El caso español
El sitio del PSOE no es el populismo, sino el de una socialdemocracia que asuma que para redistribuir la riqueza primero hay que crearla.
Cuando se viaja por la Europa del Norte, la sensación que uno se trae de vuelta es que fue allí donde nació lo que llamamos civilización, que lo de los griegos y romanos no fue para tanto y aquellos a los que antes tildábamos de bárbaros son ahora el mejor ejemplo de civilidad y equilibrio social. Si se asiste de cerca al asombroso espectáculo de una ministra sueca de origen bosnio anunciando su dimisión por haber superado en una décima, mientras conducía, el índice de toxicidad alcohólica permitido –nivel que no hubiera sido sancionable en nuestro país–, la constatación de que se está conviviendo con un colectivo superior llega de manera natural. Qué decir de las minuciosas explicaciones que los ministros daneses facilitan a cada instante a la oposición cada vez que se les piden detalles de este o aquel gasto, ya sea el relacionado con la construcción de un puente o el destinado a las madres solteras, y cuyas intervenciones, y por supuesto réplicas, son retransmitidas íntegras por televisión.
Lo de Suecia y Dinamarca puede parecernos hasta naif a los que vivimos en las cunas de la civilización occidental, acostumbrados a la droga dura, es decir, a las grandes intervenciones en las que nuestros políticos defienden babilónicos e inamovibles principios y nada o muy poco dicen sobre lo que en realidad interesa a los ciudadanos. Por supuesto, a casi ninguno de los que se les llena la boca con grandes conceptos les parecería lógico dimitir por nimiedad parecida a la protagonizada por la ministra sueca.
Otro ejemplo de la distancia que nos separa: en Dinamarca, el Gobierno de centro-derecha y la oposición socialdemócrata han acordado la política a seguir en relación a los refugiados. Las medidas adoptadas para garantizar el sostenimiento de la cuota de acogidos han sido duramente criticadas fuera del país y, sin embargo, la mayoría de los partidos daneses han cerrado filas en torno al Gobierno desde la convicción de que han hecho lo mejor para la defensa del interés general.
En Suecia y Dinamarca, como en tantos otros lugares del globo, no se entiende lo que pasa en España. Cuando balbuceas un intento de explicación, te miran como las vacas al tren. No hay manera de elaborar el mínimo discurso que ayude a entender el porqué pueden repetirse de nuevo las elecciones sin arriesgar aún más tu ya de por sí dudosa credibilidad sureña. “En Dinamarca, el Gobierno no roba; trabaja para los ciudadanos. ¿Volver a Italia?”, me espetó un día un taxista italiano asentado desde los años 70 del siglo pasado en Copenhague. Música celestial. Una explicación sencilla del fructífero vínculo entre política y ciudadanía. Nada que ver con España.
Entre la soberbia y el populismo
En España, en expresión requisada a un personaje de Pierre Lemaitre, pareciera que ciudadanos y políticos habitaran en dos continentes distintos, situados en placas tectónicas diferentes, incapaces de encontrarse sin provocar un cataclismo. El desencuentro es evidente. Y lo peor es que va en aumento. La sensación de que los partidos anteponen sus intereses a los del conjunto de la sociedad ha evolucionado aceleradamente hacia la certidumbre. Desde la soberbia que favorecen las mayorías absolutas, la derecha solo ha mostrado la cara dialogante cuando no le ha quedado otro remedio, sin haber sabido –ni querido– acumular en el pasado méritos suficientes para hacer más creíble su venturosa evolución y así cargarse de razones para favorecer la búsqueda de una salida. ¿Y la izquierda? ¡Ay, la izquierda!
Incapaz de dar réplica con eficacia a las recetas anticrisis de tinte conservador, la izquierda europea navega entre la tentación populista de quienes están en la oposición, caso del Partido Laborista británico, y la obligación de gestionar con realismo la emergencia económica, situación que padece el tándem Hollande-Valls en una Francia que, cegada por una grandeur que ya no es lo que fue, rechaza cualquier reforma. Lo peor de este dilema es que el primero de los caminos, el populismo de Jeremy Corbyn, que parte de la idea de una más justa redistribución del presupuesto, aunque sea escaso, tiene todas las de perder frente al populismo de derechas, mucho más atractivo para el votante frustrado, ya sea de clase alta, media o baja, que necesita alguien a quien echarle la culpa de su decadencia, y al que la xenofobia del UKIP de Farage o el Frente Nacional de Le Pen ofrecen una explicación que les exime de toda responsabilidad y compromete la recuperación de privilegios.
La peculiaridad del caso español es que las últimas elecciones partieron a la izquierda en dos trozos de parecida magnitud, y el partido que desde la Constitución del 78 ha representado mayoritariamente esa sensibilidad no acaba de encontrar su nuevo sitio. El PSOE se divide hoy entre los que defienden un populismo desfasado estilo Corbyn y aquellos otros que habiendo tenido –o teniendo– responsabilidades de Gobierno están más en la órbita de Valls. Parece una batalla ideológica, pero es solo tacticismo. Al PSOE únicamente le queda un lugar al que ir: el de una socialdemocracia moderna que defienda que la generación de riqueza es el primer paso para hacer una política social de izquierdas. Como en Dinamarca. Solo desde ahí, y atendiendo más a los votantes que a la militancia, volverá a ser alternativa.
Para ello, contra lo que algunos proclaman, a los socialistas les conviene que gobierne Mariano Rajoy, que la economía española ratifique su recuperación. Solo así su principal adversario ideológico, Podemos, podría retroceder. Por el contrario, si la percepción que se asienta es la de que Pedro Sánchez, por razones esencialmente internas, es el responsable de una nueva repetición electoral, las consecuencias podrían ser terribles para el centenario partido del tipógrafo Iglesias.


