¿En qué momento se jodió Grecia?

20 / 03 / 2012 12:45 Alfonso S. Palomares
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Todo indica que la tragedia se fraguó en marzo de 2004, en plena euforia por la celebración de los Juegos y cuando Nueva Democracia ganó las elecciones por mayoría absoluta.

En estos días en que se celebra sin entusiasmo que Grecia haya evitado, una vez más, la caída en el caos de la bancarrota con una exitosa y complicada quita de su deuda, son muchos los que se siguen preguntando: ¿en qué momento comenzó a joderse Grecia? Por supuesto que la pregunta no tiene nada de original desde que Vargas Llosa, a través del personaje Zavalita, preguntaba al comienzo de la novela Conversación en la catedral en qué momento se había jodido Perú. La respuesta es complicada y tiene varias raíces que se remontan a la década de los 80 del siglo pasado, pero si analizamos los acontecimientos de los últimos ocho años resulta muy visible el desarrollo de la crisis.

Es cierto que estas cosas no surgen de la noche a la mañana, ni son tan instantáneas como cuando se apaga o se enciende una bombilla. La oscuridad no se hizo de repente. Sin embargo, hay un nombre y una fecha que pueden llevarnos hasta el acto fundamental de esta tragedia. El nombre es el de Kostas Karamanlis, de los Karamanlis de toda la vida: su tío Constantino fue primer ministro durante 14 años y presidente de la República durante 10. La fecha se puede situar a partir de marzo de 2004, cuando el partido Nueva Democracia ganó las elecciones por mayoría absoluta, y su líder, Costas Karamanlis, fue nombrado primer ministro. Grecia vivía la euforia de la celebración de los Juegos Olímpicos de Atenas en agosto de ese año. Era como una resurrección de la antigua Grecia, del esplendor del pensamiento y el arte helenos. Incluso se escribieron exaltados artículos sobre la frase: Grecia capta ferum victorem cepit (“Grecia vencida venció al fiero vencedor”), los romanos los habían vencido, pero ellos les impusieron su cultura.

El primer ministro aseguraba que Grecia volvía a ser un faro de referencia para el mundo. En ese estado de optimismo comenzó el derroche y se multiplicó la corrupción. Aumentó en 100.000 los contratos de la ya abultada plantilla de funcionarios del Estado, a los que concedió todo tipo de prebendas, mientras olvidaba los estímulos a los sectores productivos. Para que la realidad no le estropeara la belleza exterior de la imagen, Karamanlis decidió maquillar las cifras económicas, hasta que terminó aplicándoles la cirugía estética para suprimir las insoportables arrugas. Con la crisis financiera internacional, la ficción no podía mantenerse y en octubre de 2009 convocó elecciones generales. El líder socialista Yorgos Papandreu –de los Papandreu de toda la vida: su abuelo fundó el partido socialista Pasok, llegando a ser primer ministro, y su padre también fue primer ministro– hizo una campaña electoral en la que apostaba por los estímulos al crecimiento y una mayor cohesión social basada en la solidaridad. Ganó las elecciones por mayoría absoluta y empezó a ver las cuentas reales, los acreedores empezaron a presentar las facturas y se encontraron con lo que no esperaban, el déficit que la contabilidad oficial de Karamanlis había situado por debajo del 7% se elevaba al 13,6%, y empezó el calvario que todos conocemos.

El peregrino Papandreu.

Grecia tenía dificultades para pagar la descomunal deuda y llegaron los especuladores, y empezó a sonar ese concepto que ahora nos suena tan popular, el de la prima de riesgo, y los intereses se pusieron en el 7% del PIB. En los telediarios veíamos a Papandreu en un constante peregrinaje a Berlín y París suplicando a Merkel y a Sarkozy que le salvaran de la quiebra. También iba a Bruselas para guardar las formas, aunque sabía que de Bruselas no podía llegar la salvación, porque Bruselas, a pesar de sus declamaciones, toca las melodías que marca la canciller alemana. Papandreu equivocó el discurso ante los griegos: les culpó de su Estado de bienestar, cuando la culpa no era del pueblo griego sino de toda su estructura, de los políticos, los banqueros y otras élites. En el escenario griego, desde siempre, hay tres sectores con una presencia estéril para generar riqueza o distribuirla. El primero es el de la Iglesia ortodoxa, la mayor terrateniente del país, que no paga impuestos; los otros dos son los bancos y los barcos (la gran gloria griega) que tampoco los pagan, apoyándose en procedimientos legales.

Bruselas, más bien la Merkel, envió a Atenas a la troika para preparar el rescate, y llegaron los inspectores del FMI, de la Comisión Europea y del Banco Central Europeo, que le impusieron a Papandreu un tratamiento brutal de quimioterapia antes de entregarle los 110.000 millones de euros del rescate. Creyeron que esa cantidad iba a ser suficiente para superar la dramática coyuntura. Pero las cosas se fueron complicando, en la calle estalló una resistencia violenta en la que hubo tres muertos y varios heridos. El dinero de los más ricos huyó asustado buscando refugio en los países que se lo ofrecieron, los inversores también desertaron y la actividad económica se paralizó y la miseria se extendió a las clases medias.

La realidad era la viva representación de una tragedia con texto de Esquilo. El primer rescate resultó inútil y llegó todo lo demás. En Bruselas, es decir, en Berlín, decidieron que Papandreu se había quemado al convertirse en el personaje más odiado del país, y a pesar de que se había plegado a sus exigencias decidieron sustituirle por una persona de su confianza, el banquero Lucas Papademos, para que siguiera con la quimioterapia en un Gobierno que se podía calificar de emergencia nacional con el apoyo parlamentario de los dos grandes partidos. La situación seguía al borde del abismo, pero esta quita de los acreedores le da un balón de oxígeno con la nueva restructuración de la deuda y la luz verde a un nuevo rescate que se eleva a 130.000 millones de euros. ¿Serán suficientes? ¿Matará o salvará tanta austeridad la economía griega? Es difícil saberlo. Lo cierto es que la mayoría de los griegos vive la situación sin esperanza.

En estas circunstancias los griegos van a ser llamados a las urnas para unas  elecciones generales en abril. En principio estaban previstas para el día 8, pero parece que se celebrarán a partir del 29 si no hay cambios de última hora. Según los sondeos, los griegos acudirán a votar sin ilusión y sin ilusiones. Los dos partidos con posibilidad de gobernar, el Pasok y Nueva Democracia, firmarán el compromiso de respetar las recetas económicas impuestas a Papademos, lo que significa que no habrá una confrontación del programa económico, porque será obligatoriamente el mismo. Los primeros sondeos indican que Nueva Democracia, liderada ahora por Antonis Samaras, bajará del 33% que obtuvo en las últimas generales al 18%, una caída importante, pero en el Pasok se produce un verdadero desplome al bajar del 43% a un 15%, e incluso menos. De confirmarse estos datos se abre un inquietante suspense, ya que entre los dos no consiguen la mayoría para formar un gobierno de coalición y los otros partidos situados en el nacionalismo extremista o en la izquierda radical no han firmado el plan de austeridad, como tampoco lo hicieron otros grupos minoritarios. Las incertidumbres sobre el futuro Gobierno se multiplican, nadie sabe cómo terminará esta tragedia griega, ni qué efectos tendrá la quita de la deuda sobre los inversores y sobre los consumidores griegos. Lo cierto es que nadie confía en que las elecciones solucionarán el problema.

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