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El Papa toma partido en Oriente Próximo

27 / 05 / 2015 Alfonso S. Palomares
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El reconocimiento de Palestina como Estado por parte de Francisco añade presión al Ejecutivo israelí para regresar a la mesa de negociaciones, aunque la reacción de este es imprevisible y genera inquietantes dudas.

El papa Francisco perturbó los esquemas de la corrección diplomática cuando calificó al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, como “ángel de la paz”. Al Ejecutivo de Benjamín Netanyahu le sentó como agua hirviendo y varios de sus portavoces criticaron con dureza al Pontífice. Pero no ha sido el calificativo papal lo que más ha molestado al Gobierno de Jerusalén; lo que más le ha molestado, sin duda, es que la Santa Sede haya dado el paso de reconocer a Palestina como Estado y defender que la paz solo podrá negociarse y lograrse teniendo como objetivo la coexistencia de dos Estados. Una tesis que saca de quicio a Netanyahu, para quien Palestina nunca podrá ser un verdadero Estado con Fuerzas Armadas y que solo admitirá, como máximo, un Estado tutelado, que cuente únicamente con poderes administrativos.

Hasta ahora han reconocido a Palestina como Estado 135 países, pero que lo haga la Santa Sede tiene un significado singular por su autoridad moral y también por el significado de la religión católica en Tierra Santa, aunque apenas haya católicos. El pecado original de Israel, y de ahí se han derivado muchos males, es no haber consentido la solución de los dos Estados aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1947, meses antes de que Ben Gurion proclamara en Tel Aviv el nacimiento del nuevo Estado de Israel. Desde entonces, todos los movimientos en esa dirección fueron bloqueados por Estados Unidos. Hubo un tiempo, a partir de los acuerdos para la paz en Oslo, en que se pensó que con Ehud Barak como primer ministro israelí se lograría sellar la que llamaron la paz de los valientes. No fue así, cuando estaba a punto de firmarse el acuerdo se rompieron las negociaciones. Barak culpó a Arafat y Arafat a Barak. El factor religioso ha sido determinante, la mayoría de las veces para poner pedruscos en el camino de la paz. En Palestina, y de manera especial en Jerusalén, hay demasiadas tierras y piedras sagradas de las tres grandes religiones monoteístas.

Más presión. No se trata solo de política sino de teología, por eso el hecho de que el Papa se haya implicado de forma tan clara y contundente contribuirá a la presión para que ambas partes vuelvan a la mesa de negociaciones. Francisco ya logró algo insólito en junio del año pasado cuando reunió en el Vaticano al presidente palestino Abbas y al israelí Peres para un rezo común. A este Papa le gusta afrontar los problemas de manera directa, sin los rodeos de la diplomacia barroca, lo que clarifica las cosas en un asunto tan complejo y donde se juegan grandes intereses, también del Vaticano. Aparte de la paz global quiere negociar con Israel acuerdos bilaterales sobre el estatus de los llamados Santos Lugares del cristianismo y su proyección sobre asuntos económicos y fiscales. La Asamblea General de la ONU decidió por abrumadora mayoría el 29 de noviembre de 2012 reconocer a Palestina como Estado observador no miembro, una situación análoga a la de la Santa Sede y Suiza.

Son demasiados guantes los que le están lanzando al Gobierno israelí como para que rechace recogerlos. Aunque las dudas de cómo acabe recogiéndolos son muchas e inquietantes, teniendo en cuenta las características del Gobierno que acaba de formar Netanyahu. Cuando se contaron los votos de los comicios del 17 de marzo saltó la sorpresa: Netanyahu había conseguido los mejores resultados de su carrera, muy por encima de los que le pronosticaban las encuestas, al lograr 30 diputados en un Parlamento de 120. Conviene advertir que el Parlamento israelí es el más fragmentado del mundo, donde en los últimos años conviven entre 10 y 14 partidos. Un verdadero rompecabezas a la hora de formar Gobierno. Con ese resultado, se pensó que Netanyahu lo conseguiría fácilmente, pero no fue así. Empleó negociaciones maratonianas para conseguir articular una mayoría absoluta por solo un diputado después de una verdadera subasta de carteras por las que pujaron los más agresivos halcones de Israel. Cuando faltaba solo una hora para cumplir los 50 días de plazo para formar Ejecutivo, Netanyahu, después de muchos sudores fríos, tuvo que tragar el sapo de su enemigo confeso, Naftali Bennett, líder del partido nacionalista religioso Hogar Judío, que le impuso a la joven Ayelet Shaked como ministra de Justicia y a la que no puede ver ni en pintura. Ya no tenía alternativa y aceptó, de lo contrario hubiera tenido que ir al despacho del presidente Reuven Rivlin para presentar su renuncia y que le encargara a otro ese cometido.

Un estratega irresponsable. Componen el nuevo Ejecutivo cinco partidos que se detestan furiosamente. Salvo uno que se considera de centro, el Kulanu, liderado por el flamante ministro de Finanzas, Moshe Kahlon, los otros basculan hacia la derecha y hacia el radicalismo religioso ortodoxo. Enemigos confesos de la coexistencia con un Estado palestino. Veremos muchas tensiones porque Netanyahu es un pragmático cortoplacista, pero un irresponsable estratega a largo plazo. Buena parte del nuevo Gobierno cree y defiende que Palestina es una tierra entregada por Dios al pueblo de Israel. Es su dogma y serán difíciles las negociaciones con los dogmáticos, pero a la larga inevitables. Su existencia dependerá de que acepten la coexistencia.  

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