La potencia ilimitada de Corea del Norte
El recién celebrado congreso del Partido de los Trabajadores, el primero desde hace 36 años, pone de relieve la patética soledad del régimen al tiempo que confirma su inquietante poderío nuclear.
Corea del Norte ha celebrado el VII Congreso del Partido de los Trabajadores, que gobierna con puño de hierro el país desde hace 70 años a través de una dinastía hereditaria que oprime de una manera sistemática al pueblo. La retórica que utilizan se parece más a la de una religión que a la de un Estado. En esta ocasión los portavoces escogidos han proclamado que su bienestar se debía al gran amor que les profesa su líder, Kim Jong-un, elevado a la categoría de un dios. El sabio líder, de 33 años, es el jefe de Estado más joven del mundo. También el más peligroso. Cuando apareció en el paisaje coreano como el heredero absoluto del amado líder Kim il Jong, los analistas más avezados pronosticaron que caería como un castillo de naipes, víctima de las intrigas de su círculo más próximo. Pero muy pronto el gordito de ojos minúsculos y saltones apuntó maneras. Maneras de Calígula.
En vez de que el círculo más próximo acabara con él, fue él quien purgó y reordenó el círculo con gentes leales y fieles. Sabían que la cabeza les iba en ello. El golpe de efecto más notable lo dio al ordenar la ejecución de su tío, el todopoderoso Jang Song Thae. Nunca estuvieron del todo claros los motivos de esa ejecución, se dejó entrever que había sido porque el tío dudaba de su capacidad como dirigente y para despejar esas dudas lo mandó matar para liberarse de su perturbadora sombra. Con esa decisión sembró el terror y el miedo. Entonces empezó la lluvia de las alabanzas y nadie volvió a dudar de su liderazgo providencial. En cada uno de sus pasos se mostraba autoritario, ambicioso, caprichoso, amenazante al igual que lo habían sido su padre y su abuelo.
Hacía 36 años que el Partido de los Trabajadores no celebraba un congreso, el último tuvo lugar en 1980, bajo el mandato de su abuelo Kim Il Sung, cuando él todavía no había nacido. Kim Il Sung, el fundador de la dinastía, fue nombrado a su muerte presidente eterno de Corea del Norte y como tal es venerado. La importancia de este congreso es clave ya que trata de consolidar el indiscutible liderazgo de Kin Jong-un. Del cónclave saldrán los nuevos y renovados líderes que ocuparán el Politburó y los puestos clave de la Administración. Durante estos cuatro primeros años en el poder, el heredero se ha dedicado a escoger el equipo que le apoyará en los próximos años.
Visita guiada
La gran importancia del evento no se ha correspondido con la información ofrecida en los medios oficiales de televisión y prensa, ni se ha compadecido con las restricciones que les han sido impuestas a los 130 periodistas extranjeros invitados a cubrir el evento, pues solo se les ha permitido contemplar la Casa de la Cultura del 25 de Abril, el centro donde se celebraba la gran cita. A los periodistas, siempre acompañados por rigurosos guías, se les prohibió todo movimiento autónomo y solo se les permitía hablar con ciudadanos previamente seleccionados. Mientras esto ocurría fue detenido y expulsado del país Rupert Wingfield-Hayes, corresponsal de la BBC en Tokio y enviado especial para cubrir la visita de unos premios Nobel a la capital norcoreana, Pyongyang. Fue expulsado por informar de manera no objetiva y faltándole al respeto al líder. Para fomentar el clima de fervor patriótico entre los 3.000 delegados al congreso, la víspera los llevaron a ver en el Gran Teatro de Pyongyang la ópera La victoria de la Revolución está a la vista. Fuego puro para calentar los espíritus.
El mejor regalo. Hay algo que llama la atención en este congreso con respecto al de hace 36 años: no ha acudido ninguna delegación exterior, ni siquiera China la ha enviado. Es una evidencia de la patética soledad del régimen. Al celebrado bajo el mando del abuelo acudieron 177 delegaciones de 118 países; de China acudió el vicepresidente. El régimen se ha replegado sobre sí mismo haciendo alarde de un poder sin fisuras. Kim Jong-un se ha vanagloriado en su discurso del poderío atómico y ha agradecido a los científicos el gran regalo que le habían hecho al congreso y al pueblo al dotarles con las bombas atómica y de hidrógeno. Ha afirmado que el potencial nuclear es imprescindible para mantener la libertad, de lo contrario el imperialismo acabaría aplastando el país, y ha añadido: “Nuestro espíritu es invencible y nuestra potencia ilimitada en la respuesta a las presiones y represalias de nuestros enemigos”. Ha advertido que su régimen es pacífico y que solo acudiría a la fuerza atómica si fuera atacado por un país que dispusiera de esa misma fuerza.
El desarrollo nuclear, han dicho y escrito los medios de comunicación oficiales, nunca será óbice para el desarrollo económico, de este congreso sale la firme voluntad de un avance simultáneo en el campo balístico y en el económico, una consigna que ya lanzó Kim Jong-un cuando accedió a la presidencia. Para lograr este objetivo, el nuevo líder quiere llevar al poder a una generación de líderes más jóvenes que luchen por sacar al país de las lamentables condiciones económicas en que se encuentra. ¿Será posible con esta dictadura tan férrea y tan aislada del mundo? No parece.



