Una cuestión de horarios, no de hora

08 / 10 / 2013 11:29 Javier Otero y Luis Calvo
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Retrasar una hora los relojes para adaptarse al ritmo solar, aunque es un primer paso, no bastaría para cambiar las costumbres españolas.

Hace unos años el Bloque Nacionalista Galego (BNG) propuso adaptar el horario gallego al de Canarias, más cercano a la situación de la región que el de Berlín, oficial en toda la península. Entonces la propuesta fue tachada de ocurrencia por el resto de partidos y se enterró, pero pronto toda España podría rescatar la idea. El Gobierno está estudiando adaptarse al huso británico, cuyo referente, el meridiano de Greenwich, atraviesa España por el Este. La razón fundamental: recuperar la hora que geográficamente le corresponde y, con ello, el mismo ritmo solar del que disfrutan la mayor parte de los países del mundo.

España adoptó el horario de Berlín en 1942. La lógica de la Segunda Guerra Mundial mandaba y el continente bailaba al son que mandaba el Tercer Reich. Ignacio Buqueras, presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de Horarios en España, explica que incluso los ingleses abandonaron durante un tiempo su mítico meridiano para ser capaces de reaccionar sin errores a los movimientos alemanes. Una vez derrotado Hitler, el resto recuperó su horario habitual, pero España, pese a tener gran parte del territorio más allá de Greenwich, se quedó con la referencia de Berlín.

Distintas costumbres.

La consecuencia es que los relojes españoles corren una hora más tarde del ritmo que marca el sol en invierno, dos en verano. Cuando es mediodía solar, en España es la una en invierno y a la misma hora que el resto de Europa ya está a oscuras, aquí el cielo aún se ilumina con los últimos rayos. Tenemos más sol por la tarde y menos por la mañana, una situación que pesa en las cuentas energéticas de muchas empresas y, según los expertos, resta competitividad al país.

El desplazamiento respecto a la hora solar ha acabado modificando incluso las costumbres del país. Somos famosos por comer y cenar mucho más tarde que en el resto del continente, unos tiempos que se adaptan más a nuestro ritmo solar que al de los relojes. La empresas abren y cierran más tarde y los ciudadanos se acuestan más tarde. Este desfase tiene consecuencias. En España dormimos de media 53 minutos menos que en el resto de Europa, lo que repercute en la baja productividad, el absentismo y el fracaso escolar. Pero el cambio de hora no sirve por sí mismo para volver a los horarios del resto del continente.

Javier Galindo es el jefe de la Sección de Hora del Observatorio de la Armada de San Fernando (Cádiz). Desde aquí se da la hora oficial a España. Por un lado, técnicamente, es favorable a un hipotético retraso del reloj porque así se adecúa a la zona horaria que corresponde a España. Por otro lado, personalmente, se muestra escéptico sobre la posibilidad de que pueda cambiar las costumbres. También se pregunta si merece la pena perder una hora de sol por la tarde. Así, en invierno el sol se pondría a las cinco menos diez de la tarde. También se pregunta si los españoles se adaptarán a que el astro rey salga a las seis menos cuarto en verano, en lugar de a las cinco menos cuarto, y anochezca a las nueve. Eso, mientras no cambian los horarios laborales. “De hecho, ahora, con el cambio de hora entre invierno y verano, no cambiamos los horarios laborales, de comidas o de sueño”, recuerda Galindo.

Galindo señala como curiosidad que el desfase del huso horario con la zona geográfica no es una situación exclusiva de España en Europa. Portugal debería tener una hora menos. Y a Francia le pasa en parte como a España, que tiene los relojes una hora por delante.

Además, si un país está más al Norte o al Sur, influye en las horas de sol. En Inglaterra, en el solsticio de invierno, el sol sale a las ocho de la mañana (hora local) y se pone a las cuatro de la tarde. En España, también en hora local, el sol sale a las ocho y media de la mañana y se pone a las seis menos diez de la tarde. En invierno, en España hay una hora y media más de sol. Esto provoca que, al tener diferentes horas de almorzar, curiosamente, tanto ingleses como españoles tengan las mismas horas de sol tras esta comida. En verano, por el contrario, hay más sol al Norte. En Inglaterra tienen 14 horas de sol. Sale a las cinco menos cuarto de la mañana y se pone a las nueve y veinte. En España sale dos horas más tarde y se pone solo media hora después respecto a Inglaterra, hora local.

Tiempos biológicos.

Si alguien tiene la idea de que las tardes en España son muy largas, hay que decir que, desde la hora de comer hasta la puesta de sol, en verano hay unas siete horas. Para los ingleses, nueve. Como Canarias está más al Sur, los días no se alargan y se acortan tanto. Si Canarias obedece a su posición geográfica debería retrasar también una hora su reloj, lo que acentuaría el efecto de anochecer antes respecto a la península, alerta Galindo. En verano, el 21 de junio, el sol se pondría a las ocho.

Para Antonio Díez Noguera, catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y experto en cronobiología, el desplazamiento de los horarios en una hora respecto a la luz solar no supone un perjuicio claro para nuestro cuerpo, capaz de adaptarse a este tipo de desfases sin problema. De hecho, nuestros tiempos biológicos son de 25 horas, con lo que cada día el cuerpo realiza ese ajuste independientemente del huso horario en el que esté. Lo verdaderamente relevante son las rutinas. Nuestro organismo se acostumbra a despertarse, desayunar, comer, cenar y dormir a las mismas horas cada día, independientemente de lo que marque el reloj. Variar esas rutinas en una hora apenas tendría consecuencia fisiológicas.

Hay, por tanto, que buscar en otro lugar el origen del problema. Para Ignacio Buqueras es imprescindible meter mano a las costumbres laborales españolas. En este sentido, aunque la apertura del debate sobre el cambio de hora es un paso, no representa el más importante. El problema fundamental está en la cultura del trabajo española, con jornadas inmensas y baja productividad. Hay una concepción presencialista del trabajo, que nos retiene muchas horas en la oficina, pero con pocas de trabajo intenso. No damos excesivo valor al tiempo y salimos tarde, mucho más que la hora que ganamos respecto al horario solar. No solo es un problema de productividad. La falta de conciliación y el agotamiento repercute también en el bienestar de los españoles, incapaces de sacar el tiempo necesario para la vida familiar.

Tampoco ayuda que los programas de máxima audiencia comiencen mucho más tarde que en otros países y, sobre todo, se extiendan más allá de las 12 de la noche. En este sentido, se queja Buqueras, España es uno de los pocos países donde se programan partidos de fútbol a las once de la noche.

Nuevos horarios.

Según este análisis, no serviría de nada adelantar la hora si se mantienen los horarios laborales y televisivos. Por suerte, es algo que según Buqueras empieza a cambiar. Varias empresas están adoptando por norma jornadas intensivas o el cierre obligado de las oficinas más allá de cierta hora. En Iberdrola casi nadie trabaja más allá de las 15.30 horas y en el Ayuntamiento de Madrid la jornada termina a las 17.00 sin excepción, por poner  solo dos ejemplos. Y es una tendencia. Cada vez más oficinas comprenden los beneficios de tener a la plantilla menos horas presente para hacer el mismo trabajo. Ahorra costes y mejora la calidad.

Queda mucho, sin embargo, para que esta actitud sea generalizada. Por el momento, cambiar la hora del reloj es lo más cerca que muchos españoles pueden estar de salir antes del trabajo.

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