Orgullo Gay

29 / 06 / 2016 Luis Algorri
  • Valoración
  • Actualmente 1 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 1 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

La matanza de Orlando ha teñido de amargura una fiesta que se celebra en todo el mundo occidental y que solo se prohíbe en los países islámicos y excomunistas.

El tipo entró en el club Pulse como tantas otras veces en los últimos meses. Nadie le dijo nada, Omar era un cliente conocido. Nadie pareció fijarse en que iba cargado, llevaba bultos extraños. Pero aquel guaperas que no llegaba a los 30 años, que tenía éxito con los tíos y que no era de ninguna manera desconocido en las aplicaciones de móvil inventadas para echar un polvo rápido y sin compromiso, no causó la menor inquietud entre los porteros del club Pulse, uno de los clásicos del mundillo gay nocturno de Orlando, Florida. Por qué les iba a sorprender. Omar Mateen iba mucho por allí. Sí, era medio árabe y algunos sabían que estaba casado. Y qué. Como tantos. En el Pulse se hacían fiestas todos los fines de semana, y aquel día 12 de junio era domingo. Shows, bailes, concursos en los que participaban los clientes (mejor si eran nuevos o tímidos), todas esas cosas que se hacen en todos los clubes de ambiente del mundo. Al menos del mundo civilizado. Pero todo muy normal. Muy sonriente. Políticamente correcto para el lugar y el país. Era un lugar con muy buena música y con clientes mayoritariamente latinos (qué hay en Florida que no sea mayoritariamente latino salvo el gobernador del Estado, el republicano Rick Scott, que es de Illinois) en el que cada noche se lo pasaba uno estupendamente. Ligase o no ligase. Omar Mateen llegó cuando la pista en la que él mismo tantas veces había movido el culo estaba llena de bailones. Abrió la bolsa, sacó un fusil AR-15 (la versión civil del terrorífico M-16, la máquina de matar del Ejército estadounidense) y empezó a disparar. Cuando en la pista no quedó nadie en pie, se fue a los lavabos: imaginaba que aquellos maricones, aquellos impíos, aquellos réprobos a los que el Corán condenaba, se habrían escondido allí. Llevaba razón. Los mató a todos. Cambió el cargador del fusil al menos en cuatro ocasiones. Dejó en el Pulse 50 cadáveres y otros tantos heridos, algunos gravísimos.

Habló con la Policía varias veces. Se inventó que era un soldado del Estado Islámico, habló en árabe (era hijo de afganos), invocó inflamadamente a su dios, dijo que pronto habría más castigos divinos: aquel era su gran momento. Se expresaba con la voz ígnea de los héroes de las películas.

No se le ocurrió pensar que todo el mundo sabría, y no tardando, que era un pobre gilipollas, un desequilibrado, un tipo recomido por la ansiedad y la doble vida: casado dos veces, maltratador, incapaz de que le dejasen entrar en la Policía americana. Un imbécil aplastado por el peso de su contradicción insoluble, la de machote intratable de día y marica torturado (y ansioso) de noche. Al final, muy al final, ante el callejón sin salida de tanta falsedad acumulada, acabó echándose en brazos del fanatismo islámico (bueno, eso está de moda) porque si no qué iba a hacer, cuál era el sentido de su vida.

La Policía entró en el Pulse y lo desmigó a tiros. Era mentira que hubiese toneladas de explosivos, como él les había dicho. Era mentira que tuviese rehenes. Era mentira que se fuese a desencadenar una cadena de masacres en todo el país, coordinadas con la suya. Todo era mentira. Él también.

Lo único que logró ese pobre estúpido fantasioso, ni más ni menos peligroso que otros miles de estúpidos fantasiosos como él, que pueden comprar en cualquier sitio, con absoluta normalidad, un fusil de guerra por el precio de un teléfono móvil; lo único que logró el atormentado Omar Siddiqui Mateen, fue añadir un lazo negro a una celebración que hace ya años que se ha convertido en una fiesta en medio mundo... pero no en el otro medio. La celebración del Día del orgullo gay.

En Filadelfia, muy pocas horas después de la matanza, hay algo que falta a las carrozas, a las banderas y colgaduras, a los disfraces, a los taconazos de las drag queens, a las decenas de musculocas que llenan las calles. Falta la sonrisa. Una pareja de chicas, tomadas de la mano, murmuran: “Este va a ser el Orgullo más triste de todos los tiempos, pero hay que hacerlo porque, si no lo hacemos, el mal habrá vencido”. Y la música suena extraña, triste, vacía. Y la gente, en las aceras, agita las banderitas del arco iris con enorme tristeza, pero todos saben que su presencia allí es, en ese día, más necesaria que nunca; porque si no están esa tarde en la calle, si no muestran su orgullo precisamente en ese día, con cincuenta muertos en el depósito, se habrán dado terribles pasos hacia atrás en la causa de la dignidad humana, de la libertad y de la igualdad. Todos lo saben.

Trump amenaza con llegar a la Casa Blanca llevado en andas, como un San Roque con peluquín, por una turba de telepredicadores que no ocultan cuánto les alegra –lo están viendo todos en YouTube– que un iluminado haya reproducido por fin el incendio de Sodoma, que haya castigado a los réprobos, a los pecadores, a los enemigos de Dios.

Está claro. O se está en la calle en ese preciso instante o puede que muy pronto ya no haya calle en la que estar. Todos lo saben. Los participantes en el Orgullo gay de Filadelfia no son muchos: apenas cinco o seis mil personas. Pero su desfile sucede al día siguiente de la matanza. Por eso son importantísimos. Y muchos se acuerdan de Stonewall.

El 28 de junio de 1969 ocurrió algo insólito en el Greenwich Village de Nueva York. Allí había varios bares (propiedad de la mafia) en los que se reunían los homosexuales y singularmente los travestis y transexuales. Era casi una tradición que la Policía irrumpiese en aquellos garitos oscuros, muchos sin agua corriente para lavar los vasos o ir al baño, por sorpresa, a golpes y empujones; ponían a la gente en fila, les metían la linterna en la cara para humillarles, les pedían la documentación y se llevaban detenidos a cuantos les daba la gana. Nadie decía nada. Nadie protestaba, ni se quejaba, ni denunciaba ningún abuso: era preferible aguantar las vejaciones para evitar que la prensa, conchabada con los guardias, publicase el nombre de los que habían sido sorprendidos en el peor lugar en que se podía encontrar una persona decente. Los agentes lo tenían muy fácil. Aquellos maricas melindrosos, muchos de ellos vestidos de espantapájaros, daban grititos, chillaban y hacían cómicos aspavientos, pero jamás se resistían.

Pero aquel 28 de junio de 1969 fue distinto. Mientras se hacía la redada en el interior de uno de aquellos tugurios, el Stonewall, una multitud fue reuniéndose en la calle, ante la puerta del bar. Una multitud cada vez mayor. La radio de los guardias no funcionó. Los refuerzos no llegaron. Las sirenas y los gritos y los golpes no bastaron. Aquellos matones vestidos de policías vieron cómo los homosexuales les hacían frente por primera vez en la historia.

Los disturbios de Stonewall fueron, en realidad, como la toma de La Bastilla: el principio de una revolución a escala mundial que no había de pararse, porque el ejemplo de los gais (apenas empezaba a usarse esa palabra entonces) neoyorquinos corrió como un huracán. Eran los años 60. En algo se tenía que notar. Un caso único en el mundo es el de España. Durante el franquismo, la homosexualidad era (además de pecado, lo cual era muy importante en un país sociológicamente dominado por la Iglesia católica) un delito que podía pagarse con décadas de cárcel. Tuvo que morirse Franco para que en Barcelona, y en 1977, se reuniesen unos cientos de personas detrás de una pancarta para reclamar su derecho a mostrar su sexualidad libremente. La Policía los molió a palos.

Pero al año siguiente volvieron. En 1978 no hubo más remedio que autorizar la manifestación en Madrid, y eso que aún no se había aprobado la Constitución. Seguían siendo cuatro gatos con pancarta. Pero no cejaron, y el vertiginoso cambio de la sociedad convirtió al país más homófobo de Europa occidental en todo lo contrario. En 1996 ya eran varios miles de personas, desde luego no todos homosexuales, los que salieron a la calle a reivindicar los derechos de los gais y lesbianas, que todavía no se llamaban LGTB. Aquel año salió la primera carroza, con la cantante Alaska. Y luego, tras la manifestación, se fueron todos (como otras veces) a celebrarlo a Chueca, el barrio gay por excelencia de la ciudad, que hasta los años 80 era un nido de mugre y delincuencia y jeringuillas; pero que, desde que los gais empezaron a instalar allí sus restaurantes y sus bares y sus tiendas y negocios, se convirtió en el barrio más caro de Madrid y el más seguro.

Hoy, el Orgullo gay de Madrid es el mayor de Europa. Es una fiesta descomunal que reúne a más de un millón de personas de todo el mundo (el doble según la organización) y que ya ha desbordado de lejos la reivindicación para convertirse en una gigantesca concentración humana que celebra la alegría, la libertad y el gozo de vivir, tenga cada cual la orientación sexual que tenga. Es la fiesta grande de la ciudad. Deja en la capital (datos de 2015) alrededor de 150 millones de euros. De poco sirven los melindres de los políticos conservadores y/o católicos que, desde la alcaldía, hasta hace muy poco trataron de obstaculizar la celebración con medidas tan surrealistas como obligar a que los miles de asistentes a un concierto llevasen auriculares para no estorbar el sueño de los vecinos; o las fuertes multas que se imponían a la organización porque la inmensa multitud superaba, en su alegría, los decibelios pensados quizá para un monasterio cisterciense. Daba igual todo eso.  

Cuando el presidente del Gobierno socialista José Luis Rodríguez Zapatero hizo coincidir con toda intención la aprobación de la ley que permitía el matrimonio civil entre personas del mismo sexo con la marcha del Orgullo gay de Madrid (domingo, 3 de julio de 2005), se vieron escenas inauditas. La cabecera de la manifestación estaba cuajada de ministros. Miles de personas (la cifra total superó de largo el millón de asistentes, según las fuentes más serias), caminaban enarbolando nada menos que el Boletín Oficial del Estado de aquel día como si fuese una antorcha o una bandera de libertad, porque contenía la modificación del Código Civil. Y cientos de gais italianos desfilaban (muy desahogados de ropa) por la señorial calle de Serrano, detrás de una inmensa bandera de Italia anudada con la bandera de España, gritando una y otra vez: “Queremos Zapatero / en italiano, / y que saquen de Italia / al Vaticano”.

Uno de los héroes de aquella jornada memorable fue el político socialista Pedro Zerolo, un combatiente incansable por la dignidad de las personas y los derechos de los homosexuales. Falleció de cáncer el 9 de junio de 2015. Hace muy pocas semanas, el Ayuntamiento de Madrid dio su nombre, en una multitudinaria y festiva ceremonia, a una de las más señeras y concurridas plazas del barrio gay de Madrid, el de Chueca. El nombre de Zerolo sustituyó al de Juan Vázquez de Mella, uno de los ideólogos del pensamiento ultrarreaccionario español de finales del siglo XIX, origen inmediato de la praxis política de Francisco Franco.

El de Madrid es el mayor Orgullo gay de Europa, sobre todo cuando a España le toca organizar el Gay Europride: Orgullo gay europeo, como ocurrió en 2007, o como ocurrirá el año próximo, 2017, cuando llegue a Madrid el World Pride, la celebración mundial. Otras fiestas memorables, que se celebran siempre en los mismos días (finales de junio) son los Orgullos de Londres, París, Ámsterdam o Berlín, cada uno de los cuales reúne a cientos de miles de personas y tiene sus características propias, desde la vestimenta al cariz reivindicativo. 

España importó hace dos décadas las ya célebres carrozas de los Orgullos europeos, y estas han ido desplazando poco a poco el aspecto político-reivindicativo. Ya poca gente se entera de qué dice cada año la pancarta, porque es un hecho que España está en la vanguardia mundial en lo que se refiere a la consecución de derechos para las minorías sexuales.

Pero la marcha de Madrid aún no llega, en afluencia, a la mayor del mundo, el San Francisco Pride, que reúne cada año en la ciudad californiana a más de dos millones de personas entre las cuales hay políticos, numerosas confesiones religiosas, asociaciones de amas de casa, veteranos del Ejército, boy scouts, los motoristas (el clásico atuendo leather de cuero y tachuelas tan querido por muchos gais) y así decenas de organizaciones más, que desfilan por el barrio de Castro y que al final se reúnen en torno al Civic Center en un festival con sus casetas y sus fiestas; casi como la Feria de Sevilla.

En México, uno de los países con más fama de machista del mundo, los asistentes al Orgullo pasan con mucho del medio millón. En São Paulo es difícil saber cuánta gente acude, pero los organizadores aseguran que superan los dos millones durante varios días. Otras celebraciones fastuosas son las de Toronto (Canadá), Sydney (Australia, que se celebra en febrero) o, desde luego, Berlín. Hace ya muchos años que en todas estas fiestas la reivindicación de los derechos civiles de las personas gais, lesbianas, bisexuales o transgénero (eso quieren decir las siglas LGTB) han dejado paso a una celebración lúdica de la libertad. Que es lo que los gais querían desde hace cincuenta años, cuando en España se les encarcelaba, vejaba y violaba por el mero hecho de ser distintos de la mayoría.

Pero no en todo el mundo es igual. En Ucrania, la celebración del Orgullo gay ha tenido lugar este año (12 de junio) por tercera vez; en ella participaron unos 700 manifestantes... y alrededor de 3.000 policías que, esta vez, sí lograron impedir las casi tradicionales agresiones que sufrían los participantes a manos del público (y desde luego de los propios policías). En Rusia, Vladimir Putin ha promulgado leyes contra la homosexualidad que no existían siquiera en la URSS, y ahora de acuerdo con la Iglesia ortodoxa rusa; salir allí a la calle a celebrar el Orgullo gay es jugarse literalmente la vida. Putin ha impulsado leyes contra lo que él llama “propaganda homosexual” y Rusia es hoy uno de los países más hostiles a la posibilidad de que la gente se meta en la cama con quien le dé la gana. Una clara herencia de la época soviética alentada por los tremendos clérigos ortodoxos.

Lo mismo sucede en otros países del Este que fueron antiguos satélites de la URSS. Pero todo eso no es nada comparado con la situación de los gais en Irán, donde se les ahorca colgándolos de grúas, o en Arabia Saudí, donde se les condena a muerte, como en tres países más: Mauritania, Níger y Sudán. Mientras el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha reconocido por fin la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país (menos de medio siglo después de los incidentes de Stonewall), en 78 países del mundo, la gran mayoría musulmanes, el hecho de ser homosexual es penado con la cárcel o con la muerte. Son millones de personas condenadas a la infelicidad y al miedo por el poder del fanatismo.

Quizá todo esto no lo sabía aquel pobre infeliz, Omar Mateen, aplastado por el peso de su propio armario, cuando decidió ponerse a disparar contra quienes eran felices. Y no como él. Como dice el profesor Ramón Nogueras sobre la matanza de Orlando: “Esto pasa, y pasa en todo el mundo, y sigue pasando. Y es la razón por la que los heterosexuales no necesitamos un día del Orgullo heterosexual. Porque no tenemos que temer que nadie nos agreda por nuestra condición, no existen religiones que digan que somos escoria, y no hemos tenido que conquistar nuestros derechos frente a la oposición de nadie”. 

Grupo Zeta Nexica