Un pacto para la esperanza
Peña Nieto ha tomado posesión como presidente de México y se ha marcado como objetivo el crecimiento económico.
Enrique Peña Nieto ya está instalado en la residencia de Los Pinos, entregado febrilmente al trabajo de transformar el país y situarlo donde se merece en el panorama económico y político mundial. La frase que encabeza este artículo la han pronunciado con las mismas o parecidas palabras todos los presidentes mexicanos, desde Lázaro Cárdenas hasta hoy, las vísperas o los días siguientes a la toma de posesión. Sin embargo, México sigue siendo una esperanza frustrada en comparación con sus enormes posibilidades.
Con Peña Nieto vuelve el Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder, una costumbre que duró más de 70 años, y ahora la ha recobrado después de dos mandatos del Partido de Acción Nacional (PAN). El PRI, según opinión del Nobel Vargas Llosa, estableció la dictadura perfecta, mantuvo los ritos democráticos electorales, dominando, sin concesiones, todos los resortes del poder. De esa dictadura perfecta se derivó un engranaje de corrupciones y de clientelismo. ¿Qué PRI ha tomado el poder? ¿El renovado y autocrítico que promete Peña Nieto o volverán los dinosaurios del viejo partido que solo saben moverse por aguas oscuras y turbulentas?
Peña Nieto ha dicho una frase lapidaria que retrata la situación: “Somos un país donde unos pocos lo tienen todo”. Es un buen diagnóstico y, después del diagnóstico, se propone invertir la situación y lograr que sean muchos los que puedan llevar una vida pasable y la minoría pierda sus petrificados y crecientes privilegios. Un reto realmente difícil. Imposible casi.
El fracaso en este campo del presidente saliente, Felipe Calderón, es dramático. Cuando tomó posesión hizo un discurso cargado de lirismo visionario y pronosticó la herencia que dejaría cuando abandonara el poder el 1 de diciembre de 2012. Es decir, ahora. Hace seis años, las estadísticas daban 50 millones de pobres y 22 millones en un estado de pobreza extrema, y profetizó que el día de su marcha los pobres se reducirían a 35 millones y los de pobreza extrema a 10 millones. Los datos le han llevado la contraria, ya que los indicadores dan 57 millones y medio de pobres.
Desafíos actuales.
La violencia fruto del crimen organizado que hereda Peña Nieto arroja unas cifras tan pavorosas que llevan a bastantes comentaristas a hablar de guerra civil. Los cárteles de la droga han ampliado su negocio, se matan entre ellos de una manera feroz por el dominio de los territorios, pero también se dedican a los atracos con violencia, al robo sistemático y al secuestro en varios estados. El saldo que ha dejado este tipo de delincuencia se eleva en el sexenio de Calderón a 60.000 muertos. Muchos cadáveres presentaban signos de violencia sádica y de una crueldad extrema. Los clanes más violentos son los Zetas, los del Golfo, el de Sinaloa, el de la Familia michoacana y algunos otros. El analista Fernando Ruano Freixas ha escrito: “Pero, Dios mío, qué es México hoy. Un país morgue, un país fosa común, un país funeraria, un país cementerio, un país rico de sangre, dolores y lamentos, un país infierno, un país de deshechos.” Un cuadro tremendo y realista, el que nos ofrece Ruano Freixas.
La mala situación económica, con unas desigualdades provocadoras, y la barbarie de la violencia, con una secuela interminable de muertos, han sido los factores que han inclinado la balanza a favor del priísta Peña Nieto. Los electores han considerado que el PRI tiene una maquinaria muy potente que si se pone al servicio de la lucha contra los violentos y por el desarrollo económico podrá ganar los dos desafíos. De momento, el flamante presidente ha logrado algo que se considera histórico, por lo insólito e inédito. Ha firmado con las dos principales fuerzas políticas del país un Pacto por México para sacar el país adelante. Los protagonistas de este pacto, además del PRI, son el derechista PAN, con dos mandatos presidenciales, representado por Gustavo Madero, y el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), representado por Jesús Zambrano. Rodearon la firma con una solemne liturgia en el palacio de Chapultepec, a la que asistieron la mayoría de los gobernadores y otros altos dignatarios.
El Pacto, que algunos consideran como un documento análogo a nuestros Pactos de la Moncloa, que se firmaron a comienzos de la Transición, tiene como objetivos básicos el crecimiento económico, el del empleo, la competitividad y la inclusión social. Para lograrlo se plantea una gran reforma del área educativa, la inversión privada en Pemex, aunque manteniendo el control estatal, la apertura a la competencia de las telecomunicaciones, así como una ley que ponga coto al endeudamiento de los estados federados, ya que está creciendo de forma alarmante y desestabilizadora para la economía nacional. En la vertiente social se proponen implantar un sistema de seguridad universal cuyo primer paso será garantizar una pensión a los mayores de 65 años. Quieren que el Pacto acabe con las desigualdades, las injusticias, las irritantes concentraciones de riqueza y el atraso educativo. Los firmantes insisten en que el Pacto se mueve sobre tres ejes: el fortalecimiento del Estado, la modernización económica y política y la ampliación de los derechos sociales. En el marco de este triple eje se quiere llegar a cinco acuerdos fundamentales relativos a la gobernabilidad democrática, a la transparencia y rendición de cuentas, a los derechos y las libertades y al crecimiento económico, del que se derivarán el empleo y la competitividad.
Romper monopolios.
En la solemne firma no estuvieron los tres grandes magnates de las telecomunicaciones y la televisión: Carlos Slim, el hombre más rico del mundo; Emilio Azcárraga, de Televisa; y Ricardo Salinas, de la televisión Azteca. Los desafíos que se plantean son enormes, se trata nada más y nada menos que de una refundación económica, política y social del país. Hay muchos escépticos ante la nueva etapa, aunque según una encuesta que acaba de publicarse suman más los que mantienen la esperanza en lo que Peña Nieto califica de tiempos de acuerdo y encuentro. La desconfianza es lógica, ya que el buen fin no depende solo del poder ejecutivo, depende mucho más del legislativo, que tiene que aprobar las leyes para echar a andar el país sobre nuevas estructuras legales. ¿Las aprobará? ¿Cómo las aprobará? No cabe duda de que las leyes necesarias para conseguir el gran cambio pisarán callos muy sensibles de los imponentes poderes fácticos. En el Congreso están representados muchos de esos poderes fácticos. ¿Se atreverán a romper los monopolios, o cuasi monopolios, de hombres como Carlos Slim o Emilio Azcárraga?
En el enunciado del acuerdo para modificar la seguridad y la Justicia está la clave de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. El presidente Calderón implicó al ejército, desde el inicio de su mandato, en la lucha contra el narcotráfico, el fracaso está a la vista. El ejército no es el instrumento adecuado para luchar en la guerra contra los narcotraficantes, por eso ahora se proponen poner en marcha un cuerpo armado policial parecido al de nuestra Guardia Civil. La ineficacia de la administración de justicia es obvia si se tiene en cuenta que quedan impunes más del 90% de este tipo de crímenes.
No es fácil ganar el pulso que Peña Nieto, apoyado por los dos grandes partidos de la oposición, le ha echado a la política y a la economía tradicionalmente dominantes en México. Necesitará una determinación sin fisuras y vencer incontables obstáculos. Saltan muchas preguntas: ¿hasta qué límites está dispuesto a resistir? ¿Hasta dónde le acompañará el PRI? ¿Cómo se hará visible el apoyo del PAN y el PRD en la exigente lucha cotidiana? ¿Cuál será el perfil de las leyes que están dispuestos a apoyar los congresistas? Una transformación de este calado exige tiempo. Mucho tiempo. Y Peña Nieto necesita resultados rápidos, en el frente económico y en el de la lucha contra el narcotráfico. Se abre una etapa interesante, esperemos que no sea decepcionante.



