Aguirre, la otra patata caliente de Rajoy
“Hay que ganar en Madrid. No es tiempo de rencores”. Esperanza obliga a Rajoy a optar entre afinidad o pragmatismo.
Nadie sabe nada. Y quien diga lo contrario, miente”. La frase es de un conocido senador del PP, y sonaba a respuesta automatizada a la recurrente pregunta de cuándo se conocerían los candidatos del PP en los grandes caladeros de voto de las municipales y autonómicas de mayo de 2015. Como contábamos la pasada semana, las principales incógnitas, por tamaño y significado político, siguen siendo Madrid y la Comunidad Valenciana, incluidas ambas capitales. La visita de Rita Barberá a Rajoy fue motivo de interpretaciones varias, aunque la pregunta sin responder es quién llamó a quién: Rajoy a Rita o Rita a Rajoy. Los más conspicuos marianólogos apuestan por la segunda hipótesis, convencidos de que si Moncloa filtró el encuentro fue precisamente para evitar una utilización inconveniente del mismo. Hay muchos nervios y los más sensatos del partido y del Gobierno ya piden por lo bajini que se ponga fin cuanto antes a esta zozobra tan del gusto del gallego para preparar con tiempo unos comicios que de por sí se presentan con suficientes incertidumbres.
La primera que enseñó el camino a los inseguros fue Ana Botella, que se dio el gustazo de sorprender a Rajoy y dejarle, sin previo aviso, la patata caliente de gestionar las aspiraciones de Esperanza Aguirre. Madrid va a ser el laboratorio electoral de cara a las generales y la decisión de quiénes sean los candidatos de cada formación es asunto de la mayor importancia. “Por mucho que le desagrade, Rajoy no debería despreciar la mejor opción para la alcaldía de Madrid, Aguirre. Se trata de ganar. No es momento de rencores”. Esta es, con distintos matices, la opinión de muchos dirigentes del PP que ven en la expresidenta madrileña el único reactivo capaz de resistir lo que se avecina en la capital.
Y es que, lejos de perjudicar sus aspiraciones –salvo improbable decisión judicial inhabilitante–, el encontronazo con los agentes de movilidad en la Gran Vía madrileña hasta le puede venir bien a doña Esperanza. Hay en su reacción pública tras el episodio un punto de berlusconización que a muchos encandila. Acuérdense de cuando el Il Cavaliere dijo en campaña aquello de que no le extrañaba que los italianos hicieran lo posible por defraudar al fisco. Arrasó en las elecciones. En el flanco sur de Europa la rebeldía frente a la autoridad es un punto a favor. Y al PP no le preocupa Podemos; le preocupa la abstención, su talón de Aquiles en las europeas. Con Aguirre, piensan algunos, muchos de los que se quedaron en casa volverían al redil.
La regeneración, según Gómez.
Los aguirristas aportan otro argumento en favor de la lideresa: es la que más votos arrastraría para el PP en la urna de la Comunidad. No es que les preocupe en exceso Tomás Gómez, pero ante la perspectiva de una mayoría insuficiente, cuantos menos apoyos sean necesarios para gobernar, mejor. A los populares, que desde 1991 vienen arrasando en Madrid Comunidad y Madrid ciudad –lo habrían hecho hasta con el Pato Donald en los carteles electorales vista la inanidad de la oposición–, lo que más les inquieta es no contar con un liderazgo fuerte que sirva de contrapeso al batiburrillo con el que se pueden encontrar en la bancada opositora. Con Podemos superando en voto directo al PSOE en las encuestas y Gómez enrocándose en unas primarias cerradas, el panorama puede complicarse aún más si se confirma el declive socialista y el interlocutor principal se llama Monedero o cosa parecida.
Por cierto, ya habrá tiempo de ocuparse de Tomás Gómez y su peculiar modo de entender la regeneración democrática en clave interna. Solo adelantar que la maniobra para despejarle el camino a su “favorito”, Antonio Miguel Carmona, desmiente las buenas intenciones de Pedro Sánchez, que en la primera ocasión ha incumplido su promesa de neutralidad. La deslealtad demostrada con Lissavetzky, a quien se le invitó desde Ferraz a retirarse de una carrera para la que había anunciado su concurso, contradice de la peor manera el discurso de Sánchez, sobrado de buenas palabras y, por el momento, huérfano de hechos.


