Un listón nuclear más bajo
Aumenta el riesgo de ataques atómicos.
La posibilidad de que se use un arma nuclear como recurso de ataque por primera vez desde 1945 es, por fortuna, extremadamente remota. Pero en 2017 ya no será algo que se pueda descartar por completo. La verdad incómoda es que las bombas nucleares nunca habían representado un peligro mayor desde el final de la Guerra Fría. Hoy los riesgos (desde un error de cálculo geopolítico hasta agentes sin escrúpulos, ya sean Estados o grupos terroristas) son mayores que los que había a finales del siglo XX.
Lo que caracterizó el equilibrio del terror de la Guerra Fría era el enorme rechazo a asumir riesgos por parte de los dos bandos. Tras sobresaltos como la crisis de los misiles de Cuba, los mecanismos para gestionar posibles accidentes o crisis nucleares, incluyendo los famosos teléfonos rojos entre Washington y Moscú, se perfeccionaron hasta tejer una red de seguridad bastante eficaz. Hoy la situación es muy distinta. Cuando acabó la Guerra Fría estos protocolos fueron perdiendo importancia porque ya no eran necesarios. Sin embargo, el creciente antagonismo entre la Rusia de Vladimir Putin y Occidente ha hecho que esta conclusión parezca prematura. En los últimos años Rusia ha bajado descaradamente el listón de las circunstancias en las que podría amenazar con usar e incluso usar realmente armas nucleares.
En su ofensiva para que Rusia recupere su estatus de gran potencia, Putin ha demostrado ser una persona dispuesta a asumir riesgos. La anexión de Crimea y la invasión encubierta de Ucrania en 2014 fueron pruebas de hasta dónde está dispuesto a llegar para salvaguardar lo que en su opinión son los intereses vitales de Rusia. Y lo que es más: tanto él como la camarilla que decide la política exterior rusa tienen una fijación paranoica con que Occidente, y especialmente Estados Unidos, está decidido a someter a su país.
En los últimos tiempos Putin no ha dejado de recordar al mundo que solo Rusia posee capacidad nuclear para destruir a Estados Unidos, y que en ciertas circunstancias estaría dispuesto a usarla. Oficialmente, la doctrina nuclear rusa establece que solo podría recurrir a las armas nucleares si estuviera sometida a un ataque militar convencional que comprometiera la supervivencia del Estado. Pero ahora parece que se impone una visión más artera. En una confrontación en la que Rusia considerara que sus intereses vitales están en juego podría “escalar para bajar la escalada”. La idea es que Rusia podría usar un arma nuclear táctica de pequeño tamaño contra tropas hostiles para demostrar que está dispuesta a afrontar una guerra nuclear a mayor escala. Según esta hipótesis, los líderes de las democracias occidentales, con una menor tolerancia a asumir riesgos, en una situación así se verían obligadas a retroceder.
Por este motivo el acoso de Rusia a Estonia, Letonia y Lituania, todos ellos países miembros de la OTAN, con frontera con Rusia y con grandes minorías rusófonas, se perfila tan amenazante. Moscú está probando sus defensas aéreas, orquestando ciberataques, realizando maniobras militares intimidatorias, alentando la subversión política y lanzando propaganda de forma incansable desde sus televisiones. Al contrario que Ucrania, los países bálticos no tienen para Moscú un particular valor estratégico. Pero nada le gustaría más al Kremlim que utilizarlos para poner a prueba la resistencia del artículo 5 de la OTAN, que obliga a todos sus miembros a responder solidariamente frente a un ataque contra cualquiera de ellos.
La posibilidad de que un error de cálculo del jugador del Kremlin lleve a un conflicto nuclear es mucho mayor desde la victoria de Donald Trump, que el pasado mes de julio provocó un auténtico terremoto al sembrar dudas sobre su voluntad de defender a los países bálticos en caso de agresión rusa.
Tiempo de ensayos
La amenaza nuclear que representa Corea del Norte es diferente. A principios de 2016 llevó a cabo su cuarto ensayo nuclear, y desde entonces ha estado realizando ensayos de misiles con mayor frecuencia que nunca. Esto culminó el pasado agosto con el lanzamiento exitoso de un misil balístico realizado desde un submarino, mientras que en septiembre se produjo el quinto ensayo nuclear, el mayor hasta ahora. Además, hay pruebas de que ya tendría capacidad de miniaturizar una cabeza nuclear y montarla en un misil. A Estados Unidos y Japón les preocupa el aumento del alcance de los misiles norcoreanos, pero aún más cuáles podrían ser los planes de Pyongyang para llevar a cabo un ataque capaz de penetrar las sofisticadas defensas antimisiles de sus vecinos del Sur.
Los expertos reconocen que Corea del Norte podría ser capaz de montar cabezas nucleares en alguno de los numerosos proyectiles de corto alcance que posee. Si dispararan muchos de estos misiles, la mayoría convencionales pero otros con carga nuclear, estos pasarían desapercibidos para las defensas balísticas como agujas en un pajar. Para que esta táctica fuera eficaz, la estructura de mando debería trasladarse a la línea de frente. Esto aumentaría las posibilidades de que, en una época de tensión, cuando el miedo del régimen a ser descabezado por un ataque estuviera en su cénit, el listón nuclear quedara peligrosamente bajo, de modo que un simple comandante sobre el terreno podría dar la orden.
Por último, y aunque ningún grupo terrorista ha logrado hasta ahora hacerse con un dispositivo nuclear, bastaría con el robo de un 0,01% del stock del material fisible del mundo para desencadenar una catástrofe global. Ningún grupo terrorista ha dispuesto jamás de unos recursos financieros y unas capacidades técnicas comparables a las del Estado Islámico. Pero si este continúa perdiendo terreno en 2017 frente a las fuerzas apoyadas por Occidente, aumentará la tentación de tratar de llevar a cabo un acto espectacular de desafío y destrucción. Sus posibilidades de conseguirlo son ínfimas, pero suficientes como para que se convierta en la peor pesadilla de los servicios de inteligencia occidentales.



