El dictador que conoció de cerca la disidencia
A Fidel Castro le fueron saliendo conspicuos intelectuales cada decenio.
Con ese proverbial regusto por la paradoja vuelta humor que se gastan en exclusiva los oriundos de la isla caribeña, expresa Raúl Rivero: “Fíjense si los cubanos somos exagerados, que de los que no tienen moral, decimos que tienen doble moral...”. Él ha sido el último exiliado y uno de los más sonoramente represaliados, además de único superviviente ya, en una saga de contados escritores (literalmente, los cinco dedos de una mano) que, como en una carrera de relevos, consiguieron tocarle las pelotas, no al régimen, sino al propio Fidel Castro. Se llamaron, por este orden de desaparición de la isla, Cabrera Infante (Tres tristes tigres), Heberto Padilla (Fuera del juego), Reinaldo Arenas (Antes que anochezca), Jesús Díaz (Las palabras perdidas) y el propio Rivero (Firmado en La Habana). Cada uno de estos escritores, que le salieron sucesivamente rana al régimen, constituyó un sapo que se hubo de tragar, cada decenio, el único dictador, tal vez, que, a lo largo de la historia, le ha dado una importancia de proximidad casi afectiva a la cultura bibliada, y que trató personalmente con sus disidentes.
No es de extrañar que sus cenizas –en el viaje inverso de reconstrucción de la toma del poder hacia Sierra Maestra– hayan sido exhibidas inicialmente en el llamado Memorial José Martí, de la Plaza de la Revolución, en La Habana. Lo detectó antes que nadie el lúcido e insobornable historiador Manuel Moreno Fraginals, exiliado en Miami a mediados de los 90, ya muy anciano, después de un largo exilio interior, a causa de sus hostiles tesis. Aunque no pudo exponerlo con rotundidad hasta su salida, había desmontado muy bien el hábil secuestro de la historia por parte del castrismo, para fabricarse un patriotismo a la carta. Con mimbres de falseada dialéctica hegeliana, habían convertido al gran padre de la emancipación de la Patria, José Martí, en el preámbulo de la Revolución, antes de dejarle barba para encarnarlo en la mismísima figura de Fidel Castro... De ahí que, en muchas plazas y avenidas, los grandilocuentes monumentos de los caídos por la independencia de Cuba se den la mano con el recordatorio de los mártires de la Revolución, como si los mambises de fines del XIX fuesen castristas, y el programa abierto en 1898 no hubiese culminado hasta 1959...
Es lo que E. Morin llamaría “la mudanza del pasado”, con una descarada anteposición de los efectos a las causas. Consciente de ese engranaje, Fidel, que era de todo menos ingenuo, contó desde muy pronto con la unción de la “divina presencia” del comandante Che Guevara, igual de propicio como invocable “transparencia”, a lo Espíritu Laico, que como su emisario en la Tierra hasta el martirologio (“¡Padre, por qué me has abandonado!”). Es evidente que el mandatario verdeoliva hubiera querido trasladar para siempre al exterior esa imagen de socialismo edénico y libertario, con ingredientes troskistas y cheguevarianos; aires asamblearios de un socialismo cálido y rumbero, a ritmo de incesantes maracas, chapaleando en una placenta solar con líquido amniótico de mojitos...
Pero, ay, decenio a decenio, le fueron saliendo, entre muchos otros, esos conspicuos intelectuales de mierda, para recordarle en las barbas que lo suyo era un “estalinismo tropical” de corte ortodoxo. Desde Cabrera Infante, con sus incómodas consignas paranomásicas (“castroenteritis aguda de la Reichvolución cubana”) a Rivero, símbolo de una represión intempestiva, a punto de jubilarse. Pero, a los lados de Reynaldo Arenas, otro símbolo colectivo, del éxodo del Mariel, le dolieron, en lo más íntimo, Heberto Padilla (“La Historia es esa rata que cada noche sube la escalera...”), a quien hubo de revocarle un prestigioso galardón y someterlo a una ópera bufa de palinodia, en 1971 (el caso Padilla), que significó la retirada de la adhesión de la izquierda intelectual de Occidente; y, sobre todo, Jesús Díaz, su antiguo colaborador y gran ideólogo, que se dio sorpresivamente el piro, a principios de los 90 (“Te llamas Jesús, pero deberías llamarte Judas”, hizo escribirle a su ministro de Cultura, Armando Hart). Su revista Encuentros, en Madrid, significó el comienzo del aperturismo entre los escritores del interior y la diáspora, y en la primera de su saga de novelas en el exilio, Las palabras perdidas, el criticismo no elude esta imagen de La Habana, hoy más viuda que nunca: “Esta ciudad nació en la sal del puerto / y allí creció caliente, deschavada, / el sexo abierto al mar, / el clítoris guiando a los marinos / como un faro de luz en la bahía”.


