África, de golpe en golpe
La reciente asonada militar en Burkina Faso evidencia lo que es una práctica común en el continente africano
Las televisiones de Burkina Faso amanecieron hace unos días con la peor de las noticias: un nuevo golpe de Estado trastocaba el camino hacia la paz iniciado hace casi un año, después de que una revuelta popular terminara con 27 años de dictadura del también golpista Blaise Compaoré. A finales de noviembre de 2014, la población celebraba con júbilo la caída del dictador –desde entonces exiliado en Costa de Marfil– y daba paso al comienzo de la democracia. Entonces se instauró un Gobierno de transición con dos hombres fuertes: como primer ministro, Yacouba Isaac Zida, quien fuera número dos del presidente depuesto; y como presidente, Michel Kafando, embajador permanente de Burkina Faso en Naciones Unidas entre 1998 y 2011 y ministro de Asuntos Exteriores entre 1982 y 1983.
Desencuentros. Este Gobierno de transición sería efectivo hasta el 11 de octubre de 2015, fecha en la que por primera vez tendrían lugar unas elecciones libres y multipartidistas. Sin embargo, este deseado final se ha ido enturbiando a medida que se acercaba la fecha de los comicios. Desde que se instaurase el Ejecutivo de transición, han sido constantes los desencuentros entre el primer ministro y el Regimiento de Seguridad Presidencial (el cuerpo militar encargado de proteger al presidente, que ha sido rebautizado como Consejo Nacional para la Democracia). Esta enemistad se hizo más evidente cuando el líder golpista, el general Gilbert Diendéré, accedió a liberar al presidente dos días después de la toma del palacio presidencial, mientras que mantuvo a Zida bajo custodia vigilada. La justificación del golpe roza el surrealismo: “El régimen de transición se ha desviado de los objetivos de una democracia consensual, y estamos ante una grave situación de inseguridad preelectoral”. O lo que es lo mismo: la única agrupación política a la que se prohibió participar en los comicios es la del depuesto Compaoré. Algo que a Diendéré –quien fuera su brazo derecho–, no le pareció buena idea, pese a que negase cualquier vinculación entre el exdirigente y el levantamiento.
Mandatos a perpetuidad. Burkina Faso y Nigeria encabezan el ranking de pronunciamientos: nueve desde que alcanzaron la independencia. Níger, Malí, Guinea Bisau, la República Centroafricana, Gambia y Burundi los han vivido en los últimos cinco años. Sin embargo, el continente encierra un triste destino común, y desde la década de los sesenta ha habido doscientos intentos de golpes de Estado, de los cuales 89 han triunfado. Y si no los han vivido no es porque tengan un régimen mejor, sino porque casi todos los dirigentes conciben el poder como un mandato de por vida, perpetuándose mediante elecciones amañadas y haciendo cambios en la Constitución a su merced. Su resistencia en el cargo hace que la única vía para el cambio político sea mediante la fuerza. Según varios analistas internacionales, un golpe de Estado en África puede ser igual de malo que beneficioso. Lo principal es saber quién está detrás y ver cuáles son sus aspiraciones. Por ejemplo, si el golpe militar trata de sacar del poder a un dictador que no es bueno para la sociedad y ese golpe termina en un proceso democrático, se puede considerar un “buen golpe”. Por otro lado, el protagonismo de los cuerpos armados africanos –más significativo en los últimos cinco años a raíz de la lucha contra el terror–, les ha otorgado poder y una serie de beneficios a los que no están dispuestos a renunciar. “Mientras los Gobiernos financien al cuerpo militar, hay menos probabilidades de que se produzca un golpe de Estado”, asegura David Zounmenou, investigador del Instituto de Estudios de Seguridad de Sudáfrica. Hasta ahora, en muy pocos casos se había visto a un cuerpo militar que saliera en defensa de la población y estuviera comprometido con la estabilidad del país. El pasado mes de mayo en Burundi, un exgeneral trató de tomar el poder para evitar que el presidente Pierre Nkurunziza con-siguiera una tercera legislatura. El gol-
pe de Estado fue neutralizado en cuestión de horas.
El principal factor que señala el profesor y analista de política africana Nestor Nongo es que “la concentración de todo el poder de una nación en una sola persona, o en unas pocas personas, hace imposible el cambio a través de las instituciones que, por otra parte, sirven de comparsa al jefe de turno. La solución al sempiterno problema de los golpes de fuerza en África pasaría por la transferencia de los poderes del Estado de las personas a las instituciones y por un robustecimiento de dichas instituciones, amén de la búsqueda de soluciones a los problemas de la población”. Las recientes democracias africanas ligadas a Gobiernos corruptos ponen en tela de juicio la capacidad de construir instituciones fuertes. Sin embargo, las nuevas generaciones de jóvenes universitarios se resisten a que sus países continúen con el mismo destino. A ellos les corresponde el activismo que dé voz a quienes de verdad apuestan por un continente democrático, sin golpes de Estado en las noticias.



