Del purgatorio de Podemos y el dedo de Rajoy

30 / 03 / 2016 Agustín Valladolid
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Podemos va asumiendo que se ha quedado a medio camino y que para llegar al cielo hay que transitar por el purgatorio.

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.

Nos aproximamos a razonable velocidad de crucero hacia unas nuevas elecciones generales, tal y como vengo defendiendo como hipótesis más probable en estas páginas, principalmente porque a la mayoría de los contendientes, salvo a uno, es lo que más interesa tras haber llegado a la conclusión de que peor de lo que están no van a estar y es probable que hasta puedan mejorar sus posiciones. Para que, una vez descartada la gran coalición, este escenario, el de la repetición de las generales, se convierta en definitivo, ya solo queda el pequeño pero en parte doloroso paso de que Pedro Sánchez convierta formalmente en irreversible el todavía hoy aparente compromiso de que en ningún caso aceptará convertirse en presidente del Gobierno con el apoyo indirecto de los independentistas catalanes. Y ese paso está al caer.

Puede ser el pagaré que el secretario general del PSOE se vea obligado a emitir para evitar unas primarias y un congreso –previstos unas y otro el 8 y el 23 de mayo– en los que Susana Díaz aun sopesa cuestionar el liderazgo de Sánchez, en primera persona o a través de candidato interpuesto, sometiendo al partido a un desgaste extraordinario del que probablemente no llegaría nunca a recuperarse, y ofreciendo a Pablo Iglesias un comodín con el que no contaba para intentar de nuevo el sorpasso.

La dirección del PSOE está convencida de que el asalto de Iglesias a la fortaleza socialista, salvo error mayúsculo, ha fracasado. Es por tanto muy probable que se imponga la Pax Bética y se nos ahorre a los españoles el patético espectáculo de un cónclave que descubra un PSOE abierto en canal e incapaz de interpretar correctamente los deseos de sus electores, en particular, y la sociedad española en general. Para ello, Sánchez tendrá que despejar internamente cualquier duda: ni cesiones inasumibles a los independentistas ni más guiños mendicantes a Podemos. Si cumple con esas dos condiciones no habrá nadie (Susana Díaz) capaz de disputarle el liderazgo, salvo que esté dispuesto a correr el riesgo doble de debilitar partido y Gobierno andaluz.

Sería por lo demás de una majadería incomprensible que los socialistas abrieran el melón de un nuevo conflicto interno justo cuando Podemos empieza a sufrir los efectos secundarios de la pesada digestión provocada por su acelerada integración en el sistema. Ahora andan a la greña por la táctica, pero tanto Iglesias como Íñigo Errejón han coincidido siempre en lo esencial: la pelea no es por acabar con el bipartidismo, sino por sustituir a los actores principales del bipartidismo. El 20-D el PSOE aguantó el arreón de la “nueva política” y ahora el podemismo debe gestionar la realidad de haberse quedado a medio camino y, en lugar de alcanzar el cielo, asumir que primero hay que transitar por el purgatorio.

Génova new age

  Al otro lado de la mediana, el diagnóstico cambia. Si en el PSOE la prudencia aconseja calma, el votante medio del PP parece pedir a gritos justo lo contrario: una gran operación limpieza que solo podrá darse por concluida cuando Mariano Rajoy salga por la puerta de Génova 13 para no regresar, al menos como presidente del partido. El último episodio de corrupción estructural, con la incombustible Rita Barberá situada en el epicentro del subsiguiente escándalo político, ha dado alas a la nueva generación de dirigentes populares, y ni siquiera el marcaje del comisario-vicesecretario, Javier Arenas, parece ya tener el suficiente peso disuasorio para que los Casado, Maroto, Levy y Martínez Maíllo permanezcan impasibles ante el deterioro de la marca y el previsible desplome de sus expectativas personales. Tienen derecho a decidir qué quieren ser de mayores y lo van a pelear.

La nueva generación instalada en Génova está dispuesta a transigir con una transición pactada, lo que no significa necesariamente pacífica. Comparten el objetivo principal: seguir siendo el primer partido y frenar la progresión de Ciudadanos. Pero para ello exigen cabezas, saben que la pasividad de Rajoy y del partido es incompatible con el concepto credibilidad. Asumen como mal menor que Rajoy repita como candidato, pero no descartan que, cuando llegue el momento, el presidente en funciones, en una muestra de grandeza, dé el paso atrás. Todavía hay quien confía. Entre otras cosas porque las cuentas están hechas y lo que dicen es que con otro candidato, con imagen moderada y centrista, el PP podría llegar a 140 diputados en unas nuevas elecciones. Y con Ciudadanos estaría garantizado un Gobierno estable. Vuelve a recuperarse el nombre de Alberto Núñez Feijóo, aunque quizá, cuando escribo estas líneas, ya haya tomado la decisión de aceptar cualquiera de las ofertas de la empresa privada que tiene encima de la mesa. La última palabra será de Rajoy. No hay otro modo. Como dice un presidente autonómico, el metabolismo del PP no está preparado para que las decisiones, de la noche a la mañana, se tomen de abajo arriba.

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