Hacia la intifada de los cuchillos

19 / 10 / 2015 Alfonso S. Palomares
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El Gobierno israelí y la Autoridad Nacional Palestina temen que los ataques de jóvenes palestinos con armas blancas contra ciudadanos israelíes provoquen una tercera intifada, que los extremistas de ambos bandos alientan

Un joven blande un cuchillo mientras sostiene una bandera palestina en una manifestación en Ciudad de Gaza el pasado 10 de octubre.

Una vez más, y van centenares, la violencia está sembrando muertes en las tierras santas de Palestina e Israel. Son sagradas para las tres religiones monoteístas y el factor religioso ha sido allí, a lo largo de los siglos, la causa principal de las grandes tragedias. Las espadas se desenfundaban en el nombre de Dios, se llamara Yahvé, Alá o Jesús. Afortunadamente, los cristianos ya no son el centro de la contienda, es cierto que son muy pocos: no pasan del 3% y casi todos pertenecen al mundo árabe, en la sociedad judía se puede decir que no hay cristianos. Están presentes a través de las órdenes religiosas, principalmente los franciscanos, que son por decisión papal los custodios de los Santos Lugares. A pesar de su escaso número trabajan y rezan por el entendimiento, por avanzar en los caminos de la paz. Es evidente que sin éxito.

Las noticias que nos llegan y que vemos en las fotografías forman un retablo novedoso. Los cuchillos y las pistolas o los fusiles más sofisticados son los protagonistas. Y con una virulencia sorprendente e inesperada. Mueren judíos acuchillados y mueren árabes tiroteados. Morir y matar es la manera de vivir de esos pueblos desde que Israel proclamó la independencia en 1948. A veces las confrontaciones son guerras abiertas como la de los Seis Días en 1967 o la del Yon Kippur en 1973, ambas perdidas de manera humillante por los árabes, lo que dejó en esa comunidad un poso de amargura y un deseo permanente de venganza. La política de Israel se basa en la filosofía existencial, de ahí su contundencia en las respuestas y la desproporción en el uso de la fuerza. No se trata del ojo por ojo y diente por diente de la recomendación bíblica sino de que por un diente y un ojo se les vuela la cabeza. Llamo filosofía existencial a que en la opinión pública de los israelíes domina el convencimiento de que ellos no pueden perder una guerra, ni siquiera una confrontación esporádica, ellos tienen que ganar de forma aplastante, por cadáveres y por capacidad de fuego.

Kamikazes imprevisibles. Ahora nos encontramos con una técnica de violencia inédita y con unos actores árabes nuevos e imprevisibles. En varias geografías del país, principalmente en Jerusalén, Tel Aviv y en zonas con asentamientos de colonos en Cisjordania, se han sucedido ataques con cuchillos de cocina, navajas sofisticadas y destornilladores. Los atacantes tienen pocas posibilidades de salir con vida, son kamikazes con otros perfiles, y suelen ser abatidos a tiros después de sus acciones. Pero no solo atacan con cuchillos, también apedrean los coches que circulan por las carreteras de Cisjordania. A pesar de los riesgos que corren con los apuñalamientos, la moda se extiende como una venenosa mancha de aceite, tanto que ya se habla de la Intifada de los cuchillos. Sería la tercera intifada, y tanto el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) como el de Benjamin Netanyahu temen la escalada. Según las noticias fiables, tratan de negociar a través de diversos canales políticos y diplomáticos la rebaja de la tensión.

Las presiones populares van en sentido contrario, tratan de provocar un incendio total. La extrema derecha israelí, animada por los ortodoxos, presiona para que el Gobierno de Jerusalén responda sin concesiones. Y los distintos movimientos y partidos palestinos, especialmente Hamas, animan a seguir con la escalada respondiendo a los diseños asfixiantes de Netanyahu contra las comunidades palestinas. Está sembrando de nuevos asentamientos de colonos toda Cisjordania, en contra de las prohibiciones de la ONU y de los acuerdos para la paz que nacieron en Oslo, de los que el presidente de la ANP, Abbas, acaba de declarar que se siente liberado, rompiendo con el espíritu de Oslo. Hasta ahora se han producido dos intifadas: la de 1987 y la del 2000. Ambas se saldaron con montones de cadáveres, aunque hay desacuerdo en las cifras, fueron muchísimos más los palestinos. Cinco veces más. Como siempre. La del 2000 tuvo como causa directa una emoción religiosa. Ese año, mientras se discutía en Camp Davis el futuro de Jerusalén, al líder de la oposición Ariel Sharon no se le ocurrió otra cosa que darse un paseo por la Esplanada de las Mezquitas. Los ánimos se soliviantaron y comenzó la segunda intifada, también conocida como intifada del Aqsa, la “guerra de las piedras”, que derivó en combates encarnizados encuadrados y dirigidos por los movimientos políticos y sus milicianos.

En esta última, la causa parte también de la Esplanada de las Mezquitas, en la que Israel quiere limitar la entrada a los musulmanes y, según rumores, quiere romper el statu quo. Si analizamos el perfil de los jóvenes que apuñalan, suelen tener alrededor de 20 años y no están fichados como militantes. Solo les mueven el odio y el ansia de liberarse del control de Israel. Desde Hamas y otros grupos proclaman: “Se trata de una insurrección popular y tenemos que convertirle en una intifada de cuchillos, piedras y todo lo que tengamos a nuestro alcance”.

Malos augurios para la paz.

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