Vivir sin conexión
Las redes sociales no paran de crecer, pero aún hay gente que se niega a entrar y demuestra que hay vida más allá de Internet.
El 2011 tiene muchas posibilidades de convertirse en el año de la confirmación de las redes sociales en España. En mayo la convocatoria de manifestaciones por todo el país para protestar contra el sistema político y las medidas económicas (que dio lugar al movimiento 15-M) prendió y se mantuvo en las redes sociales. Recogía el relevo de la protesta on-line de los internautas contra la ley antidescargas, la ley Sinde, y marcó la pauta para otras protestas. A finales de agosto, la Red volvía a hervir con la petición de un referéndum para aprobar la reforma de la Constitución. Además, en 2011 se ha hecho patente que cada vez más deportistas y otras celebridades usan las redes sociales para airear sus intimidades. Un estudio de Cisco Connected World Technology desvela que la importancia que tiene Internet para un elevado porcentaje de jóvenes en España es mucho mayor que en los otros 14 países estudiados, incluidos algunos tan tecnológicos como Japón o EEUU. Aquí, la mitad de los universitarios y jóvenes trabajadores españoles consideran Internet como un recurso “fundamental” en sus vidas. Seis de cada diez aseguran que no podrían vivir sin Internet, una necesidad que se traslada al uso de las redes sociales: uno de cuatro universitarios españoles está conectado permanentemente a Facebook y el 24% accede varias veces al día.
Sin embargo, también mucha gente se las apaña perfectamente viviendo desconectada de la Red. No son solo personas de más de 50 años que viven en pueblos apartados, también jóvenes urbanos, estudiantes y profesionales que, voluntariamente, eligen no formar parte de las redes sociales; son el polo opuesto al 55% de jóvenes españoles que, según el informe citado antes, considera que Internet es más importante que quedar con amigos o escuchar música.
A pesar de estas cifras, una encuesta de 2010 del Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre el uso de tecnología de la información, revelaba que el 58,4% de los españoles había utilizado Internet al menos una vez por semana en los últimos tres meses. El porcentaje variaba notablemente según la edad. El 88,9% de respuestas positivas en encuestados de entre 16 y 24 años descendía hasta el 11,7% entre los de más de 64.
Porque más allá de los trending topics o muros personales, aún hay gente que valora más las conversaciones en vivo y en directo con gente a la que conoce personalmente que dejar mensajes privados a desconocidos.
El arcaico boca a boca.
Entre ellos se encuentran Javier Amor, Ricardo Jiménez y Javier Lozano. Tres jóvenes entre la veintena y la treintena que no utilizan Facebook, ni Twitter, ni LinkedIn ni Tuenti y que no sienten ninguna necesidad de hacerlo. No se consideran marginados y, aunque admiten que a veces pueden perder inmediatez, aseguran que terminan enterándose de lo que se cuece en las redes sociales por los canales tradicionales de información, particularmente por el arcaico boca a boca. Ellos reivindican su derecho a la privacidad, valoran una comunicación cercana, no encuentran divertido estar todo el día interconectado y no creen “ni de lejos” estar perdiéndose algo.
Ricardo Jiménez tiene 32 años, es arquitecto técnico y abomina de todo tipo de comunidad virtual. Tiene una cuenta de correo electrónico que, prácticamente, solo utiliza para trabajar. “No tengo claro por qué no soy de ninguna red social. Creo que la razón principal es por no dejarme llevar por una moda”. Según explica, ese fue el razonamiento de alguien cuya pareja es “adicta a Facebook”. También le echa para atrás el hecho de dar información personal que, sospecha, “es un potencial para cualquier empresa que quiera explotarla”. “Tienes perfiles personalizados, tus movimientos diarios, saben dónde vas y dónde no vas, eres una pieza controlada”, afirma. Posiblemente, este sea el aspecto que más preocupa a las personas. No en vano el INE señala que solo un 39,85% de los encuestados afirma declarar información personal.
Javier Lozano, estudiante de Periodismo de 21 años, padeció en su momento la fiebre de las redes sociales, pero no le duró más de tres meses, el tiempo que tardó en borrarse de Tuenti, porque ni le gustaba publicar su vida en una página web ni le interesaba “ver la de los otros”. Ahora que lo ve con distancia, y a pesar de que las redes sociales se han convertido en un instrumento de comunicación entre periodistas, políticos y celebridades, él cree que “la gente que está todo el día enganchada está enferma; no encuentra nada mejor que hacer”.
Los motivos por los que Javier Amor, 38 años e informático de profesión, no quiere entrar en redes sociales no llegan ni siquiera al terreno de la privacidad. “En mi caso creo que es desidia, me aburre”, confiesa. En cualquier caso, no le parece tan grave no formar parte de una comunidad cada vez mayor de personas que intercambia valoraciones con sus propios líderes de opinión, que en ocasiones se confunden con los de la vida real. “Hay muchas más aplicaciones [informáticas] que son más útiles y que no utilizamos. Yo soy profesor de informática, tengo mucho acceso a estas cosas, pero a mí me aburre estar en un ordenador escribiendo qué tal estoy”, dice. Llegando al extremo, ni siquiera tiene teléfono móvil: “El móvil no lo he utilizado nunca y nunca me ha hecho falta”. Con el teléfono fijo de toda la vida le basta. Además, no tener móvil tiene algo claramente positivo: “La gente es más puntual, si no tienes móvil no pueden llamarte para decirte que van a llegar media hora más tarde”, dice.
Uno de los motivos por los que los usuarios de redes sociales dicen serlo tiene que ver con la capacidad de estar en contacto permanente con amigos y conocidos. Sin embargo, Jiménez no piensa que las redes faciliten las relaciones sociales: “Creo que la sociedad actual pierde el sentimiento de comunidad. Aunque parece que [las redes] lo favorecen, se pierden las relaciones. Todos hemos escrito un mensaje justificándonos por no poder quedar, es mucho más fácil que decirlo a la cara”. A Lozano sí le preocupa un poco más: “Este año me voy a Lisboa y me da miedo perder el contacto con mis amigos, puesto que ellos ya no utilizan ni siquiera el e-mail”.
Informados y al día.
Por lo que respecta a su uso como medio de comunicación, Lozano, Jiménez y Amor afirman que sí es cierto que alguna vez se han sentido desplazados en una conversación sobre el último vídeo colgado en Internet o sobre la última campaña viral. Pero la desconexión dura poco, ya que terminan enterándose por la gente a su alrededor. “El problema es el acceso a la primera información –dice Javier Amor– pero siempre acabas teniéndola de alguna manera”. Ese fue el caso del 15-M. A ninguno le hizo falta estar conectado a Twitter, a través del cual los promotores del movimiento organizaron un eficiente sistema de comunicación con el que seguir el desarrollo de las acampadas, la convocatoria de manifestaciones y concentraciones y la toma de decisiones de las asambleas. Amor lo hizo a través de medios tradicionales, como los carteles callejeros y aunque también utilizó la Red –pero leyendo los diarios digitales, no lo que escribían los ciudadanos anónimos convertidos en reporteros– afirma: “Al conocer a gente que lo ha visto, que ha estado, participas y te enteras por el boca a boca”, un método, dice, “más sólido” para estar informado.
Sobre la importancia de estar o no estar en la Red, Amor sostiene que ocurre lo mismo que “con un porcentaje de la sociedad que cree que la realidad está en la tele y en la prensa” y sentencia que al final lo que pasa es que se pierde la noción de la realidad y “te acabas creyendo a pies juntillas lo que estás viendo”.
A pesar de la animadversión que sienten por las redes sociales, los tres son conscientes de que han venido aquí para quedarse, como el teléfono móvil. Javier Amor abrirá una cuenta en Facebook si lo necesita y Ricardo Jiménez no descarta caer en la Red –“no sé, nunca digas de esta agua no beberé”–. Frente a ellos, Javier Lozano asegura: “Yo estuve en una red social pero ni me planteo volver”.



