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Las últimas palabras de Boris Nemtsov

29 / 05 / 2015 Michał Kacewicz (iBT Media)
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El opositor ruso concedió esta entrevista horas antes de ser asesinado en Moscú el 27 de febrero, justo cuando iba a liderar una concentración antigubernamental.

Hay milicias paramilitares, una política activa de rearme y un aparato de propaganda que recuerda al de Goebbels. Hay un solo líder y también un partido único. Rusia se está convirtiendo en un Estado fascista. Eso es al menos lo que dijo Boris Nemtsov horas antes de ser asesinado a tiros en el centro de Moscú. Su muerte se produjo solo dos días antes de la celebración de una concentración masiva contra el Gobierno en la que iba a pronunciar un discurso. Las autoridades rusas han implicado a cinco chechenos, todos ellos detenidos, en el asesinato de Nemtsov el 27 de febrero. Sin embargo, las sospechas 
permanecen. En una autoproclamada concentración “anti-Maidán” celebrada recientemente, unos matones simpatizantes de Putin que vestían uniformes para militares afirmaban que ahogarían en sangre cualquier protesta antigubernamental.  Es posible que empezaran con Nemtsov. 

La oposición se lanza a las calles, pero el régimen no se mueve un centímetro.

¿Se producirá algún día el cambio en Rusia?

En este momento estamos al borde de la asfixia, todo el mundo. Como consecuencia de las políticas de Putin, un país con un potencial sin parangón hace agua. Una economía que acumulaba ingentes cantidades de divisa extranjera está a punto de colapsar. ¡Teníamos reservas por valor de 500.000 millones de dólares [460.000 millones de euros]! Por primera vez en la historia teníamos la posibilidad de dar un gran salto adelante en nuestro desarrollo, ningún otro líder ruso disfrutó jamás de una posición tan ventajosa. Y sin embargo hoy estamos al borde del abismo. ¿Qué tenemos? Una inflación de dos dígitos, devaluación del rublo y fuga de capitales. ¡150.000 millones de dólares [138.000 millones de euros] ya han volado! Occidente, Estados Unidos y la Unión Europea, están dando un paso al frente.

¿Qué está haciendo nuestro Gobierno?

Se está sacando de la manga ideas desesperadas. Quiere intervenir los precios, o conceder subsidios a las compañías estatales para que sus amigos de los consejos de administración ganen todavía más.

Y lo peor de todo es que este Gobierno se está entrometiendo en una guerra costosa y fratricida en Ucrania al tiempo que mantiene un pulso sin sentido con Occidente. Todos sufrimos los efectos de estas políticas absurdas, no podemos mostrarnos indiferentes. Por eso nos manifestamos en las calles, protestamos contra el suicidio colectivo de Rusia. No se trata de algo que venga de la oposición, sino que surge de los propios rusos.

Pero da la impresión que no de todos. Las decenas de miles de personas que van a manifestarse en Moscú, no son nada comparadas con el 80% de rusos que siguen apoyando a Putin.

No tengo ninguna duda de que la batalla para lograr el despertar de los rusos será dura. La gente ve adónde llevan estas políticas absurdas, ve la corrupción generalizada, ha sufrido en sus propias carnes el mal diseño del Estado, y sin embargo sigue creyendo en su líder porque durante los últimos años este ha hecho algo muy bien: lavarles el cerebro.

Les ha inoculado el virus del complejo de inferioridad frente a Occidente, la creencia de que lo único que podemos hacer para impresionar al mundo es recurrir a la fuerza, a la violencia y a la agresión. [Putin] ha manipulado a mis compatriotas para que sientan odio por los extranjeros. Les ha convencido de que lo que necesitamos es restaurar el antiguo orden soviético, de que la posición de Rusia en el mundo solo depende de cuánto nos teman. Y ha logrado imponer estas tesis a través de una propaganda al más puro estilo de Goebbels. Si hablamos de la responsabilidad de por qué se está derramando sangre rusa y ucraniana, esta no solo recae en Putin, sino también en personas como Konstantin Ernst [director general del Channel One] o Dimitry Kiselyov [director de la nueva agencia de noticias estatal Rossiya Segodnya]. Su actuación se ajusta a algunos de los principios simples que proponía Goebbels: manipular las emociones, cuanto mayor sea una mentira, mejor, las mentiras han de repetirse constantemente, etcétera.

Se trata de un tipo de propaganda dirigida a personas con poca formación y en la que no hay lugar para los matices. Pero por desgracia, funciona. La histeria ha alcanzado niveles sin precedentes, lo mismo que el apoyo a Putin. Por eso tenemos que trabajar lo más rápido posible para demostrar a los rusos que existe una alternativa, que las políticas de Putin conducen a la degradación y al suicidio del Estado. Cada vez hay menos tiempo para reaccionar.

¿Por qué?

Porque Rusia se está convirtiendo a marchas forzadas en un Estado fascista. Ya tenemos un tipo de propaganda inspirado en el de la Alemania nazi. También tenemos el germen de unas brigadas de asalto similares a las SA, pues, ¿de qué otra manera se podría llamar a los Anti-Maidán, esta iniciativa pseudocivil que hace unas semanas hizo acto de presencia para clamar contra el segundo aniversario de la revolución de Maidán?

Decenas de miles de mercenarios, matones y todo tipo de individuos sospechosos fueron traídos a Moscú, trataban de intimidarnos. Portaban retratos de

Putin y proclamaban que combatirían e incluso matarían a cualquier rebelde, justo como sucedía en la Alemania hitleriana. Y esto es solo el principio.

Pero eran las autoridades rusas las que alertaban contra el auge del fascismo en Ucrania...

Alguien dijo una vez que los futuros fascistas empezarían siendo ardientes antifascistas. ¿Fascismo en Ucrania? ¡Tonterías! Fíjese en Rusia. Tenemos un partido único vertebrado alrededor del culto a su líder, a lo que hay que añadir algunos pequeños partidos satélites, completamente irrelevantes. Cada pocos años se celebra una parodia patética de elecciones. Tenemos una política exterior nacionalista y agresiva, un reflujo de las ínfulas imperiales, una militarización de la sociedad... Se trata de características propias de un régimen fascista, ¿verdad? Pero Putin no es ningún fascista. Solo es un cínico que se vale de algunos elementos del pasado, los une con otros distintos (como, por ejemplo, ciertas tradiciones soviéticas) y genera un nuevo híbrido, un híbrido contemporáneo de fascismo. Es como la guerra en Ucrania. La guerra está teniendo lugar, hay soldados rusos desplegados sobre el terreno, pero el Kremlin lo niega y pretende hacernos creer que no tiene nada que ver con los tanques y los regimientos que se ven en Donetsk. Lo mismo cabe decir del fascismo. Existe en Rusia, pero el Gobierno dice que lo estamos combatiendo en Ucrania. Si no paramos esta locura, las consecuencias serán devastadoras para todos.

Putin cambia de opinión cada cinco minutos con respecto a Ucrania, pero no está proclamando ideas fascistas...

¿Eso cree? ¡Pero él desprecia claramente el orden mundial en su conjunto! Afirma abiertamente que Occidente es peor que nosotros, malvado, débil. También dice que los ucranianos son incapaces de construir un Estado y que solo él, Putin, puede ayudarlos. Habla sobre la necesidad de construir un nuevo orden mun-

dial, sobre el derecho innato de Rusia a tener su propia esfera de influencia, sobre la necesidad de proteger a las minorías de rusos en el extranjero. El Kremlin utiliza las minorías, el idioma y los aspectos culturales para reventar los países vecinos desde dentro. Y aquí viene lo más terrible: los dirigentes del Kremlin están convencidos de que tienen la receta para la felicidad de su inmenso país. Han juntado un puñado de esloganes e ideas procedentes de los regímenes más autoritarios del pasado y los han adaptado al nuevo orden mundial. Lo han enredado todo y sin embargo se creen que son genios.

Muchos ciudadanos rusos creen que el Gobierno está trayendo el orden y la estabilidad porque hay un líder y una estructura de poder. ¿Qué hay de la oposición? ¿Quién es su líder? ¿Usted o Alexei Navalny, que está en la cárcel?

Soy uno de los líderes de la Oposición Democrática Unida. Entre nuestros cuadros hay muchas personas valientes y carismáticas que representan diferentes puntos de vista y opciones políticas.

Pero compartimos el deseo de cambio y creemos en la necesidad de restaurar la democracia y expulsar del poder a esos dementes. Sí, a veces el Gobierno nos atropella como si fuera un bulldozer. A Navalny le encarcelaron [por repartir panfletos en el metro de Moscú] para impedir que participe en las protestas. Pero el Maidán ucraniano tampoco ha tenido un líder único, porque los que estaban llamados a serlo no han hecho más que discutir entre ellos. Los nombres no son importantes. Lo importante es el cambio y la renovación de Rusia.

Estando en la oposición ustedes no tienen el control de los medios, por lo que carecen de su capacidad para hacer llegar mensajes. Por otro lado, ustedes se echaron a la calle, y fueron señalados como la quinta columna de los enemigos de Rusia. Se les acusó de ser alborotadores y agentes de Estados Uni-

dos.

Putin ya ha dicho que no habrá un Maidán ruso. ¿Cómo piensan ganar?

Somos realistas. Es cierto que el Gobierno nos etiquetó como enemigos del país hace tiempo, y que para muchos rusos somos enemigos, traidores. Ni siquiera en mis mejores sueños he pensado en organizar un Maidán en Moscú. Putin no es Yanukovich. Durante años ha preparado el modo de hacer frente a su país en caso de que el país decida enfrentarse a él. Dispone de un poderoso aparato de seguridad, y ahora también

tiene a esos paramilitares fanáticos. Toda protesta significativa podría ser ahogada en sangre. Aun así, lo intentaremos.

Los rusos no son ucranianos. Da la impresión de que aún están lejos de ese punto de ruptura.

Aun así, hemos de centrarnos en los que ya lo piensan. Las marchas están pensadas para que nos permitan ver cuántos somos, para comprobar si somos un grupúsculo minoritario o una fuerza real. Salir a manifestarse en Rusia requiere mucho valor. Una persona valiente y activa cuenta más que otra que por miedo o conveniencia decide no hacer nada. Es solo el principio, quizá con el tiempo estemos en condiciones de tener representación en el Gobierno municipal de Moscú. Obtener aunque solo fuera dos concejales en el Consejo Ciudadano sería un éxito, una brecha en la estructura monolítica del poder. Se trata de objetivos muy modestos, y usted ya ha dicho que no disponen de mucho tiempo.

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