Casi todo vale, excepto repetir elecciones

29 / 06 / 2016 Agustín Valladolid
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¡Gracias!

Si los socialistas vuelven a ser la llave, nadie entendería que se fueran a llorar a un rincón desatendiendo la gobernabilidad.

Se equivoca Rodríguez Ibarra; en clave país, incluso en clave partido, el PSOE tiene alternativas mejores que irse a la oposición a lamerse las heridas: lamerse las heridas desde el Gobierno, por ejemplo. La decisión que tomen los socialistas es crucial para el futuro si, como parece, su partido vuelve a ser la llave de cualquier Ejecutivo –salvo que Partido Popular y Ciudadanos sumaran–.

De ahí el interés por la discusión. Si  “lo que no vamos a hacer es pervertirnos y travestirnos y pactar con los comunistas”, en opinión del expresidente extremeño compartida por una cualificada porción de dirigentes y cuadros del PSOE, las alternativas que quedan son dos: a la oposición después de abstenerse en la teórica investidura de Mariano Rajoy, o de otro/a; o al Gobierno para influir en las políticas futuras, imponer condiciones para la regeneración democrática y, paralelamente, abordar de una vez por todas una profunda revisión del modelo de partido.

Nadie entendería que los socialistas, como el niño malcriado al que le han dado un azote, se fuera a llorar a un rincón desentendiéndose de la gobernabilidad y forzando con su actitud unas nuevas elecciones.

Eso es lo que hay. Eso, o echarse en manos de los socialdemócratas sobrevenidos de Podemos. Negociar a cara de perro con Pablo Iglesias –desde una posición de igualdad o, quién sabe, de inferioridad, y ante la mirada atónita de nuestros socios– cada metro cuadrado de cada ministerio, cada secretaría de Estado, cada embajada, cada jefatura de Estado Mayor, cada presentador de los telediarios, cada partida presupuestaria; o, alternativamente, modular desde el Gobierno la política económica, la negociación con Bruselas, la búsqueda de soluciones al callejón catalán, la reforma de la Constitución, la reordenación de los sistemas de protección social de cara a garantizar su continuidad, la puesta en marcha de un plan de choque contra el desempleo juvenil, la modificación consensuada de la ley de partidos y de la ley electoral, un gran pacto en educación, otro en Justicia, etcétera, etcétera.

Si el PSOE vuelve a ser el eje de toda solución, lo último que debiera hacer es ponerse de perfil. Hagan lo que hagan, salvo que entreguen a Iglesias las llaves del castillo, los socialistas serán objeto de afiladas críticas por parte de Podemos. Así que, ya puestos, ¿por qué no colaborar en sacar al país del atolladero? Quizá algún día, contra todo pronóstico, los ciudadanos se lo agradecerán de nuevo y, mientras tanto, sus dirigentes, con o sin cartera ministerial, aparecerán en los telediarios para algo más que para hablar de su dolorosa crisis interna.

Legislatura corta

Pedro Sánchez descubría en la recta final de la campaña que lo de la pinza iba en serio, que la intención de Pablo Iglesias nunca ha sido gobernar con el PSOE, sino darle una contundente y definitiva patada en el trasero. Son los efectos de la vecindad: el PSOE está, en casi cualquier variable que se mida, más cerca de Podemos que del PP. Por eso sus principales competidores no son los populares; por eso un Gobierno de transición PP-PSOE sería mucho más representativo del país que tenemos y, sobre todo, sus decisiones, probablemente apoyadas por Ciudadanos, responderían a las inquietudes de una gran mayoría de la sociedad y encajarían, sin provocar innecesarias tensiones, en la dinámica europea más acorde con el fortalecimiento de nuestra recuperación económica.

La que arranca el 26 de junio debiera ser una legislatura corta, pero ambiciosa: la de la modernización de nuestro tejido institucional. Y esa no es una tarea que deba recaer en uno de los dos bloques ideológicos, sino que ha de ser colectiva, con la participación de todos, incluido Podemos y sus confluencias (fácil, ahora que Pablo Iglesias ha abandonado el leninismo y se proclama ni de derechas ni de izquierdas), pero ha de conducirse desde la centralidad. Si Mariano Rajoy y Pedro Sánchez no son capaces de asumir que esa es la misión de sus vidas, pues que hagan las maletas, porque no es verdad que en el PP y PSOE no haya personas dispuestas a entenderse.

Incluso la solución Monti, si no hubiera otro remedio, no debería descartarse. Ni aquel recurso fue una catástrofe, como ha dicho Sánchez, ni tampoco un “fraude democrático”, como lo calificó Martínez Maíllo. Monti fue una solución provisional que recondujo la gravísima crisis de deuda en la que estaba empantanada Italia y retiró de la circulación a quien sí había sido a todos los efectos una verdadera calamidad, Silvio Berlusconi.

Hemos llegado a un punto en el que la impaciencia puede derivar en intolerancia, en cualquiera de sus acepciones, excluidas las religiosas. Hacia los políticos y la política. Un desastre. Así que cualquier solución democráticamente asumible sería válida. Cualquiera salvo repetir las elecciones. 

Grupo Zeta Nexica