Mensaje a los obispos mexicanos

22 / 02 / 2016 Alfondo S. Palomares
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El discurso del papa Francisco en la catedral de Ciudad de México durante su visita oficial al país azteca irrita a un episcopado que prefiere convivir en los salones del poder antes que con los pobres y necesitados.

Francisco, en un encuentro con delegados de comunidades indígenas de Chiapas, en San Cristóbal de las Casas.

Francisco no deja de sorprendernos y el gran prólogo sorpresa del viaje a México tuvo como escenario la escala en el aeropuerto de La Habana. Allí se encontró con el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa, un acontecimiento histórico, ya que nunca se habían encontrado un Patriarca y un Papa desde la ruptura, hace más de un milenio. Fue un encuentro planificado minuciosamente, en el que Raúl Castro jugó un papel importante, por eso muchos disidentes cubanos se rasgaron las vestiduras. No entienden que el dirigente comunista haya oficiado de mediador como tampoco entendieron que el Papa fuera mediador con el presidente Barack Obama para el acercamiento y establecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. No se trata de la posible unión entre las dos Iglesias, eso está muy lejos, jamás admitirán el papado como primado universal, se trata de encontrar una convivencia fraternal, eso quiso decir Francisco con sus primeras palabras después de los tres besos del saludo ritual: “Somos hermanos, tenemos que llevarnos bien”.

Esta visita a México ha sido bastante diferente de las hechas por los Papas anteriores, tanto en los discursos como en algunos de los lugares de la visita. Muchos de esos lugares, los más significativos, están en periferias de todo, situados en lugares de violencia y marginación, donde la Iglesia quiere ser un hospital de campaña. El discurso, los discursos, no fueron nada complacientes, ni con los políticos ni con los obispos. Con los obispos se reunió en la catedral, en esta ocasión no fue para lanzarles un fervorín, recitar los consabidos anatemas contra el aborto, el divorcio y los homosexuales. No es que su pensamiento sobre esos asuntos se salga fuera de la doctrina tradicional de la Iglesia, pero no va a repetirlo permanentemente ya que para él hay otros temas que angustian de una manera directa a gran parte de la sociedad.

Los millonarios de Cristo. Es claro que el discurso del Papa no gustó a los obispos, bastaba ver la cara del cardenal primado y arzobispo de México, Norberto Rivera, jefe de la Iglesia mexicana, para darse cuenta de su desilusión o su enfado. Es el arquetipo de un episcopado que no huele a oveja porque frecuentan la compañía de hombres poderosos y ricos, les gusta más convivir en los salones del poder y la riqueza que con los pobres y necesitados, a pesar de que estos son legión en el país. La Iglesia mexicana ha permanecido muda en los abundantes casos de pederastia y por supuesto mirando para otro lado en los asuntos de narcotráfico. Hay excepciones, como la del obispo Raúl Vera de Saltillo, a quien el Papa eligió para que le acompañara durante todo el viaje. El cardenal Rivera fue junto a otros obispos el gran protector de los Legionarios de Cristo, la orden fundada por el siniestro delincuente Marcial Maciel, coleccionista de toda clase de crímenes y a quien el papa Juan Pablo II ponía como ejemplo para la juventud. Pederasta notorio, había abusado incluso de sus propios hijos. Convivió con varias mujeres y era un compulsivo consumidor de drogas. En México se conoce a los Legionarios como los millonarios de Cristo. En Roma, Maciel sobornó a los hombres más notables de la curia con abundantes donaciones, un dinero de oscura procedencia, manejado por lo general en negro.

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