Suazilandia es del rey (y su piloto, de España)
En el último reino absolutista que queda en África, las cosas están cambiando.
Este pequeño reino africano de poco más de un millón de habitantes, y bordeado casi en su totalidad por Sudáfrica, es uno de los países más desconocidos del continente. La monarquía absoluta es la forma de Estado; el cristianismo, la religión mayoritaria; y la tasa de sida, la más alta del mundo, un lastre para su sociedad.
El polémico estilo de vida del rey, caracterizado por el despilfarro de su abultada fortuna que la revista Forbes calcula en más de 100 millones de dólares (89,5 millones de euros), y tradiciones como la elección anual de una nueva esposa, resumen la imagen de Suazilandia en el exterior. Esta situación, sumada a la implantación de Internet y la deficiente gestión de los fondos públicos, ha provocado que cada vez más suazilandeses muestren su hartazgo por las desigualdades socioeconómicas entre el círculo de la casa real y el resto de la población.
José María González, madrileño, casado y con dos hijos, conoce bien esa situación. Tras verse afectado por un ERE en la aerolínea española para la que trabajaba, desde marzo de 2014 vive en Suazilandia, donde es piloto del rey Mswatti III.
Once españoles
Según el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, en Suazilandia viven once españoles y González es uno de ellos. Llegó allí casi de casualidad: “Me enteré de que buscaban pilotos en algunos países y uno era Suazilandia. No conocía nada y supuse que la competencia sería menor. Me presenté, me cogieron y me vine”. Trabaja directamente con los miembros de la casa real. Junto a otros dos pilotos, también españoles, es el encargado de llevar al monarca a los países que marca la agenda oficial. Lo hace en un avión MD87 adaptado a 35 plazas (originariamente tenía 125) y con algunas dotaciones extras en confort. La flota aérea está compuesta de más aviones con los que él y sus dos compañeros prestan servicio al resto de la familia real para actividades entre las que se incluyen “llevar a las princesas de compras a otros países vecinos”, una excentricidad a ojos del 70% de suazilandeses que, según la ONU, vive por debajo del umbral de pobreza.
Desde esa posición de cercanía, José María González se desmarca de la corriente crítica hacia la casa real suazilandesa “porque no es mi trabajo”, si bien muestra su sorpresa hablando del coste de algunas tradiciones reales como las esposas. Mswatti III tiene quince. El desembolso económico de la dote es considerable: “Más de un centenar de animales entre vacas, cabras y cerdos, un palacio para cada princesa (reina solo hay una: la madre del rey) y el mantenimiento de todo esto”, acorde al estatus y estilo de vida de la familia Mswatti. Este y otros dispendios alimentan el deseo de parte de la población de reclamar la llegada de la democracia y un presidente.
Convocatoria de elecciones
El intento más cercano se producirá en 2018, si se mantiene para esa fecha la convocatoria de elecciones. Con todo, Mswatti III tendría que levantar la prohibición que existe sobre los partidos políticos de concurrir a las elecciones aunque, de momento, no hay nada que avale esa posibilidad.
Danny ve con otro tipo de distancia lo que pasa en su país. Nació en Suazilandia pero vive en Maputo. Está a punto de cumplir la treintena y trabaja como transportista. Viaja con asiduidad a Suazilandia y lamenta que persistan los contrastes y la desigual distribución de la riqueza entre los monarcas y el pueblo. Este desequilibrio es visible nada más cruzar la frontera con Mozambique. Apenas a media hora de coche hay una fábrica de productos cosméticos naturales que se comercializan bajo la marca Swazi Secrets. Sus trabajadores explican que exportan diez toneladas al año y es una empresa pública que pertenece a la madre del rey. “Los trabajadores son contratados, los agricultores venden la materia prima natural a la empresa y la mayor parte de los beneficios de la exportación y de la distribución nacional son para la casa real. Todos ganan, pero de manera muy desigual”, apunta Danny.
Lo mismo ocurre con la tierra. La mayor parte de la población vive de actividades agrícolas y más de la mitad de las tierras son propiedad del rey. “Los pequeños agricultores tienen que pagar por su parcela una renta, de manera que el rey siempre gana”. Danny lo considera injusto y se queja del enriquecimiento de Mswatti III a costa del pueblo: “Su colección de coches deportivos, los palacios por todo el país y la vida de lujo contrastan con el dólar al día con el que vive más de la mitad de los suazilandeses”.
Este escenario aviva el creciente malestar de la sociedad y da alas a que ciudadanos y políticos reclamen juntos un régimen democrático tras el intento fallido de 2013. De momento, Suazilandia es del rey.



