Los desafíos de la nueva Comisión Europea
La capacidad del presidente Jean-Claude Juncker para armonizar las dos corrientes en la manera de afrontar la crisis económica, los partidarios de la austeridad y los de estimular el crecimiento y el empleo, determinará su éxito y su liderazgo.
Los desafíos son múltiples y variados, de naturaleza grave y diversa. La Unión Europea vive tiempos sombríos, entre el pesimismo de los europeístas y el galope del euroescepticismo. Se pudo comprobar en las últimas elecciones, el pasado 25 de mayo. A pesar de todo, el nuevo presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, sostiene que traerán aires nuevos para un futuro de esperanza. El saldo de los 10 años de la era de José Manuel Durão Barroso es mediocre, por no decir malo. A pesar de su presencia en los medios y de una agenda cargada de compromisos, no ejerció un verdadero liderazgo, en el fondo se convirtió en el ventrílocuo de la señora Merkel. La política económica se hace en Berlín, no en Bruselas. La austeridad como dogma absoluto de la política económica provocó devastadores efectos sociales, especialmente en los países del Sur. En esta coyuntura, una minoría aumentó de manera escandalosa sus riquezas, mientras la mayoría se deslizaba por los toboganes de la pobreza.
En este escenario se pueden tipificar tres grandes problemas con rostros distintos, pero convergentes. El primero se centra en el estancamiento de la economía, que apunta a riesgos de deflación, y las nuevas recetas para estimular el crecimiento y el empleo; el segundo se refiere a la seguridad, ya que por primera vez desde la Guerra Fría el continente ve amenazada su seguridad por la crisis de Ucrania; y el tercero gira en torno al papel de Gran Bretaña en la Unión Europea ante el alarmante crecimiento del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés), partidario de la salida de la UE, y el euroescepticismo de buena parte del Partido Conservador. Conforme al Tratado de Lisboa, la Comisión es el verdadero motor de Europa, tanto a la hora de proponer iniciativas legislativas como a la de ejecutarlas. Barroso y su equipo fallaron en las dos vertientes, tal vez por eso, Juncker ha manifestado que su equipo liderará todas las iniciativas para devolverle un alma de ilusión a Europa y confianza a los europeos.
El presidente más democrático.
En esta situación, la pregunta es: ¿cómo afrontará el nuevo equipo los grandes retos que tiene ante sí? ¿Está en condiciones de salir airoso en el empeño de reforzar el papel de Europa? Para dar una respuesta sobre una base objetiva hay que esperar y ver. De partida, el presidente Juncker tiene una base más democrática que los anteriores ya que en su elección tuvo un papel determinante el Parlamento Europeo, a diferencia de los anteriores, que fueron nombrados por decisión unilateral del Consejo, es decir, de los presidentes de los países miembros. A pesar de que el Tratado de Lisboa así lo indicaba, hubo tentativas para cerrarle el paso, incluso tuvo una oposición beligerante en el primer ministro inglés, David Cameron, que deslizó sutilmente la exagerada afición de Juncker al alcohol. El presidente superó estas trabas porque había ganado las elecciones al frente de los populares europeos. Tiene experiencia de Gobierno en su país, Luxemburgo, donde fue primer ministro durante muchos años, y en la UE. Es socialcristiano y desde que fue elegido puso énfasis en el discurso social para amortiguar su lado conservador. En una de sus primeras intervenciones, manifestó: “Conviene debatir públicamente las consecuencias sociales de las reformas estructurales y hacer de la lucha contra la pobreza una prioridad. Yo soy un defensor convencido de la economía social de mercado. El hecho de que los financieros y los especuladores se enriquezcan cada día más durante una crisis mientras que los marginados no pueden hacer frente a sus necesidades más elementales no es compatible con una economía social de mercado”.
Como se puede ver, la gran batalla se va a librar sobre el modo de afrontar la crisis entre grupos con planteamientos opuestos. Por una parte, los partidarios de mantener las políticas restrictivas, liderados por Alemania, y por otra, los expansionistas, que tienen su voz más fuerte en el italiano Renzi, que ganó de manera espectacular las elecciones europeas en su país consiguiendo con ello un peso específico en la UE. Juncker tratará de armonizar las dos corrientes y en lograrlo radicará su éxito y su capacidad de liderazgo. En las coordenadas del expansionismo podemos situar el golpe espectacular que dio el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, el pasado día 4, al reducir casi a cero el tipo de interés, lo que propiciará una mayor liquidez para la compra de deuda privada. Parece que Draghi quiere allanarle el camino al suave giro keynesiano de la política económica europea. Para que se cumplan los fines que pretende Draghi habrá que mantener una atenta vigilancia de cómo se distribuye ese dinero, para que no vaya a los mismos de siempre, sino que sirva para apoyar a las pequeñas y medianas empresas así como a la inversión pública.
Junto a Juncker, en la trinidad del poder visible de la Unión está el polaco Donald Tusk, que ha sustituido al oscuro Herman Van Rompuy como presidente del Consejo. Tusk es el primer ministro polaco, conservador y, como corresponde a un ortodoxo polaco, muy duro con las políticas del Kremlin. La tercera cara es la de la socialista italiana Federica Mogherini, como Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. El cargo engloba también la primera vicepresidencia del Ejecutivo. Mogherini llevaba solo unos meses como ministra de Asuntos Exteriores en Italia y, a pesar de que se le achaca falta de experiencia en la política internacional, Renzi ha logrado imponerla para uno de los puestos más codiciados y visibles de la Unión. Sustituye a la inglesa Catherine Ashton, aunque la palabra sustituye es un eufemismo, porque esta última pasó desapercibida por tan notable puesto. Su papel es muy importante, ya que tiene que poner a Europa en los escenarios internacionales, especialmente en el conflicto de Ucrania, que será un tema omnipresente en los próximos meses. Conoce a Putin con el que se ha visto en diversas ocasiones, tanto que ha sido calificada de filorrusa. Este conocimiento puede facilitar la resolución del problema a través del diálogo. Se trata de un problema de primer orden. Una escalada en las sanciones económicas por parte de Rusia y de la UE puede despedazar a ambas y poner en serio peligro la salida de la crisis. Aparte de Ucrania, Europa tiene que tener una mayor presencia en los conflictos de Oriente Medio, especialmente en la lucha contra el terrorismo del Estado Islámico. Juncker quiere conseguir un Gobierno eficaz y funcional para que Europa sea un sueño y no una pesadilla. Con 28 comisarios era imposible una articulación armónica, por eso ha creado siete vicepresidencias que tutelen las grandes líneas políticas. La incógnita es si estas vicepresidencias tendrán la fuerza y el poder suficientes para integrar en sus políticas a algunos comisarios de signos opuestos. Las vicepresidencias, en general, se las ha dado a importantes figuras políticas de pequeños países del Este, ¿conseguirán imponer su autoridad?
Una apuesta arriesgada.
El ejemplo más claro de signos contrapuestos está en el área económica. Al frente de los asuntos económicos Juncker ha puesto al exministro francés Pierre Moscovici, claramente opuesto a los estribillos de la austeridad dominantes, pero por encima ha colocado como vicepresidente al ex primer ministro finlandés Jyrki Katainen, el halcón por excelencia del rigorismo merkeliano. ¿Habrá pelea? Será difícil una convivencia tranquila. Lo mismo sucede con otras comisarías. El español Miguel Arias Cañete será comisario de Acción por el Clima y la Energía, pero tendrá por encima como vicepresidenta a la ex primera ministra eslovena Alenka Bratusek. Desde el punto de vista ideológico no tendrán problemas, los dos son liberal-conservadores, pero pueden enfrentarse en el ejercicio del poder. Es una apuesta arriesgada, pero Juncker ha dicho que conseguirá que funcione. Esperemos que así sea.



