Crisis total en Brasil
El proceso de destitución de la presidenta Rousseff aprobado en el Parlamento y la profunda recesión presagian un negro futuro para el país que hasta hace poco simbolizaba el crecimiento económico y la lucha contra la pobreza.
Seguí la votación en el Congreso brasileño sobre el impeachment o destitución de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, a través de un canal de la televisión uruguaya. No podía creerlo, de verdad. Parecía un reality show, donde las congresistas y los congresistas se insultaban a gritos y se empujaban con fuerza, siempre a punto de llegar a las manos. La apoteosis llegó a la hora de la votación, una votación individual donde cada diputado disponía de diez segundos para ofrecer la razón de su voto. Delirantes las razones. Muchos votaron “por Dios” y otros “por mi esposa Paula”, “por mi sobrina que va a nacer”, “por mi esposo Rodolfo”, “por el café”, “por los evangélicos”, “para evitar que los niños aprendan sexo en la escuela”, “por mi nieto Gabriel” e incluso, un exmilitar se atrevió a votar por la memoria de un famoso torturador de los tiempos de la dictadura. Para acentuar el tono de esperpento, algunos tiraron confeti. Entre los motivos aducidos, Dios y los nietos se llevaron la palma, no es extraño que digan que en este Congreso predominan los fundamentalistas religiosos. Y otra cosa curiosa, según una información, el 49% de los diputados están ligados por lazos de parentesco. El frente de rechazo a Dilma Rousseff sumó 367 votos afirmativos frente a 137 negativos. Una abrumadora mayoría. Mientras discutían y votaban, los manifestantes a favor y en contra llenaban las calles, pero fueron mayoría los partidarios de destituir a la presidenta.
El proceso se sustancia por crimen de responsabilidad. Es decir, se acusa a la presidenta y a su equipo económico de recurrir a préstamos de bancos públicos para equilibrar los presupuestos. Algo demasiado técnico y complicado, por eso a lo largo de los dos días de debate antes de la votación hablaron de la profunda crisis económica que estrangula al país, del desempleo creciente y de la corrupción de Petrobras, la petrolera de propiedad mayoritariamente estatal. La presidenta y su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), aparecen solos y aislados, abandonados por las formaciones con las que formaban coalición. Hace poco más de un año que fue reelegida y el PT lleva 13 años en el poder. El país que simbolizó con el PT de Lula da Silva y de la propia Rousseff el crecimiento económico y la lucha contra la pobreza, ahora es el símbolo de la recesión.
Guerra abierta
El desempleo aumenta a razón de 100.000 trabajadores por mes y amenaza con entrar en el abismo de los diez millones de parados. Toda esta debacle social multiplica la pobreza y la violencia. En estas circunstancias, los partidos que formaban la coalición gubernamental se declararon en guerra abierta, especialmente el Partido do Movimento Democrático do Brasil (PMDB), del vicepresidente Michel Temer. El dinero brasileño está nervioso y de ahí la esquizofrenia de muchos dirigentes y empresarios, la bolsa al día siguiente de la votación subió y cayó el cambio del dólar.
La corrupción está repartida entre los partidos, el extesorero del PT Vaccari Neto, está preso en Curitiba y el mismo Lula da Silva está siendo investigado. Nadie tiene las manos limpias. Dos de los amigos de Michel Temer, el presidente del Congreso, Eduardo Cunha, y Romero Jucá, considerado brazo derecho del vicepresidente, están denunciados por corrupción en el caso Lava-Jato. Además, Cunha, que ha presidido los debates y la votación, está acusado por la Fiscalía de tener millonarias cuentas en Suiza alimentadas por sobornos de Petrobras. Cunha es un evangélico fervoroso que a la hora de votar dijo: “Dios bendiga a este pueblo”. Ahora el paso siguiente corresponde al Senado, que tiene 81 miembros y está presidido por Renán Calheiros, del PMDB, que hasta ahora ha sido discreto y no ha manifestado su opinión. En el Senado comienza un procedimiento largo y engorroso, después de examinar las acusaciones, si se admite seguir adelante se llevará a la Comisión Especial de Instrucción. La presidenta tendrá ocasión de presentar alegaciones en su defensa y la comisión las analizará minuciosamente. Por mayoría simple se decidirá si desisten o continúan con el impeachment. Si continúan, Rousseff será apartada de su cargo durante 180 días y el vicepresidente Temer asumirá la función de presidente. Durante ese tiempo estará apartada, pero mantendrá su salario, la residencia en el palacio de Alborada y la seguridad.
Con uñas y dientes
El presidente del Tribunal Supremo Federal, Ricardo Lewandowski, encabezará el proceso, que puede ser largo. Si pasan 180 días sin que haya resolución, Rousseff retomaría el poder. Hay una pregunta en el aire de la opinión pública: ¿resistirá la presidenta este proceso sin dimitir? Porque su dimisión voluntaria pondría fin a este sinuoso suplicio. Quienes la conocen dicen que resistirá, en sus tiempos de luchas juveniles en la época de la dictadura resistió la tortura sin hablar. Ahora está convencida de que esta forma de apartarla del poder es un auténtico golpe de Estado contra la democracia. No solo resistirá sino que se defenderá con uñas y dientes. Brasil, tan luminoso, afronta tiempos oscuros.


