De la italianización y otras alteraciones
Ya solo esperamos un milagro improbable o, en su defecto, que sea la Constitución la que nos saque del atascadero.
Relataba hace unos días Pablo Ordaz en El País la espontánea y casi unánime carcajada que se les escapó a los periodistas presentes en la tradicional rueda de prensa que el primer ministro italiano celebra con los corresponsales extranjeros, cuando este, Matteo Renzi, prometió que antes de fin de año estaría terminada la autovía Salerno-Reggio Calabria, iniciada en los años 50 y que ningún Gobierno ha conseguido concluir. El periodista del diario español ponía la anécdota como ejemplo de la falta de credibilidad de los políticos italianos. Italia es un buen espejo donde mirarnos. No siempre a efectos de emular lo que allí ocurre; más bien, si hablamos de política, para hacer justo lo contrario.
Han sido muchas las ocasiones en las que la indolencia de la clase política italiana ha provocado largos periodos de crisis institucional que se traducían en una ralentización de la economía y en la pérdida de oportunidades para el país y sus ciudadanos. Los españoles, en cambio, no habíamos experimentado hasta ahora esa frustrante sensación de bloqueo provocado por la ineficacia de la política. Sí otras alteraciones, pero no esta variante de la ineptitud humana. Mano sobre mano, esperamos un milagro tan improbable como inconveniente o, en su defecto, que sea la Constitución, y los plazos legales que en ella se fijan para la repetición de elecciones, la que nos saque del atascadero.
Como en Italia, mucho de lo que nos ocurre tiene que ver con el exceso de poder acumulado por los partidos políticos, cuya ley reguladora pide a gritos una reforma urgente. Si estos entran en crisis, si sus líderes no están a la altura de las circunstancias, no existen mecanismos eficaces para amortiguar el efecto que las peleas entre dirigentes o la lucha por el poder interno tienen en la gobernabilidad. Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo: con otros líderes, España tendría un Gobierno provisional de coalición para evitar la helenización, consolidar el crecimiento y hacer las reformas necesarias, en lugar de malgastar energías en confrontar las atribuciones de los poderes Legislativo y Ejecutivo.
Y en buena medida, no tenemos ese Gobierno construido a partir del diálogo y el acuerdo, tal y como ocurre en dos docenas de países europeos, por la necesidad de consolidar posiciones personales en el escalafón partidario o, en el mejor de los casos, proteger las propias siglas de los supuestos efectos que tendría en las bases electorales de los dos grandes partidos cualquier cesión a una de las dos Españas. Ahí seguimos.
Susana Díaz & Núñez Feijóo.
Tengo que reconocer que ningún secretario general del PSOE se atrevería a tenderle la mano a su principal adversario si tuviera que estar constantemente vigilando su espalda. En cuanto las aguas parecen calmarse, cuando el pacto con Ciudadanos sugería el inicio de una tregua razonablemente duradera, aparecen noticias y encuestas que recuerdan al interfecto que cualquier error puede ser definitivo, que el recambio está disponible, por lo que pudiera pasar. Ha habido quien después del debate de investidura ha vuelto a sacar en procesión, arropada en tipografía de primera página, a Susana Díaz. Como si hubiera tiempo de algo más que aguantar el tirón; en el momento más inoportuno, justo cuando Pedro Sánchez ponía rumbo al centro y lograba salir vivo de la Carrera de San Jerónimo.
La presidenta andaluza tiene que dejar quieta la margarita. Todo lo que hasta ahora ha hecho sigue una pauta lógica y el objetivo parece claro: ser presidenta del Gobierno. Pero no es el momento. Felipe González presentó una moción de censura contra Adolfo Suárez en mayo de 1980. Lo hizo sabiendo que iba a perder; pero también para prepararse para ganar. Pedro Sánchez, que reclamó para sí la oportunidad de contrastar su liderazgo con las urnas, al menos una vez, se ha ganado ese derecho. Es también el único que empieza a dibujar una supuesta salida al jeroglífico catalán. Los electores no soportarían una nueva refriega en el Partido Socialista.
Muy distintas son las circunstancias en la otra acera. Mariano Rajoy no tiene alternativa o no parece dispuesto a tenerla, que para el caso viene a ser lo mismo, a pesar de que la tenía y se llamaba Alberto Núñez Feijóo. El del presidente gallego es un caso más de liquidación por inanición o aburrimiento, o las dos cosas a la vez. Era el sucesor natural y respetado. Rajoy lo envió en 2009 a Galicia para perder, y Núñez Feijóo le regaló al Partido Popular una nueva mayoría absoluta. Acaba de declarar que no entiende el revuelo de los últimos años: “No aspiro a sustituir al presidente Mariano Rajoy”. Hasta el tiempo del verbo está elegido con cuidado. Ya no aspira. Aspiró y estaba casi predestinado. Luego le buscaron un narcotraficante de jerarquía media. Primer aviso. Para él y para otros. Hay a quien no le gusta ver crecer la hierba.



