La cólera de Pekín por el Nobel a Xiaobo

22 / 10 / 2010 0:00 Alfonso S. Palomares
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El Gobierno chino ha reaccionado con violencia ante la concesión al periodista Liu Xiaobo del premio Nobel de la Paz. Según Pekín, se trata de un criminal condenado.

Les concedieron el Nobel con un día de diferencia; a uno, el de Literatura; al otro, el de la Paz. A Mario Vargas Llosa, por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual. A Liu Xiaobo, por su larga y pacífica lucha por los derechos humanos fundamentales en China. El duro castigo aplicado a Liu, dice el acta de concesión, le ha convertido en el símbolo más importante de esta extensa lucha por los derechos humanos. La realidad de su lucha tiene mucho que ver con la de bastantes protagonistas de las novelas del peruano.

Los escenarios de dónde y cómo recibieron la noticia de la concesión fueron absolutamente diferentes. Mario la escuchó a través de su teléfono mientras veía las primeras luces del amanecer sobre Nueva York y después de saltar a los medios de comunicación, su casa, como preveía su mujer Patricia, se convirtió en un loquerío de abrazos, cámaras y felicitaciones. A Liu el presidente del comité noruego de los premios Nobel, Thorbjoern Jagland, no sabía a dónde llamarle por la sencilla razón de que en la cárcel de la provincia de Liaoning, situada al noreste de China, donde se encuentra, no le dejan hablar por teléfono, ni comunicarse con el exterior. El Gobierno y el pueblo peruanos, así como el Gobierno y el pueblo españoles, por sólo hablar de los dos países y de los dos pueblos de los que es ciudadano, felicitaron efusiva y clamorosamente a Vargas Llosa.

El Gobierno chino reaccionó como si le hubieran pegado una puñalada y, en una nota oficial, el Ministerio de Exteriores, después de calificar como obscenidad la concesión y otras lindezas por el estilo, hizo saber al resto del mundo que Liu Xiaobo era un criminal condenado por el sistema judicial chino porque había quebrantado las leyes chinas socavando el poder del Estado. El pueblo no dijo nada, porque el pueblo no sabe nada, ya que las cortinas de bambú de la censura impidieron que les llegara la noticia y continúan poniendo gomas y sordinas sobre ella. Los pocos disidentes que intentaron festejar el galardón, después de conocerlo por extrañas vías a través de Internet, fueron arrestados o silenciados. Liu, en el pavoroso silencio de su celda, tardó tres días en saberlo, el tiempo que tardaron en conducir a su esposa Xia a su presencia para que se lo comunicara. Se lo dijo y, según filtraciones de la propia Xia, estalló en lágrimas al saberlo y una vez repuesto de la sorpresa se lo dedicó a las víctimas de Tiananmen. Desde entonces hasta la hora en que escribo poco se sabe de la esposa, ya que se encuentra en arresto domiciliario sin poder recibir ni enviar informaciones. Vargas Llosa valoró el Nobel de la Paz a Xiu como un homenaje a todos los disidentes chinos y a todos los chinos que quieren que el crecimiento y el progreso en China sea no sólo económico sino también político. Xiaobo no felicitó al célebre escribidor porque ignora que le concedieron tan alto galardón, y aunque lo supiera tampoco podría felicitarle, ya que no le permiten comunicarse con el exterior.

La Carta 08.

La verdad es que entre esta oscura y siniestra realidad y la luminosidad y las capacidades tecnológicas tan deslumbrantes que exhibieron en los Juegos Olímpicos de hace dos años, media un abismo. Median dos mundos. El milagro económico chino es arrollador y lo cierto es que nos está arrollando. ¿En qué sentido? Ya lo veremos.

Hace dos años, cuando en un sitio de Internet vimos la Carta 08 firmada por 300 profesores, investigadores, artistas de todas las disciplinas, abogados de prestigio, periodistas, escritores y científicos de la más variada naturaleza, no todos disidentes ni especialmente hostiles al régimen sino todo lo contrario en bastantes casos, concebimos ciertas esperanzas. En ese manifiesto, conocido como Carta 08, se pide al Gobierno chino en particular y a los poderes de la República Popular China en general que cumplan la Constitución vigente, facilitando una evolución gradual sin desestabilizaciones hacia la libertad de prensa y asociación, la Justicia independiente, la libertad religiosa y la protección del medio ambiente. En concreto, la carta tenía 19 puntos que partían de la apuesta por la separación real de los tres poderes clásicos: legislativo, judicial y ejecutivo o, lo que era lo mismo, superar el monopolio del Partido Comunista Chino como instrumento omnipotente y único de la acción política en todas las vertientes. En los análisis apresurados del primer momento y bajo los efectos de la sorpresa, algunos analistas creyeron que entre los redactores de esa carta y los sectores aperturistas del Gobierno había una cierta connivencia, incluso no descartaban que el propio primer ministro, Wen Juabao, la podía haber consentido. Wen suele soltar declaraciones en las que alude a una posible reforma política para capitalizar los éxitos económicos y conseguir el objetivo de la modernización en el más profundo de los sentidos.

Fue un espejismo que duró poco, ya que inmediatamente la represión más cerrada cayó sobre los abajo firmantes y la maquinaria de la Justicia metió entre sus perversos engranajes al inspirador y redactor de la carta, el profesor y periodista Liu Xiaobo. Tardó un año la implacable instrucción y la sentencia le condenó a 11 años de cárcel el último mes de diciembre. El proceso se desarrolló en el más silencioso de los secretos y la condena nunca se hizo pública en los medios chinos, saltó al exterior porque con las tecnologías actuales es casi imposible poner puertas a todos los campos. Por filtraciones conocemos lo que dijo Liu después de escuchar la sentencia, al responder a la pregunta ritual de si tenía algo que alegar: “Espero ser la última víctima de la inquisición contra la libertad intelectual en China, y que nunca más se vuelva a condenar a una persona por expresar libremente su pensamiento”.

Desde el exterior los medios de comunicación, en general, han lanzado críticas muy duras contra el Gobierno de Pekín por su asfixia de las libertades y por la represión que practica contra los luchadores por la libertad. Los políticos fueron más cautos, si exceptuamos a Obama y pocos más. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se fue por las ramas al declarar: “Tenemos que caminar hacia el reconocimiento del creciente consenso internacional para el fortalecimiento de los derechos humanos y su cultura en todo el mundo”. Una vaporosa y corta cambiada. En el exterior se teme demasiado a la poderosa China y en el interior el poder chino se mueve con un autismo omnipotente, por eso soy muy escéptico sobre el alcance de este premio a la hora de abrir caminos de apertura hacia la democracia. La presión que pueden ejercer los disidentes sobre el poder es mínima, porque en China no se oyen sus voces ni sus razones. Las estrangulan. Otra cosa son los planteamientos de rebeliones y huelgas en las grandes fábricas para obtener mejores condiciones de trabajo, como ha ocurrido antes del verano. Esas actitudes les están obligando a dictar nuevas normas laborales sin tocar las estructuras del pétreo poder político.

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