Un duelo entre el arte y la crueldad
De un lado Vargas Llosa, Benítez Reyes, Carlos Marzal. Del otro, Manuel Vicent, Espido Freire o Antonio Gala. El eterno amor/odio de los escritores y los toros. Mientras, José Tomás no deja de protagonizar libros.
La gente se arremolina en la acera. Hay corrillos, sonrisas, nervios, miradas expectantes. Esperan a José Tomás, el torero que va a presentar su libro Diálogo con Navegante (Espasa) donde habla del toro que casi le mata en la fatídica corrida de Aguascalientes, México. José Tomás es menudo y nervudo, como una soga recia y fina. Vestido de calle no llama la atención, pero cuando la gente le reconoce, se despiertan los nervios de los fans y los aficionados, incluso los que peinan canas, se convierten en quinceañeras en día de concierto.
Se siente un espontáneo en el mundo de las letras, dice. Asegura que el libro “no es una defensa de la tauromaquia sino una explicación, que es la mejor manera de defenderla”. Habla de miedo, de muerte, de atrevimiento: “A mayor riesgo, más arte”, sentencia.
Al día siguiente de la presentación del libro de José Tomás hay otra cita taurino-literaria en la plaza de toros de Las Ventas. Andrés Lorrio y Lorenzo Clemente presentan el libro ilustrado José Tomas en Nimes (La esfera de los libros), una crónica fotográfica de otra tarde memorable de José Tomás, la de su reaparición después de Aguascalientes, una tarde apoteósica: once orejas, un rabo y un toro indultado, un récord, un éxtasis histórico, proclamaron las crónicas de los diarios de medio mundo.
José Tomás ha protagonizado estos días un doblete literario, como coautor de Diálogo con Navegante y como protagonista de José Tomás en Nimes, y lo mismo le ha sucedido al Nobel Mario Vargas Llosa, coautor del primer libro –donde escribe Monólogo del toro–, y prologuista y presentador de Enrique Ponce. Un torero para la Historia (La esfera de los libros), la biografía que Andrés Amorós ha escrito del diestro valenciano.
Las plumas y los capotes han coincidido en la Feria de San Isidro. Las editoriales mantienen engrasadas las imprentas con textos que hablan de toros. También son recientes 300 anécdotas taurinas.Historias de la otra cara del toreo (La esfera de los libros), del periodista Lucas Pérez, y La geometría y el ensueño (Fundación José Manuel Lara), la antología de poesía taurina que ha compilado Carlos Marzal.
“Buena parte de la literatura taurina está aderezada de clarines en la tarde, de alberos, de revoleras, de chicuelinas y de volapiés, sin que haya otra cosa más que el aderezo. La mejor poesía taurina de todos los tiempos, los mejores poemas de La fiesta nacional, de Manuel Machado; de La suerte o la muerte, de Gerardo Diego; los de Rafael Alberti; los de José Bergamín; el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca, eluden esos dos peligros (el tremendismo sentimental y los oropeles gremiales) mediante la sutileza y la levedad, y poniendo la vista, con la ayuda de lo circunstancial, en el núcleo de las preocupaciones del hombre”, explica el poeta Carlos Marzal.
Como capuletos y montescos, los escritores también se alinean en bandos a favor y en contra del toreo. De un lado, Marzal, Felipe Benítez Reyes, José Hierro, Ángel González, Mario Vargas Llosa, Francisco Brines o Pere Gimferrer, fascinados por la lidia. Del otro, Manuel Vicent, Rosa Montero, Antonio Gala, Espido Freire o Jesús Mosterín, enemigos de las corridas. No es un combate nuevo: antes que ellos chocaron sus lanzas Lope de Vega, Quevedo, Larra, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Jacinto Benavente o Miguel Delibes, autores de textos que hablan de crueldad y suplicio contra las loas taurinas proclamadas por García Lorca, Miguel Hernández, Alberti o Ernest Hemingway.
El debate es antiguo.
La pugna la libran el arte contra la crueldad, que son los argumentos esgrimidos por unos y otros. ¿La lidia es cruel? José Ovejero, ganador del Premio Herralde de ensayo con La ética de la crueldad (Anagrama) y del último Alfaguara, contesta: “Sí y no. No me gustan los toros, pero tiendo a desconfiar de una sociedad que ve en las corridas de toros una gran crueldad y a la vez mantiene a los animales en condiciones bestiales, experimenta con ellos para producir cosméticos... Hay más protestas antitaurinas porque nos molesta lo que parece una crueldad gratuita mientras parece no importarnos la crueldad si es útil. A mí me preocupan más los pollos que los toros”.
Ovejero, estudioso de la crueldad, cree que los toros “son solo una manifestación del placer por la crueldad, que es uno de los rasgos más destacados de la sociedad española. La novela española empieza con la picaresca; tenemos a Goya, Buñuel, nuestros espectáculos populares son toros asaeteados por dardos, cabras lanzadas desde campanarios; en Semana Santa sale gente dándose latigazos... Parece que se ha mantenido la crueldad como inspiración”, explica.
No lo ven así los amantes del toreo. “Lo que se celebra no es la muerte sino su aplazamiento. Nada menos luctuoso que una gran faena. La gracia con que el torero elude la muerte es lo opuesto a la pesantez con que ella busca imponérsele”, afirma Carlos Marzal.
La antología poético-taurina La geometría y el ensueño contiene poemas de autores que no disimulan su fascinación por las corridas, aunque sostiene Marzal que para hacer un poema a una corrida no hace falta ser un entusiasta de los toros. Dice el poeta que la Fiesta tiene los ingredientes necesarios para componer versos emocionantes: “Pocos rituales están tan embebidos de lo real y al mismo tiempo tan obligados a lo simbólico”.
Gusten o no las corridas, los versos que se le dedican son de una belleza incuestionable. Ahí van unos de Felipe Benítez Reyes sobre el paseíllo: “La tarde extiende un oro soñoliento. / Calor en los tendidos, y en las gradas / un bullicio de gentes malhabladas / que miran el reloj cada momento”.
“Hay mucha literatura taurina, en todos los géneros, pero suele ser hojarasca pintoresquista. El mejor acercamiento al toreo como materia lírica y divagatoria es La música callada del toreo, de José Bergamín”, opina Benítez Reyes.
El verso es más hospitalario con los toros que la novela. Según Espido Freire –antitaurina–, “los libros esenciales que fijan el simbolismo del toro y el toreo no son españoles”, en su opinión esos libros son: Quo Vadis, de Sienkiewicz; Carmen, de Mérimeé; y Muerte en la tarde, de Ernest Hemingway.
Según Juan Manuel de Prada hay poca ficción taurina porque “hay una ruptura de la tradición española: gran parte de la población se avergüenza de una tradición en la que los toros ocupan un lugar y eso se incrementa en el ámbito de lo artístico”.
Belmonte, símbolo literario.
Hay pocas novelas, sí, pero los ensayos, recopilaciones y biografías abundan. Y entre la no ficción torera hay una obra que destaca sobre el resto. La ensalzan Carlos Marzal, Benítez Reyes y Vargas Llosa. Se trata de Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales: “Es una obra impresionante sobre la verdad del mundo del toro”, comenta el Nobel de Literatura, contestando a la pregunta sobre cuál es la obra literaria y taurina más destacable.
Belmonte es, además, el torero más presente en la literatura. “Es el símbolo más literario del universo del toro. Es el inventor del toreo moderno, el primero que se queda quieto, antes era algo más gimnástico. Belmonte es el torero de los filósofos, de Ortega y Gasset; y tiene una historia picaresca, era un golfillo de Triana que, armado con un trapo, se convirtió en un ídolo universal; es un artista suicida... reúne todos los ingredientes del artista maldito”, cuenta Carlos Marzal.
Muchos toreros tienen vidas de novela. La de Manuel Benítez, el Cordobés, se narra en O llevarás luto por mí, de Dominique Lapierre y Larry Collins, un libro que fue un bombazo editorial. Dos extranjeros glosando la vida de el Cordobés, curioso.
También lo es la petición de otro Nobel de Literatura, el sudafricano J. M. Coetzee, que en estos días pide a los gobernantes españoles que no declaren las corridas de toros bien de interés cultural. Coetzee es un militante comprometido en la defensa de los derechos de los animales: lo ha proclamado con radical y conmovedora claridad en su obra Elizabeth Costello, un libro que, paradójicamente, esgrimen los aficionados a los toros porque en él se dice: “Matemos a la bestia a toda costa; pero hagamos de ello una contienda, un ritual, y honremos a nuestro antagonista por su fuerza y bravura. Comámonoslo también, tras haberlo vencido, para que su fuerza y su coraje nos penetren. Mirémosle a los ojos antes de matarlo, y démosle luego las gracias”.
No es que los españoles no hayan tratado el tema taurino. Ahí están, por supuesto la titánica enciclopedia de José María de Cossío; La suerte o la muerte, de Gerardo Diego; La fiesta nacional, de Manuel Machado; y la escalofriante elegía de Federico García Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, con esos versos estremecedores: “Dile a la luna que venga, / que no quiero ver la sangre /de Ignacio sobre la arena”.



