Del slum a los escenarios con pasos de ballet
Jessa Balote, una extraña Cenicienta en una ciudad de Manila con decenas de miles de niños pobres.
De una foto de Don Quijote a otra de El lago de los cisnes, los dedos de Jessa Balote danzan por sus recuerdos en tutú, recortes de prensa que decoran el chamizo de madera y chapa donde viven sus padres. Hija de vendedores de basura en el gueto de Aroma, el destino de esta bailarina de 18 años nacida en el seno de una familia numerosa estaba unido de manera insoslayable al de otras 5.000 que atestan el barrio marginal de Tondo, vertedero de la bahía de Manila.
Según el último informe de Unicef Pobreza infantil en Filipinas, alrededor de 23,7 millones de ciudadanos del país (una cuarta parte de la población) viven por debajo del umbral de la pobreza; la mayoría se concentra en las grandes ciudades.
Pobreza urbana
La miseria arrasa familias filipinas como los tifones asolan el archipiélago cada año. Pero no son temporales imprevisibles los que condicionan la pobreza urbana. Aunque el PIB está creciendo a un ritmo del 6% anual –uno de los de mayor progresión en el sudeste asiático–, determinados barrios de la región metropolitana de Manila acumulan cerca del 90% de la riqueza del país, según la edición filipina de la revista Forbes.
Mientras, la capital alberga a veinte millones de personas, y en el distrito de Tondo, que incluye el slum de Aroma, se hacinan 70.000 personas por kilómetro cuadrado –una de las zonas más densamente pobladas del planeta–. Una tormenta perfecta para el abandono infantil y la adolescencia indigente. Se estima que hay 30.000 menores viviendo en las calles de Manila (200.000 en todo el país) con menos de 46 pesos (0,8 euros) al día.
“Es un lugar difícil para crecer y vivir. Mi familia no está segura por la droga y la violencia”, explica Jessa a las puertas del que fue su hogar, entre el cacareo de gallos y el griterío de niños semidesnudos jugando entre desechos. Hace poco menos de un año que se mudó a otro barrio gracias a los ingresos acumulados desde que dio el salto de las calles a los escenarios, tras ser descubierta a los 11 años por Futuros Proyectos de Ballet.
Jóvenes con potencial
Creada en el año 2008 por Lisa Macuja-Elizalde, fundadora y directora artística de Ballet Manila, la beca ofrece lecciones a adolescentes con potencial pero que carecen de recursos, como Jessa.
“Estaba en el colegio la primera vez que vi el espectáculo Pinocho por televisión... nunca pensé que podría tener la flexibilidad de los bailarines”, recuerda mientras estira las puntas de sus pies en un acto reflejo.
Unos 50 adolescentes marginados –y 60 más que pagan por las clases– aprenden cada año en la escuela de Macuja. Todos los bailarines imberbes reciben entre 9 y 33 euros por actuación, mientras que los becados tienen una mensualidad de hasta 65 euros dependiendo de su nivel, así como dietas y equipamiento.
También becada por la Academia Rusa de Ballet de San Petersburgo, Lisa Macuja sabe de la importancia del apoyo académico para que los estudiantes alcancen la excelencia. A sus 52 años, el currículum de Macuja describe el éxito de una artista precoz que se graduó con honores en los años 80 del pasado siglo y llegó a ser la primera bailarina principal extranjera en el Ballet Kirov Ruso. A su regreso a Filipinas, una década más tarde, Macuja decidió promover su especialidad entre niños.
“La danza requiere disciplina del cuerpo, lo que a su vez mejora también el aprendizaje intelectual”, dice quien reconoció las cualidades innatas de Jessa: “Su talento ya era evidente desde la primera audición... Su ventaja sobre el resto eran la diligencia y el trabajo y el esfuerzo constantes”.
Desde aquella primera prueba, Jessa ha recorrido el mundo para actuaciones en el Grand Prix de Asia 2012 en Hong Kong, o en el Reino Unido el año pasado.
Ahora gana 32.000 pesos (474 euros) al mes, mucho más que su padre, Giorgio, cuyos empleos a media jornada como obrero y recolector de basura nunca fueron suficientes para sostener a una familia de seis hijos y dos nietos.
“Al principio fue difícil combinar escuela y danza. Pero quiero ser profesora de Matemáticas”, dice Jessa, siempre con los pies en el suelo.
Cenicienta en un inusual cuento, la bailarina del slum es consciente de que el relato de los niños marginados en Filipinas es otro. Familias numerosas en megalópolis densamente pobladas, desprovistas de programas de planificación familiar que la tradición católica rechaza. Desigualdad insultante en guetos miserablemente pobres, ocultos a la sombra de las oficinas de negocios y sus porcentajes de crecimiento económico. Historias que se repiten como los pasos de una danza siniestra.



