Algo huele a podrido en Escandinavia
La irrupción del grupo ultraderechista Demócratas Suecos en la vida parlamentaria del país pone de manifiesto el avance de esta vertiente política no sólo en Suecia, sino en toda Escandinavia.
Tras lograrlo en Dinamarca, Noruega y Finlandia, la derecha anti-inmigrantes ha conseguido finalmente entrar en el Parlamento de Suecia, que hasta ahora parecía completamente inmune a esta clase de movimientos políticos. Tras obtener el 5,7% de los sufragios en las elecciones de septiembre, el partido xenófobo Demócratas Suecos (DS) se sentará por primera vez en la cámara legislativa, lo que confirma una vez más que algo está cambiando en Escandinavia.
Sin embargo, ésta no es la única novedad que se desprende de los comicios. Por primera vez en la historia reciente de Suecia, la coalición moderada de centro-derecha ha obtenido la victoria por segunda legislatura consecutiva, algo que no había ocurrido en casi un siglo de predominio socialdemócrata. Y aunque los vencedores han asegurado que no piensan llegar a ningún pacto de gobierno con la extrema derecha, su reelección y el ascenso de ésta última confirman el giro conservador que está realizando toda la región nórdica, que tradicionalmente se había mostrado fiel a la izquierda.
Partidos antiinmigrantes.
En la actualidad, el único país de los mencionados que sigue teniendo un Gobierno socialdemócrata es Noruega. Sus correligionarios finlandeses empezaron a mostrar signos de debilidad a comienzos de la década de los 90, mientras que en Dinamarca el declive empezó a partir del año 2001. Al retroceso de la izquierda se ha añadido otro fenómeno: el ascenso de partidos nacionalistas y a menudo cercanos a la extrema derecha, cuyo principal objetivo es luchar contra la inmigración. Como en el resto de Europa, la aparición de estas formaciones se ha visto marcada por factores comunes, tales como el desencanto más o menos generalizado hacia la izquierda, una creciente inquietud ante el aumento de la inmigración y el avance de los sentimientos euroescépticos.
Hasta el momento, el Partido Popular Danés (PPD) es el que ha recabado más éxitos. Tanto es así que hoy ocupa un lugar clave en la escena política de su país. A pesar de no formar parte del Ejecutivo, actualmente integrado por una coalición conservadora que gobierna en minoría, sí le brinda su apoyo en el Parlamento. A cambio, se puede decir que obtiene todo o casi todo lo que quiere. Es así como esta formación ha logrado que se endurecieran gran parte de las políticas de inmigración, hasta el punto de convertir a Dinamarca en el país con las leyes de extranjería más estrictas de Europa.
Una de las propuestas más descabelladas que el PPD ha avanzado es la de privar a los inmigrantes extracomunitarios de las prestaciones sociales públicas durante los primeros siete años de permanencia en Dinamarca, sin que queden exentos de pagar los elevados impuestos que caracterizan a este país. “Es importante que quienes vienen contribuyan antes de empezar a disfrutar”, declaraba el portavoz económico de la formación, Kristian Thulesen Dahl, al presentar esta medida de cara a la aprobación de los Presupuestos para el año 2011. Según explica a Tiempo Thomas Larsen, analista político del diario danés Berlingske Tidende, “está claro que el propósito del PPD es poner las cosas lo más difíciles posible a los inmigrantes para evitar así que vengan y se aprovechen de las generosas ayudas sociales de que goza Dinamarca”.
Desde que empezó a colaborar con el Gobierno, en 2001, el PPD no ha hecho otra cosa que intentar poner cada vez más trabas a la inmigración. “No quieren que los inmigrantes vengan a Dinamarca a sacar partido de los altos estándares de calidad de que goza su sistema del bienestar sin que contribuyan antes. En teoría, este partido dice no estar en contra de la inmigración siempre y cuando ésta sea cualificada y ayude a sostener económicamente a la sociedad danesa. El problema está en que la percepción generalizada que el PPD tiene de los inmigrantes es que la mayoría sólo viene aquí para chupar del bote”, explica Larsen, que se resiste a catalogar al PPD como de extrema derecha. “Yo diría más bien que estamos ante una formación nacionalista y conservadora pero en ningún caso de extrema derecha. Entre otras cosas, porque, en algunos aspectos, incluso, sus posiciones pertenecen más al ámbito de la izquierda que al de la derecha, tal y como demuestra su férrea defensa de los servicios públicos y de que éstos sean de alta calidad”, explica. Por otro lado el PPD siempre se ha mostrado filoisraelí. Lo que está claro es que ha hecho de la lucha contra la inmigración su principal campo de batalla y sus renovadas victorias tanto en las urnas como en el Parlamento han envalentonado a sus homólogos en Suecia, los Demócratas Suecos, que tras de una intensa y combativa campaña electoral acaban de entrar por primera vez en el Parlamento.
“Para muchos suecos esto ha sido una verdadera sorpresa”, confiesa a Tiempo Olof Ruin, politólogo de la Universidad de Estocolmo. “Pensábamos que a pesar de la ola de anti-inmigración que inundaba el resto de Europa nosotros habíamos sabido mantener la situación bajo control. Sin embargo, el resultado electoral demuestra todo lo contrario”, lamenta, tras recordar que “a lo largo de todas estas décadas la sociedad sueca se ha caracterizado por ser una de las más abiertas”. “Precisamente esta mentalidad es la que ha permitido que llegaran a Suecia tantos inmigrantes”, explica, remarcando que la mayor parte de los suecos “está orgullosa de pertenecer a un país que cuenta con una larga historia de tolerancia hacia personas de distintos orígenes”.
El caso sueco.
De hecho, aparte del efímero tránsito por el Parlamento del partido ultranacionalista Nueva Democracia a principios de los 90, Suecia se había mantenido al margen de este tipo de formaciones. Sin embargo, ahora, con un partido de la misma calaña cosechando éxitos en Dinamarca y una avalancha de inmigrantes llamando a sus puertas, el país ha acabado cediendo y ha dejado que la extrema derecha se hiciera con una parte del electorado.
A diferencia del PPD danés, cuyos fundadores procedían de un partido parlamentario previo que cayó en desgracia, los Demócratas Suecos tienen un pasado mucho más oscuro, al haberse formado a partir de un movimiento neonazi. Salvando las distancias, este detalle trae a la mente la exitosa saga de Millenium, en la que su autor, Stieg Larsson, habla de las intrigas y aberrantes atrocidades que este tipo de organizaciones seguiría cometiendo hoy en día en Suecia. Sin olvidar que estamos hablando de ficción, el argumento de esta trilogía toca el tema poco o nada conocido de las agrupaciones supremacistas suecas, cuya existencia habrá sorprendido a más de uno, dada la imagen de neutralidad y tolerancia de que goza este país en todo el mundo.
Quizás el caso real más extremo se encuentre en Grästrop, al sur de Suecia, donde el líder del racista Partido de los Suecos acaba de conseguir los votos para ser concejal del Ayuntamiento. La matriz neonazi de este pequeño partido no puede estar más clara, tal y como demuestra el primer punto de su programa, donde se afirma: “Sólo las personas que pertenecen genética y culturalmente a la herencia occidental, que es la misma a la que pertenecen los suecos, podrán algún día llegar a ser ciudadanos de Suecia”.
Dejando aparte a los extremistas, que en el conjunto del país no dejan de ser una minoría, no son pocos los que piensan que si estas posiciones han obtenido el apoyo de una parte de la población se debe en parte al caso omiso que los partidos tradicionales habían hecho hasta ahora a los problemas relacionados con la inmigración. “Algunos ciudadanos, sobre todo los que realizan trabajos humildes, tienen miedo de que los inmigrantes les quiten su puesto”, explica Olof Ruin, quien considera que los partidos convencionales deberían haber afrontado este asunto mucho antes, aprobando más medidas para integrar a los extranjeros.
A excepción de Islandia, que aún se está recuperando de su reciente debacle económica y cuyo caso debería abordarse aparte, los partidos anti-inmigrantes no sólo han ganado terreno en Dinamarca y Suecia, sino también en Noruega y Finlandia, donde, elección tras elección, el Partido del Progreso Noruego y el de los Verdaderos Finlandeses han sumado escaños. En el primer caso, la formación ha ido creciendo hasta convertirse en el segundo partido más votado, mientras que en Finlandia los resultados han sido mucho más modestos, pero no por ello menos prometedores. De todos modos, lo que todavía está por ver es la influencia real que estos partidos lograrán tener sobre la acción de Gobierno.



