La presidencia furiosa de Trump
El mandatario del país más poderoso de la Tierra avanza a golpe de provocaciones hacia el desmantelamiento de todas las instituciones y toda la articulación geopolítica levantada después de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando se instaló en la Casa Blanca sabíamos que Donald Trump nos iba a proporcionar grandes tardes de gloria, pero nos quedamos cortos, ya que protagoniza un espectáculo continuo. Tarde, mañana y noche. Un circo permanente. Un tsunami caótico y arrollador al que el mundo mira sorprendido y temeroso. Más parecido a un Papa de la casa Borgia o a un Calígula que a un dirigente del país más poderoso de la Tierra en pleno siglo XXI. Se cree por encima de las leyes y de las instituciones, pero ya le han enviado las primeras señales de que no lo está.
Hace unos días firmó un decreto, de inmediato cumplimiento, en el que prohibía la entrada a Estados Unidos a los ciudadanos de Irak, Irán, Siria, Libia, Somalia, Sudán y Yemen. Países pobres y de mayoría musulmana. Convirtió a todos los ciudadanos de esos países en terroristas potenciales. Conviene decir que ningún ciudadano de esos países ha protagonizado actos terroristas en EEUU. No prohibió la entrada a egipcios, saudíes o ciudadanos de los Emiratos Árabes, de donde sí han llegado terroristas autores de sangrientos atentados como el del 11–S. Estalló el escándalo por criminalizar a países enteros y a la segunda religión más profesada de la humanidad. Saltaron todas las alarmas por la creencia de que Trump había entrado en los resbaladizos ámbitos de la inconstitucionalidad. Varios jueces y fiscales dieron la voz de alerta, y el juez federal de Seattle, James Robart, paralizó con un auto la aplicación del decreto.
Tras un primer momento de desconcierto en la Casa Blanca el presidente lanzó graves acusaciones e insultos contra el juez, al que calificó de “presunto juez”. El Gobierno recurrió el auto y la Corte de Apelaciones que supervisa las decisiones judiciales de los Estados del Oeste del país rechazó el recurso y mantuvo la resolución de Robart. A la hora en que escribo no se conoce el desenlace definitivo de esta colisión entre el poder ejecutivo y el judicial. Sea el que sea es un golpe importante en el soberbio cascarón el magnate.
Una escalada peligrosa
Aparte de este llamativo episodio hay otros y más peligrosos en la cortísima biografía de poder del presidente. Algunos con riesgos de enfrentamiento bélico. El conflicto con China puede crecer y terminar mal. Ya tuvo un mal comienzo cuando el inquilino de la Casa Blanca llamó a la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, para prometerle una cooperación positiva, lo que provocó las iras de Pekín, que no quiere oír hablar de Taiwán como un país diferente de China. Pero lo más grave fueron las declaraciones del secretario de Estado, Rex Tillerson, el expatrón de la petrolera Exxon Mobil y gran amigo de Vladimir Putin, al advertir al Gobierno chino que recurrirían a la fuerza militar si no interrumpían las obras de construcción de islas artificiales en el mar del sur de China. La respuesta le llegó al secretario de Estado a través de un editorial del periódico nacionalista The Global Times: “Estas amenazas son de locos, salvo que Washington prepare una guerra a gran escala con China”.
La verdad es que muchos estadounidenses no duermen tranquilos pensando que su presidente puede jugar con fuego. A Trump le gusta provocar en todas las direcciones y todos los días. Por los pasos que ha dado hasta ahora parece que su objetivo es desmontar todas las instituciones y toda la articulación geopolítica levantada después de la Segunda Guerra Mundial. En su afán por acabar con la Unión Europea ha manifestado su voluntad de nombrar embajador en Bruselas a Ted Malloch, el hombre que hace unas semanas repitió la amenaza de que al euro le quedaba un año o 18 meses de vida. No más. La Eurocámara ha rechazado este nombramiento. Esperemos que no insista con otro hombre de pensamiento análogo.
El Gobierno de Trump, aparte de estar compuesto por una colección de millonarios, es un ejemplo de posirracionalidad. Aquí van algunos ejemplos: el secretario de Comercio, Wilbur Ross, se opone vivamente a los acuerdos comerciales internacionales. Scot Puit, responsable de la protección del medio ambiente, niega rotundamente el cambio climático. Betsy de Boss, secretaria de Educación, manifiesta la voluntad de privatizar la red de escuelas públicas del país. Y lo dicho anteriormente: ha nombrado secretario de Estado al mejor amigo de Putin.
El pavo real
La gran pregunta que nos asalta es ¿cómo articulará Trump su política internacional con la del presidente ruso? Barack Obama ya le ha advertido de que él y Putin jugaban en equipos contrarios. ¿Qué hará el nuevo presidente ante las políticas que quiere llevar a cabo Putin en Ucrania, Siria, China, en países como Chechenia o con relación a Europa? Con Israel ya sabemos que va a ser tan sionista como Benjamin Netanyahu, no en vano el nuevo embajador es un activista favorable a los asentamientos. El muro de México también se convertirá en una sangrante cicatriz frente a todos los sudamericanos. Este es el hombre que está definiendo el presente y el futuro del mundo. Un pavo real con la cola desplegada.


