Un feroz final de campaña

18 / 10 / 2016 Alfonso S. Palomares
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Estados Unidos vive de sobresalto en sobresalto ante la inminencia de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. El último debate entre los candidatos Clinton y Trump ha roto todas las barreras de la corrección política

Hillary Clinton y Donald Trump entraron en el auditorio de la Universidad Washington de San Luis de Missouri con las miradas cargadas de odio y los sentimientos empapados de desprecio. Iban a protagonizar el segundo debate de los tres programados, el primero lo había ganado con amplitud la señora Clinton. A este cara a cara llegaban con el aire envenenado por unas declaraciones privadas a un locutor de televisión en las que Trump insultaba de la manera más soez a las mujeres. El bocazas multimillonario había dicho que si eras una estrella, las mujeres te dejaban hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el “coño”... añadiendo un largo etcétera de despropósitos entre los que sobresalía la palabra “follarlas”.

Estas declaraciones se habían conocido dos días antes, reveladas por el periódico Washington Post, provocando un verdadero terremoto en las filas republicanas, especialmente entre los personajes más sensatos. El presidente de la Cámara de Representantes y líder del Partido Republicano en Washington, Paul Ryan, dijo que esas palabras le revolvían el estómago y declaró que anulaba algunos actos de campaña donde aparecería junto al candidato. El respetado senador John McCain, héroe de guerra y excandidato a la Casa Blanca por el Partido Republicano, anunció que nunca votaría a Trump y lo mismo dijeron la exsecretaria de Estado con George W. Bush, Condoleezza Rice, y otros nombres notorios del partido.

Verdaderamente, Trump es un tipo tóxico y no me extraña que le revuelva las tripas a cualquiera. El senador Mark Kirk le ha llamado “payaso maligno” y pedido sustituirlo como candidato por el gobernador de Indiana, Mike Pence, aspirante a la vicepresidencia, a quien tampoco le gustaron las palabras de Trump.

Acusaciones infundadas

En este clima iba a celebrarse el debate y Trump decidió darle todavía más dramatismo al espectáculo atacando desde el fango del sexo. Dos horas antes de la señalada para enfrentarse a Clinton, convocó, en un hotel de San Luis cerca de la Universidad Washington, una rueda de prensa a la que acudió con cuatro mujeres que acusaron a Bill Clinton de acosos sexuales y de violación allá por los años 70 y 80 del pasado siglo. Narraron sus desventuras con el expresidente, lo que aprovechó el candidato republicano para decir que él solo había hablado y por ello pedía perdón, pero que era peor lo del esposo de su oponente, que había actuado contra las mujeres. Conviene decir que aquellas lejanas acusaciones fueron desestimadas por diversos motivos. No contento con esto, Trump las llevó al auditorio donde se celebraba el debate como sus invitadas, sentándolas en primera fila, cerca de donde se sentaba Bill Clinton, que acompañaba a su esposa.

La atmósfera se hizo irrespirable cuando Trump amenazó a Hillary Clinton con llevarla a la cárcel si él ganaba el próximo 8 de noviembre por el delito de utilizar su correo electrónico personal para enviar mensajes de Estado. En el pasado hemos visto cómo el patriota Trump animaba a Putin y a Rusia a espiar los correos de los demócratas. Algo inconcebible.

El espectáculo que está dando el candidato republicano haría ruborizar a un elefante, en cambio, según se puede ver por los sondeos, tiene muchos seguidores en Estados Unidos. Un verdadero dislate. Es cierto que las encuestas dan la victoria a Clinton, pero sin descartar la sorpresa. Asusta pensar que un tipo de la catadura moral y humana del multimillonario neoyorquino pueda ocupar un día la Casa Blanca y ser el comandante en jefe del Ejército más poderoso de la tierra. En realidad, ya dio la sorpresa al ser nominado como candidato republicano dejando en el camino a otros 16 contrincantes, entre ellos algunos pesos pesados del Grand Old Party, el viejo y gran partido. Parecía imposible que el hombre que había afirmado que Barack Obama había nacido en África y no en EEUU y por lo tanto su elección podía ser nula siguiera políticamente vivo y cada vez más fuerte en la carrera de las primarias. A los mexicanos les llamó de todo, menos bonitos: los calificó de violadores, ladrones y criminales, y afirmó que cuando fuera presidente levantaría un muro a lo largo de la frontera de los dos países que tendrían que pagar los mexicanos. Descalificó a un juez de Indiana por ser de origen mexicano. No dudó en repetir que prohibiría la entrada a Estados Unidos a todos los musulmanes y defendió la tortura y el asesinato de civiles como métodos válidos en la lucha antiterrorista. Acepta el apoyo de grupos neonazis y antisemitas. Una joya de hombre.

La pregunta es: ¿puede llegar a la presidencia de EEUU un tipo como este? Uno tiembla al pensar que sí, esperemos que no. Es cierto que la señora Clinton no resulta un personaje atractivo y representa a la vieja clase política, pero tiene una necesaria dosis de sensatez y conoce los temas tanto nacionales como internacionales. En política internacional, Trump es un analfabeto primario, y en la política nacional apuesta por un capitalismo salvaje donde los ricos paguen menos impuestos para que sean cada vez más ricos. La barbarie se llama Donald Trump. 

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