El amargo abril de Mariano Rajoy

27 / 04 / 2016 Agustín Valladolid
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Como Felipe en aquella legislatura del golpismo blando, Rajoy sufre los efectos de la negligencia propia y ajena.

“Roto el hielo, fui más lejos. Le hablé del encarnizamiento de la prensa, de la certidumbre generalizada entre amigos y enemigos de que su Gobierno había llegado sin remedio al borde del precipicio. Él nos hizo una relación descarnada y minuciosa de los hechos que habían provocado el desastre, pero no se le notaba un indicio de rabia (…) sino acaso un sentimiento de vergüenza por unas faltas que no eran suyas, pero que él tendría que cargar para siempre. Sin embargo, parecía ser el único español al que nunca le había pasado por la mente la idea de que Felipe González debía renunciar.

–Lo importante ahora es que vamos a sacar a España de la crisis –concluyó–. Ya se ven signos muy claros”.

Lo que precede corresponde a un artículo que publicó Gabriel García Márquez en Le Nouvel Observateur el 17 de noviembre de 1994. Se titulaba “El amargo abril de Felipe”. Gabo relata la cena a la que asistió en Moncloa junto a su mujer, Mercedes, invitados por la familia González. Se soplaron velas: era el cumpleaños de Pablo, el hijo mayor de Felipe y Carmen. 29 de abril de 1994. Solo tres días antes se había fugado de España el director general de la Guardia Civil, provocando la dimisión del entonces ministro del Interior. Después ingresaría en prisión el gobernador del Banco de España, Mariano Rubio. En octubre de ese mismo año un juez ordenaba la detención por estafa de uno de los financieros de moda, Javier de la Rosa. Todo parecía venirse abajo. Pero González resistió. Solo las urnas, ya en 1996, le apartaron del poder. Y por los pelos.

El que resiste gana, decía Camilo José Cela. Pero convendría reflexionar sobre quién sale perdiendo cuando alguien decide resistir a toda costa. Los doce años de Gobierno consecutivo de González dejaron al PSOE muy tocado y al país exhausto. Algunos dirigentes socialistas presentaron la sucesión de corrupciones destapadas por la prensa como una operación minuciosamente diseñada para echar a González del Gobierno. Y algo –o mucho– de eso hubo. En este semanario Luis María Anson desveló algunos pormenores. Sin embargo, más allá de las conocidas conspiraciones político-periodístico-judiciales, la verdad insoslayable es que la corrupción estaba presente en las primeras páginas, un día sí y otro también, porque existía. Cosa distinta es que la explotación mediática y judicial de los casos se concentrara, casualmente, tras la derrota de José María Aznar, contra pronóstico, en las elecciones de 1993.

La historia se repite

Es verdad, en política las casualidades no existen. Pero tan cierto es esto como que las casualidades solo pueden ser convenientemente fabricadas si hay materia para ello. En la segunda mitad de la era socialista se produjo una evidente relajación de los controles, hasta el punto de verse directamente implicados en el quebranto de los mismos aquellos que tenían la obligación de hacerlos cumplir. Veinte años después, estamos donde estábamos. La historia, en lo esencial, se repite. Porque lo peor de los episodios de corrupción que en estos tiempos vamos conociendo es la sistemática e inevitable participación en los mismos de los que debían perseguirlos. No hay corruptor si no hay corrompido. Una yunta persistente; por lucrativa.

Como Felipe González en aquella legislatura del golpismo blando, Mariano Rajoy sufre ahora los efectos de la negligencia propia y ajena. Muchas veces, cuando salta un escándalo a las primeras páginas, oímos eso tan habitual de “era un secreto a voces”. Todo hijo de vecino sabía en Canarias lo de José Manuel Soria. No hay entidad financiera en el país que no haya sufrido el chantaje de Ausbanc, Manos Limpias o de ambos a un tiempo. Luis Pineda y Miguel Bernad han disfrutado de una larga impunidad a pesar de que sus prácticas mafiosas eran de dominio público. En décadas, no ha habido presidente, consejero delegado, director general o director de Comunicación de los bancos extorsionados que se haya atrevido a denunciar este connubio presuntamente constituido para delinquir. Ha sido ahora, una vez constatado que la infanta Cristina se iba a sentar en el banquillo, cuando, por razones ajenas a las estrictamente jurídico-penales, el abogado Miquel Roca i Junyent se decidió a dar el paso. Hasta entonces, silencio. La tolerancia; la maldita tolerancia con el dueño del trabuco.

García Márquez hablaba del “sentimiento de vergüenza” de Felipe González “por unas faltas que no eran suyas”. Todo es relativo. No eran suyas, como el tiempo se ha encargado de demostrar. Pero como presidente del Gobierno sí era responsable de la laxitud inspectora y de una insuficiente pedagogía que contrarrestara la natural condescendencia del español con el mangante. Y fue entonces cuando dejaron de creerle. A Rajoy, en este desapacible abril, le puede estar pasando lo mismo. Los signos, que diría Gabo, son muy claros. 

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