El discurso de Renzi contra la austeridad

30 / 07 / 2014 Alfonso S. Palomares
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El primer ministro de Italia, a quien corresponde este semestre la presidencia de la UE, el único dirigente de izquierdas que ha ganado claramente en las elecciones europeas, quiere instalar un nuevo discurso en Bruselas que conjugue la estabilidad y el crecimiento.

Contra los hechos no valen argumentos, dijeron los filósofos de la Grecia clásica y repitieron más tarde los pensadores escolásticos de la edad dorada de las catedrales góticas. Los hechos demuestran que después de seis años de austeridad como dogma absoluto de la Unión Europea, en los países del sur del continente son millones los que han quedado sin trabajo y muchos los que, teniendo un empleo, no llegan a fin de mes, lo que significa que el trabajo no les libera de la pobreza. Mientras tanto, el pequeño porcentaje de la población que suponen los ricos multiplica su fortuna. La desigualdad es una evidencia, sin embargo nunca hemos oído a la señora Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional, o a la señora  Merkel, canciller de Alemania, clamar contra el enriquecimiento desaforado de los más ricos, ni contra las ganancias obscenas de los fondos de rapiña en los casinos donde operan los buitres, sino que les oímos pedir que los salarios de los trabajadores de infantería bajen todavía más. Como si Bangladesh fuera el referente ideal.

El debate económico del futuro.

Y sin embargo, el gran tema del debate económico del futuro va a ser el de la desigualdad, que ha destacado el libro de Thomas Piketty El capital del siglo XXI. Hace algunos días, en Bruselas, cuando los dirigentes luchaban desaforadamente por la distribución de los puestos de la alta dirección de la UE, también se habló de la desigualdad entre el Norte y el Sur, así como de la ruptura con los dogmas de la austeridad. No llegaron a ningún acuerdo y las decisiones fueron aplazadas para finales de agosto. Las vacaciones les servirán para reflexionar y ver la forma de jugar sus cartas en función de los intereses de cada uno.

La presidencia de la Unión Europea en el semestre que ha comenzado a principio de este mes de julio corresponde a Italia. Y el nuevo rostro del poder italiano es el de su primer ministro, Matteo Renzi. Renzi es la estrella ascendente de la socialdemocracia europea que quiere instalar un nuevo discurso en Bruselas, donde se conjugue el rigor con la flexibilidad. Fue el único dirigente de izquierdas que ganó de manera rotunda las elecciones europeas del pasado 25 de mayo, que tanto estropicio hicieron en la causa europea y a la mayoría de los dirigentes. Renzi superó el 40% de los votos, una cifra raramente alcanzada por un partido político italiano desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

La carrera de Renzi ha sido tan precipitada como desconcertante. El pasado noviembre, el Partido Democrático (PD) se hundía en el desconcierto por la falta de liderazgo. La formación convocó primarias para elegir al secretario general y el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi, de 38 años, ganó por una amplia mayoría. Logró la victoria con un esperanzado discurso reformista que frenaba el populismo destructivo del cómico Bepe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas. Lo primero que hizo el nuevo líder del PD fue enviar un mensaje al primer ministro, Enrico Letta, correligionario en la militancia partidaria, para que no temiera, le decía que no iba a moverle la silla sino todo lo contrario, le fortalecería su poder. Pronto varió de opinión, le pareció que Italia tenía que cambiar de manera inmediata y necesitaba reformas urgentes y consideraba que Letta no era el hombre adecuado para llevarlas a cabo, ya que carecía del empuje y del coraje necesarios para una tarea tan exigente. Dominado por la impaciencia y por la ambición decidió retirarle el apoyo a Letta en una jugada arriesgada. Letta no suscitaba entusiasmos pero tampoco rechazos clamorosos, por eso fueron numerosos los que criticaron a Renzi por su prisa neurótica y por su ambición evidentemente desmedida. En febrero ya había logrado ser primer ministro de Italia bajo un coro de miradas escépticas, empezando por las del presidente Giorgio Napolitano. Letta, el minucioso Letta, había pasado a formar parte de la historia de la fugacidad en la cúpula del poder en Italia. Arrebatado por la prisa, el primer ministro empezó a actuar y a poner en marcha los grandes cambios, quería cambiarlo todo.

Decisiones arriesgadas.

Apadrinaría el gran cambio en un país acostumbrado al estancamiento y a las astracanadas de Silvio Berlusconi, un país cuyo PIB ha crecido solo el 10% desde 1990 (España ha crecido en el mismo periodo, a pesar de la crisis, un 33%). El mensaje del nuevo primer ministro fue que había que relanzar el crecimiento, racionalizar la economía y apostar por las nuevas tecnologías. Para lograrlo había que tomar decisiones arriesgadas. La primera que debía plantear era la promulgación de una nueva ley electoral, ya que la vigente, aprobada por Berlusconi, fue declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo. Era la ocasión para poner en marcha una ley electoral que propiciara Gobiernos fuertes y duraderos. La fragilidad de los Ejecutivos forma parte del relato del ejercicio del poder en Italia a lo largo de los últimos 70 años, en los que se han sucedido 68 Gobiernos. Derribar y formar Gobiernos acabó convirtiéndose en el juego preferido de la clase política. En los últimos 3 años, se han sucedido cuatro Ejecutivos, alguno de ellos de tecnócratas como el de Mario Monti, que tampoco resolvió los problemas.

Como con frecuencia se quedaban sin gobierno, los italianos crearon el dicho de que “se funciona mejor sin Gobierno que con Gobierno”. Nada más falso. Los últimos veinte años se arrastraron con una monotonía atroz, perdiendo oportunidades e iniciativas. Las maniobras de Berlusconi eran espectáculos circenses. Italia, dadas sus circunstancias, pudo haber sido la locomotora económica del Sur. No lo fue por la permanente inestabilidad. Los mismos italianos que afirmaban que el mejor Gobierno era el que no existía, ahora se dan cuenta de que con Gobiernos estables, el país sería otro. Por eso, Renzi planteó una ley electoral que impidiese las continuas crisis gubernamentales. La nueva ley exige a los partidos un mínimo del 8% de los votos para obtener escaños; a las coaliciones, el 12%, y a cada uno de los partidos que forman la coalición, un mínimo del 4,5%. El partido que obtenga más del 37% de los votos tendrá una prima del 15% para que pueda gobernar con una mayoría confortable. Los italianos comprendieron las explicaciones de Renzi y su popularidad subió como la espuma.

La reforma del Senado.

Al mismo tiempo planteaba una serie de medidas como bajar el coste y los salarios de la clase política, una de las mejor pagadas del mundo. La reforma del Senado significó un cambio sustantivo de la hasta ahora poderosa cámara, que tenía el mismo poder que la de los diputados. Regía el bicameralismo perfecto. Ahora ha pasado a ser la cámara donde está representado el poder local y regional, donde se sientan alcaldes y presidentes regionales que no cobran sueldo y que ha pasado de 315 senadores a 150 senadores. La decisión que le granjeó una ola de apoyos fue la de que los trabajadores que ganaban menos de 1.500 euros netos mensuales pasarían a ganar 100 euros más por compensaciones fiscales. Anunció recortes en defensa y el cierre de 385 cuarteles, aunque bastantes de ellos ya estaban cerrados o eran poco operativos. Manifestó el propósito de hacer una Administración más ligera y eficaz. Los italianos conectaron con el vertiginoso ritmo de reformas que imprimía Renzi y le votaron masivamente el 25-M, consiguiendo un enorme capital político, muy necesario para jugar sus cartas en Bruselas. Su discurso es claro y quiere buscar apoyos en otros países y en los Gobiernos socialdemócratas. Rechaza el dogma monoteísta de la austeridad, ya que la austeridad ha causado un genocidio laboral, destruyendo empleos o provocando drásticas bajadas salariales. Va a defender con uñas y dientes, ha dicho, que las coordenadas económicas se muevan por un pacto de estabilidad y crecimiento, no por el de estabilidad a secas. Según Renzi, Europa pertenece a los europeos no a los banqueros alemanes. “Yo no le digo –añade– al Bundesbank cómo debe supervisar a sus bancos regionales o sus cajas”.

La definición de las líneas maestras de la futura política europea va a ser una lucha dura con intereses contrapuestos. Esperemos que no ganen los de siempre.

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