Un secretario de Estado con línea directa con Moscú

21 / 12 / 2016 Maren Hennemuth y Thomas Körbel (DPA)
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Rex Tillerson dirige la petrolera ExxonMobil, desde la que ha trenzado muy buenas relaciones con Rusia.

Rex Tillerson, secretario de Estado de Trump y director de ExxonMobil, en el 21º Congreso Mundial del Petróleo, celebrado en Moscú

El presidente electo estadounidense, Donald Trump, ha encontrado en Rex Tillerson a alguien que encarna lo que prometió en campaña, cuando dijo que había que llegar a grandes acuerdos y hacer negocios beneficiosos para EEUU. El elegido para el cargo de secretario de Estado tiene excelentes relaciones con Rusia. Al parecer no ha pesado en la elección la destreza diplomática o el conocimiento de las crisis internacionales. Trump elogió a su futuro jefe de la diplomacia por sus logros como empresario y su habilidad negociadora. “La carrera de Tillerson encarna el sueño americano”, dijo.

Por las palabras de Trump se puede deducir que la diplomacia es puro negocio. Con el presidente de una gran petrolera como responsable de la política exterior y un magnate inmobiliario en la Casa Blanca todo parece de repente una gran negociación: la guerra en Siria, las sanciones a Moscú, los combates en Ucrania, la anexión de Crimea.

El Gobierno de Trump hace arquear las cejas a más de un politólogo. El republicano ha abierto de par en par las puertas de su Administración a Wall Street, a los militares y ahora también al petróleo. Y por si no fuesen suficientes los conflictos de intereses que tiene que afrontar Trump por sus vínculos empresariales, ahora Tillerson, de 64 años, aporta un buen puñado más al Gobierno.

A pesar de todas sus declaraciones más o menos polémicas durante la campaña electoral, Trump es una hoja en blanco en política exterior, pero sus prioridades se van perfilando. Mientras tiende una mano a Moscú, con la otra amenaza a Pekín. Ya con su marcado giro favorable a Moscú durante la campaña Trump rompió con una de las doctrinas más intrínsecas de su partido, ahora acaba con ella. Y eso no deja intuir nada bueno para Europa.

La cercanía de Tillerson con el Kremlin está ampliamente documentada en imágenes. Un apretón de manos, una sonrisa amiga... el líder del Kremlin, Vladimir Putin, y el futuro jefe de la diplomacia estadounidense tienen una buena base sobre la que ampliar sus contactos. En 2013 Putin otorgó al magnate petrolero en San Petersburgo la máxima distinción que se puede conceder a un extranjero, la Orden de la Amistad. Tillerson es considerado en Moscú un amigo de Rusia y su nombramiento ha sido todo un acontecimiento, según afirma el diputado de la Duma Alexei Pushkov: “Es un verdadero pragmático y tiene mucha experiencia con Rusia”, ha escrito en Twitter.

Una piedra en el zapato

El empresario de 64 años dirigió en los años 90 proyectos de la petrolera ExxonMobil en la isla rusa de Sajalin, en el Pacífico. En 2011, bajo su dirección, su compañía cerró un acuerdo con la empresa estatal rusa Rosneft para la explotación de yacimientos petroleros en el Ártico y en Siberia. Además mantiene buenas relaciones con el presidente de Rosneft, Igor Sechin, hombre de confianza de Putin. La Orden de la Amistad le fue concedida a Tillerson por atraer inversiones a Rusia. Meses después, sin embargo, se enfrió el contacto, cuando las relaciones entre Rusia y Estados Unidos se enturbiaron tras la anexión de Crimea. Las sanciones que la comunidad internacional impuso a Rusia son para Tillerson una piedra en el zapato. Por eso muchos analistas celebran en Moscú su nombramiento y señalan que el empresario está en contra de esas sanciones porque dañan a su compañía (de la que posee un buen número de acciones). La paralización de los proyectos de Exxon en Rusia habrían hecho perder a la petrolera 1.600 millones de dólares (1.510 millones de euros).

La reacción oficial del Kremlin se ha limitado a señalar que el contacto con Putin fue siempre constructivo. “Todo depende de la profesionalidad y la postura constructiva que se mantenga”, ha declarado el portavoz Dmitri Peskov.

La decisión de Trump se puede ver como un símbolo de que quiere realmente mejorar las relaciones con Moscú. Putin fue uno de los primeros jefes de Estado en felicitarle. Días después conversaron por teléfono y se aseguraron mutuamente que querían mejorar las relaciones bilaterales.

Los nuevos pasos en relación a Rusia y China ofrecen un escenario en el que no parece improbable que Trump deje de considerar en un lugar destacado las relaciones con sus aliados europeos. En el mundo de Trump, la UE no es más que un apunte en la lista de las llamadas que ha recibido y que su equipo ha enviado a los medios. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, estaba en ella. Pero no está claro si el propio Trump habló con él o si lo dejó en manos de su vicepresidente, Mike Pence. Tampoco ha trascendido el contenido de la conversación.

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