El dilema de Perú

27 / 05 / 2011 0:00 JUAN DAVID LAVERDE PALMA
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La hija de Alberto Fujimori y un exmilitar golpista compiten por hacerse con la presidencia del país andino en las elecciones del 5 de junio.

Ella es la hija de un exdictador condenado por crímenes de lesa humanidad; él, un exmilitar golpista que enarbola las banderas del nacionalismo, mucho menos radical ahora. Ella, la encarnación del régimen populista que postró a Perú en los 90, aunque dice marcar distancias del gobierno corrupto que raspó la olla de las finanzas estatales. Él lucha por espantar la sombra de su padre y su ideología racista, y capea acusaciones sobre los excesos que presuntamente permitió en sus tiempos como capitán del ejército para combatir el terrorismo. Son Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Uno de ellos, el próximo 5 de junio, será el sucesor de Alan García en Perú.

El primero en echarle sebo al candil fue el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, quien sin rodeos sentenció hace poco: “¿Humala o Keiko? Es elegir entre el sida y el cáncer”. Muy a pesar de su frase, hoy prefiere el cáncer de Humala, y en cuanto escenario puede repite que si Keiko gana, los asesinos saltarán de la cárcel al Gobierno. En 1990 Vargas Llosa renunció temporalmente a sus ficciones y lanzó su candidatura presidencial, pero fue aplastado por su rival, Alberto Fujimori, padre de Keiko. Veintiún años después, Vargas Llosa, ya en el Olimpo de la literatura, sigue lanzando sus dardos y su rival, Alberto Fujimori, cumple una condena de 25 años como autor intelectual de dos horrendas masacres. Keiko, en el medio, continúa reivindicando la inocencia de su padre, y en dos de las últimas cuatro encuestas figura como ganadora.

Por distintos caminos los destinos de Ollanta y Keiko se han cruzado en la vida pública. Ollanta Humala Tasso nació en junio de 1962 en Lima. Fue el segundo de siete hermanos. También en Lima, 13 años después, nacería Keiko, la mayor de la saga Fujimori. Mientras sus padres, Alberto y Susana Higuchi, ganaban espacio en la política, Keiko estudiaba en el colegio Recoleta. La llamaban la Chinita. Entretanto, la doctrina ultranacionalista de Isaac Humala, padre de Ollanta, fue calando en sus hijos. De marxismo y comunismo les leyó cuanto podía de regreso de la escuela. En ese contexto, en 1982, Ollanta inició su carrera militar. Al final de la década, ya como capitán, dirigía operaciones contra la guerrilla de Sendero Luminoso.

Por esos días Keiko empezó a colarse en la política y fue aprendiendo los entresijos del poder. En 1990, sin cumplir 15 años, repartía fotos y calendarios de su padre por toda Lima. Poco después, cuando Fujimori le ganó en las urnas a Vargas Llosa, Keiko oficiaba como la secretaria personal del presidente. Lo que vendría después sería una montaña rusa. En 1992 Fujimori disolvió el Congreso –el primer aviso de lo que vendría– y ordenó detener a algunos políticos rivales. Tras el autogolpe, la controversia no dejó de rondar a Fujimori, pero el primer gran escándalo provino de la mano de su esposa, Susana Higuchi, quien dijo en 1994 que era torturada en el palacio de Gobierno. La salida tuvo un enroque simple: Susana se fue de la casa presidencial tras un divorcio exprés y Keiko asumió el papel de la primera dama más joven de Latinoamérica. Tenía 17 años.

El populismo con el que edificó su mandato le granjeó un apoyo a Fujimori que fue ratificado en las urnas en 1995. Al tiempo que él y Keiko recorrían los barrios deprimidos del Perú y el márquetin del boca a boca fue entronizando su visión mesiánica, comenzaron a aparecer las denuncias. La mano derecha de Fujimori, Vladimiro Montesinos, cometió toda suerte de delitos como jefe del Servicio Nacional de Inteligencia: torturas, crímenes y compra de congresistas para mantener el aceite burocrático en el parlamento. En septiembre del 2000 apareció un vídeo que demostraba esos pagos y el Gobierno Fujimori quedó herido de muerte. Se abrieron expedientes, se descubrieron más vídeos. Apenas cuatro meses después del inicio de su tercer mandato, Fujimori renunció vía fax desde Japón. Montesinos fue enjuiciado y condenado. Su relación con la casa Fujimori era tan cercana que Kenji, hermano de Keiko, solía decirle tío Vladi, según recuerdan algunos periodistas consultados por Tiempo.

La heredera.

Keiko no ha sido ajena a la controversia. La prestigiosa revista Etiqueta Negra detallaba en un perfil hace algunos años que los estudios que hizo en Boston, Estados Unidos, así como los de sus tres hermanos, costaron más de 400.000 dólares (280.000 euros). ¿Cómo los pagaron? La biografía oficialista habla de créditos bancarios. La periodística, de que se educaron en el extranjero a expensas del Estado. Nada está probado, sin embargo, pero cuando la interrogan sobre el largo etcétera de corrupción en los tiempos de su padre, Keiko siempre contesta, sonriente, una ecuación muy simplista: “Él es inocente”. Los tribunales contrariaron su versión, el Congreso lo destituyó por “incapacidad moral” y le pidió cuentas. Pero evadió la Justicia y se asiló en Japón. Al tiempo que avanzaban las pesquisas contra él, Keiko se alejó de la política y se aventuró en proyectos empresariales. Se casó con el estadounidense Mark Vito Villanella y tuvo dos hijos. Pero le tocó volver a la arena política cuando Fujimori fue detenido en 2005 y luego sentenciado a 25 años de cárcel.

Entretanto, en esa turbulenta década de los 90, Ollanta Humala ganó protagonismo en las filas castrenses y perfiló su proyecto político. En octubre del 2000, a punto de colapsar el régimen de Fujimori, lideró un levantamiento militar que lo llevó a prisión –después sería amnistiado–. En 2005 su hermano Antauro tomó una comisaría en Andahuaylas, en la sierra de Perú, pidiendo la renuncia del presidente Alejandro Toledo. Cinco policías murieron. Antauro fue condenado. Y Ollanta investigado. Alejandro Rospigliosi, exministro del Interior, en declaraciones a Tiempo, ha recordado que Ollanta apoyó la rebelión de su hermano y que como militar dejó una estela de denuncias sobre supuestos crímenes que salieron a relucir en 2006, cuando lanzó su candidatura presidencial por primera vez. Los testigos, no obstante, se retractaron. Aun así, perdió las elecciones contra Alan García. Su cercanía con el presidente venezolano, Hugo Chávez, le pasó factura. “Es un militar con un proyecto estatista y autoritario”, añade Rospigliosi y remata: “Le ha caído del cielo el apoyo de Vargas Llosa, que más que un respaldo es un voto contra Keiko”. En Perú la gente está obligada a votar.

La reencarnación de los Fujimori.

Su rival carga con el desprestigio del apellido Fujimori, pero también con el populismo que este encarna. En mayo de 2006 Keiko fue la congresista más votada y ahora está en carrera para que en su currículum, además de primera dama, figure como presidenta. Kenji, su hermano, heredó sus votos en el Parlamento. Los Fujimori se han reencarnado políticamente, qué duda cabe: al menos diez asentamientos humanos tienen el nombre de Keiko en Perú. La política del menudeo, dicen sus detractores. El Nobel peruano, verbigracia, ha recordado la década de “oprobio del Perú […] a merced del puñadito de forajidos que perpetró el más espectacular saqueo a las arcas públicas y los más horrendos crímenes contra los derechos humanos de nuestra historia”. Su hijo, Álvaro Vargas, ha escrito también: “El fujimorismo no es una idea, es un método. El método Al Capone”. El constitucionalista Enrique Bernales ha hecho notar además que el Estado solo ha podido recuperar 300 millones de “los 6.000 millones de dólares [4.200 millones de euros] que, se estima, se robaron” en tiempos de Fujimori.

En la acera de enfrente, el periodista y escritor peruano Jaime Bayly ha reivindicado la candidatura de Keiko, diciendo que, a pesar de su padre, “presidirá un Gobierno respetuoso de las formas democráticas”, y ha dejado constancia de sus reservas por Ollanta, a quien ha calificado como “dócil aliado del dictador venezolano”. Rospigliosi añade que un grueso de la opinión pública lo considera, además, “enemigo de la libertad de prensa”. Jorge Bruce, uno de los más respetados opinadores de Perú, se queja a Tiempo de los despidos de varios periodistas de un canal de televisión porque “en una sucesión de reportajes intentaron humanizar a Ollanta Humala”. “¿Querían acaso que lo animalizaran?”, se ha sumado al reproche Vargas Llosa.

Según Bruce, la estrategia de ambos candidatos en la recta final de campaña ha sido simple: “Keiko quiere que la llamen solo por su nombre –con la secreta esperanza de que no asocien lo malo de su padre–; y Ollanta busca que le dejen de llamar comandante para olvidar sus controversias como militar y la sombra de Chávez. De hecho, dice que su proyecto es más cercano al del expresidente de Brasil Lula da Silva”.

¿A quién elegir? El periodista Martín Mucha resumió así, en un artículo en El Mundo, el dilema de su país: “¿El lulachavista Ollanta Humala? ¿La hija del dictador? A tragar saliva”.

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