada tiene que ver con la competencia de los funcionarios. Es la política la que vuelve a fallar. Una fórmula que hace aguas y que nadie se atreve a corregir para evitar tensiones territoriales. El caso es que España es de los pocos países avanzados, por no decir el único –depende de lo que entendamos por avanzado–, en el que las políticas activas de empleo no están vinculadas, ni por supuesto coordinadas, con las pasivas. Estas nos cuestan alrededor de 25.000 millones de euros anuales. Es un derecho de los trabajadores, pero un derecho que debiera estar asociado a mecanismos de reciclaje y formación. No es así. Las políticas activas están en manos de las comunidades autónomas. Las pasivas, en las del Estado. De nuevo el escollo de siempre. Diecisiete maneras de entender y gestionar la misma realidad. Diecisiete chiringuitos manejados a veces por gentes sin escrúpulos. El escándalo de los cursos de formación en Andalucía no es único. En otros lares se ha llegado a destruir documentación. Manto de silencio para evitar un escándalo a nivel nacional. Europa no nos quita ojo. Diecisiete políticas educativas; un solo problema económico. Wert no logró ponerse de acuerdo ni con los suyos. Además de la nonata reforma de la Justicia, la Educación es el gran fracaso del sistema que diseñó la Transición. Dos ámbitos de lo público cuyo deficiente funcionamiento lastra hasta extremos indecentes el progreso español. Un significativo porcentaje de inversiones extranjeras –que nadie se atreve a medir– busca cada año otros horizontes de mayor seguridad jurídica y un más ágil funcionamiento de los tribunales. El modelo educativo es uno de los grandes frenos de nuestro crecimiento económico. Dos cánceres que amenazan el futuro. Y la solución pasa por nuevas políticas, nuevos políticos que hagan en serio su trabajo, no el primer amiguete que pasaba por allí. 

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