Las otras réplicas del seísmo de Nepal
El terremoto que ha sacudido el país tendrá graves consecuencias económicas y sociales.
Hay ocasiones en que parece como si el destino se disfrazara de un dios bárbaro para ensañarse con los habitantes de las zonas más pobres de la Tierra. Lo vimos hace pocos años en Haití y lo vemos ahora en Nepal. Las crónicas que nos han ido llegando son terribles. En ese paisaje de desolación faltó de todo: agua potable, sangre para transfusiones, servicio eléctrico, telecomunicaciones y la mayoría de las carreteras quedaron cortadas por grandes grietas o peñascos que rodaron sobre ellas.
Tras el terremoto de Kobe, el novelista japonés Haruki Murakami escribió un artículo titulado “Después del temblor de tierra”, en donde decía: “Estamos convencidos intelectualmente de que el suelo bajo nuestros pies es seguro y estable. Incluso decimos que tiene ‘los pies en la tierra’ al hablar de una persona sólida, y de repente un buen día vemos que todo era falso; la tierra y las rocas que creíamos estables se agitan y se mueven como si fueran líquidas”. Esta certeza la comprobaron de una manera dramática los habitantes de Katmandú el mediodía del pasado 25 de abril. Era festivo, no había colegios y las oficinas estaban cerradas, la gente caminaba por el campo o andaba de compras, cuando de pronto notaron que perdían la estabilidad y después que todo se movía debajo de sus pies y ante sus ojos.
Una cifra siempre al alza. Las casas empezaron a desplomarse como si fueran castillos de naipes y la ciudad fue un grito que se extendió por los campos. Fue un temblor largo que después se iría repitiendo en réplicas más débiles, pero siempre amenazadoras. La cifra de muertos fue aumentando cada hora que pasaba y aún sin cifras confirmadas, las autoridades hablaban ya tres días después de que el número fatídico podría ser 10.000 o más.
A finales de los sesenta del pasado siglo, Katmandú se convirtió en una ciudad de leyenda, en el santuario de los hippies de todo el mundo: allí iban a fumar marihuana y hachís, mientras se entregaban a meditaciones trascendentales. Hablaban de los nepalíes como de gente acogedora, sonriente, parecía como si la contaminación del pecado original no hubiera llegado hasta allí. Desde entonces comenzamos a prestar atención a ese remoto país situado en la falda del Himalaya y encuadrado entre China por la parte Norte y la India por el Sur. Su historia en los últimos 40 años ha sido tormentosa, destronaron al rey y se desató una guerra civil entre maoístas y el resto de las fuerzas políticas.
En 2008 cesaron los disparos y se estableció un Gobierno de Unidad Nacional que declaró el país como República Federal Democrática, multicultural, multilingüe y laica. Hasta la caída de la monarquía era el único Estado del mundo que tenía al hinduismo como religión oficial. A pesar de declararse un Estado laico la religión impregna la vida cotidiana y las pagodas conforman el paisaje visual del país, tanto en las ciudades como en las aldeas perdidas entre los montes. El budismo también tiene una comunidad muy arraigada en la localidad de Lambini, en una de cuyas praderas fue concebido y nació Buda. En estos días dramáticos hemos visto cómo monjas del Tíbet vestidas con sus trajes color púrpura y la cabeza rapada rezaban los mantras donde pedían clemencia a la diosa de la tierra. También el Dalai Lama dijo que se había puesto a rezar cuando conoció las primeras noticias del terremoto. Las plegarias, sin embargo, no surtieron el efecto deseado porque después del terremoto y para multiplicar el caos comenzó a llover de una manera despiadada, lo que acentuó los horrores de la tragedia.
El denso olor de la tragedia. A pesar de la extinción de los hippies como movimiento, Katmandú sigue atrayendo por su carga de exotismo y la singularidad de sus monumentos. Tanto que el turismo es una de las bases de la economía, aparte de la agricultura. La escalada a las montañas del Himalaya y particularmente del Everest es una industria en permanente crecimiento. El terremoto ha sido un duro golpe para el turismo al destruir algunos de los monumentos más emblemáticos. La torre de Dharahara, que albergaba en su interior un templo sintoísta y era el edificio de referencia del Nepal, ahora es un desordenado montón de escombros. Para los nepalíes tiene el mismo significado que tendría para un francés la caída de la torre Eiffel. La plaza Durbar, clasificada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, también ha quedado en parte destruida, lo mismo que centenares de pagodas con sus retablos de innumerables dioses esculpidos en madera.
Todo el valle de Katmandú es una zona sísmica, pero las casas no se han construido según la normativa de resistencia a los seísmos. De ahí las dimensiones de la catástrofe. Por otra parte, las de los barrios más pobres son construcciones de adobe. La ciudad ha crecido mucho en los últimos años sin el rigor de las exigencias de seguridad en los edificios. El crecimiento demográfico de Nepal está en el 6,5%, uno de los más altos del mundo. Para paliar el desastre está llegando de todo el mundo, especialmente de China e India, ayuda técnica, humanitaria y económica. Incluso España ha enviado un cargamento de medicamentos y un equipo de bomberos especializado en este tipo de trabajos. Los primeros en llegar fueron los de Médicos sin Fronteras, que partieron desde la India. Eran los más necesarios porque la estructura sanitaria en Nepal es muy deficiente y estaba desbordada. La cremación de los cadáveres llena el aire con el denso olor de la tragedia.



