La revolución de Correa llega a su fin
Ecuador celebra los primeros comicios desde 2007 en los que el presidente Rafael Correa no será candidato.
El 30 de septiembre de 2010, Ecuador amaneció en medio de una insurrección policial y con su presidente, Rafael Correa, retenido dentro de un regimiento. Correa entonces se asomó al balcón y, arrancándose los botones superiores de su camisa, gritó: “¿Quieren matar al presidente? ¡Aquí está! ¡Mátenlo si les da la gana, mátenlo si tienen poder, mátenlo si tienen valor, en vez de estar en la muchedumbre cobardemente escondidos!”.
El exministro de Economía, un desconocido para buena parte del país pocos años antes de su elección en 2007, había irrumpido en un contexto de caos institucional prometiendo liderar una alternativa a la política neoliberal imperante desde los 80. La alternativa fue bautizada como “Revolución ciudadana” y en su nombre ha girado toda la política institucional de Ecuador hasta hoy.
“Correa llega al poder como consecuencia de fuertes procesos de movilización popular, en un momento de crisis política, descrédito institucional y agotamiento del proyecto neoliberal”, explica Mateo Martínez, filósofo y analista político ecuatoriano. Eran tiempos de transformación en América Latina, donde Gobiernos de izquierda, como el de Chávez en Venezuela o el de Morales en Bolivia, armaban una alternativa a las políticas económicas y sociales que habían dominado el continente durante décadas. A través de una nueva Constitución, la renegociación de la deuda externa y la implementación de políticas redistributivas sustentadas por los ingresos de la extracción petrolera, más de un millón de personas salió de la pobreza extrema, consolidando las bases de apoyo de la Revolución ciudadana.
Mesianismo
Pero esta revolución era, ante todo, un proyecto correísta, donde el presidente asumió aires mesiánicos y, para muchos, excesivamente autoritarios. “La concentración de poder en el presidente desplazó la política de sus juegos institucionales a los juegos del líder carismático”, dice Felipe Burbano, profesor de Ciencias Políticas de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.
Según Martínez, particularmente desde el intento de golpe de Estado policial de 2010, el Gobierno de Correa empezó a actuar sin contar con sus aliados en los movimientos de base: “La participación de movimientos sociales como el indígena y los ecologistas planteó una hoja de ruta de salida del neoliberalismo con elementos sumamente avanzados y radicales. Posteriormente, el Gobierno apuntó en dirección contraria, imponiéndose los grupos más conservadores, encabezados por el propio presidente”. A la pérdida de apoyos en la sociedad civil se sumó la crisis económica por la caída del precio de las materias primas y el petróleo y la oposición a las políticas extractivistas del Gobierno. El último elemento en entrar en la ecuación ha sido la corrupción, que ha salpicado al sector petrolero y al de las infraestructuras con los escándalos de Ecopetrol y Odebrecht.
Con sus claros y sombras, la Revolución ciudadana es ya parte de la historia de Ecuador, que afronta una nueva era sin Correa tras una década de dominio electoral indiscutible. La presencia en aumento de China en las economías latinoamericanas, la incógnita de las políticas de los Estados Unidos de Donald Trump en el continente y el empobrecimiento de una población azotada por la crisis marcarán ahora el contexto en el que la nueva Administración tendrá que liderar al posrevolucionario Estado ecuatoriano.


