Guatemala: la revolución cívica

14 / 09 / 2015 Alfonso S. Palomares
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Cuando la vicepresidenta Baldetti fue acusada de dirigir una red de corrupción se inició una rebelión ciudadana que ha forzado la encarcelación del presidente Pérez Molina. El futuro dirá si el presidente que salga de las urnas conectará con el país

Jimmy Morales, un político heterodoxo, cómico y empresario del espectáculo, ha sido el vencedor en la primera vuelta de las elecciones guatemaltecas.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo, día 6, en Guatemala se desarrolló en un paisaje social insólito, en plena revolución cívica por la dignidad. Era más importante el ambiente de rebelión en que se celebraron las elecciones que las elecciones en sí mismas. Pero para comprender los resultados conviene explicar cómo surgió el movimiento popular que derribó al presidente, el general Otto Pérez Molina, y lo llevó a la cárcel tres días antes de los comicios.

Todo comenzó el pasado mes de abril, cuando la Fiscalía Especial contra la Impunidad, al servicio de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) –una institución muy singular, única en el mundo, creada en 2006 por el Estado y la ONU para actuar contra los funcionarios públicos sospechosos de delincuencia–, acusó con pruebas incuestionables a la vicepresidenta Roxana Baldetti de estar al frente de una red para la defraudación aduanera, denominada La Línea. Componían la banda varias docenas de funcionarios que dispensaban a ciertos importadores de las cargas aduaneras, que pagaban después en negro. Un fraude en toda regla al Estado y a los guatemaltecos. Millones y millones de quetzales y de dólares. El nombre con el que fue bautizada la pandilla de ladrones, La Línea, se debe a la línea de teléfono a través de la que hablaban y diseñaban la estrategia operativa. Las acusaciones concretas que la Fiscalía formuló contra la vicepresidenta Baldetti fueron: asociación ilícita para delinquir, defraudación aduanera y cohecho pasivo.

La sociedad guatemalteca, acostumbrada a recibir este tipo de noticias con un resignado pesimismo histórico, en esta ocasión decidió rebelarse. No encabezó la rebelión ningún partido, ni ningún líder de opinión, fueron ciudadanos anónimos a través de las redes sociales. Una mujer rompió el conformismo al escribir en su cuenta de Twitter: “Tenemos que hacer algo”. Y empezó la movida. Un pequeño grupo decidió convocar una manifestación contra la corrupción el día 25 de abril. Fue un éxito imprevisto e impredecible. La siguieron convocando todos los sábados y cada vez con más éxito, movilizando auténticas multitudes. La Fiscalía de la CICIG avanzaba en sus investigaciones hasta que llegó al presidente Otto Pérez Molina señalándolo como el jefe de la banda. El pasado 25 de agosto la CICIG ordenaba la pena de prisión para la ya exvicepresidenta Roxana Baldetti. Aparte de decidir el ingreso en prisión de la exvicepresidenta, el juez Miguel Ángel Gálvez pidió al Congreso que levantara la inmunidad al presidente Pérez Molina para enjuiciarle.

A cada uno lo suyo. La calle hervía de júbilo por los pasos que iba dando la judicatura. El 1 de septiembre, los diputados votaron masivamente la retirada de la inmunidad al presidente. Ningún diputado se atrevió a votar en contra. Compareció ante el juez con su habitual arrogancia de general presidente, pero al escuchar sus palabras en las grabaciones telefónicas quedaba clara su condición de jefe de la banda. Incluso el reparto de los sobornos quedó muy bien definido: la vicepresidenta y el presidente se llevaban el 50% del dinero obtenido y el otro 50% se repartía entre los funcionarios articulados en la trama. La maquinaria judicial, imparable a pesar de las maniobras de Pérez Molina, lo envió a la cárcel. Sucedió lo que parecía imposible en un país carcomido por la corrupción y el caudillismo. Tres días antes de la cita con las urnas, el movimiento por la dignidad había derribado al presidente, marcando el fin de una historia.

Conviene decir que ninguno de los catorce candidatos a la presidencia sintoniza directamente con el movimiento cívico, a pesar de los discursos de última hora donde prometen cambio. Sin embargo, es difícil que el cambio necesario en Guatemala venga de la mano de los viejos partidos, unos partidos que, según un informe de Naciones Unidas, reciben el 50% de su financiación a través de instituciones mafiosas, de ahí que la corrupción esté incrustada en las magistraturas más altas del país.

El arzobispo de Guatemala, monseñor Oscar Vian Morales, calificó al Gobierno de ladrón de los pobres y de robarles con desfachatez. La alegría por la caída de Pérez Molina fue unánime, dejaron testimonio de ello las organizaciones estudiantiles, los sindicatos, los gremios profesionales, los evangélicos, los medios de comunicación, los empleados púbicos y, por supuesto, la Iglesia católica. Pérez Molina es un cadáver político que se congela en la más fría de las soledades.

La urnas dieron ganador en la primera vuelta con cierta holgura a Jimmy Morales, un heterodoxo, cómico de brocha gorda y empresario del sector del espectáculo. Un desconocido en el mundo de la política hasta hace seis meses. Conservador y fervoroso evangélico. Con el lema “ni corrupto ni ladrón”, ha ganado esta primera manga. Le acompañará en la segunda vuelta Sandra Torres, ex primera dama, líder del partido Unidad Nacional de la Esperanza (UNE). Una política tradicional. La pregunta es: ¿conectará el futuro presidente con la revolución por la dignidad? Lo dudo.

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