Progresismo
En general, cuando alguien invoca un Gobierno o una alianza política progresistas se refiere a un Gobierno o una alianza de izquierdas, pero no debe confundirse ser progresista con ser de izquierdas.
Uno de tantos malentendidos del lenguaje político es el que rodea a la frecuentemente mencionada noción de progresismo. En general, cuando alguien invoca un Gobierno progresista o una alianza política progresista se refiere a un Gobierno o una alianza de izquierdas. Pero no debe confundirse ser progresista con ser de izquierdas. Por mucho que ambos términos se hayan relativizado actualmente, la izquierda y la derecha son localizaciones políticas bastante objetivas: la izquierda potencia el Estado como garante de disposiciones generales que aseguren la protección social y como limitador de ciertos derechos tal que la propiedad, mientras que la derecha favorece la mayor desregulación de la vida colectiva y apuesta por la capacidad individual para protegerse de daños y buscar el éxito. En sí mismos, estos términos son descriptivos de modos políticos, no valorativos... aunque frecuentemente sean utilizados como dicterios. En cambio, la noción de progresismo es siempre ponderativa y elogiosa. Cuando se dice que algo o alguien es progresista se pretende ensalzarlo y recomendarlo a los oyentes. Ser progresista implica apostar por la igualdad efectiva de los ciudadanos, sin menoscabo del reconocimiento de su libertad constituyente: exige combatir la miseria y también la ignorancia supersticiosa y retrógrada. El progresismo siempre va aliado con la educación.
Históricamente, la izquierda no siempre ha sido progresista en el sentido positivo que señalo. Stalin era sin duda de izquierdas, pero no era más progresista que Hitler; en cambio el canciller Bismarck era de derechas, pero sentó las bases del futuro Estado del bienestar que hoy los progresistas reconocen como un gran logro. En la actualidad, el presidente venezolano Nicolás Maduro se considera izquierdista y puede que lo sea, pero si alguien lo considera más progresista que Angela Merkel, que es de derechas, haría bien en revisar sus fuentes de información. No hace falta añadir que tampoco son ni mucho menos progresistas los políticos de derechas que consideran positivo y modernizador cuanto suprime trabas a la expansión internacional de las empresas capitalistas, sean cuales fueren sus efectos en la conservación del medio ambiente o en la calidad de vida de los ciudadanos menos favorecidos por esos negocios.
Por tanto sería bueno que aprendiésemos a calibrar el progresismo político olvidándonos de la dogmática tradicional que cede a la hemiplejia de un mundo dividido entre derecha e izquierda. Probablemente la cualidad progresista no es nunca un término absoluto sino que siempre distingue entre lo más y lo menos. En España, hoy, no hay nada más reaccionario que la voluntad de disgregar la ciudadanía por sectores territoriales, haciéndola otra vez depender de cuestiones étnicas o genealógicas como en los orígenes del impulso democrático. De modo que la tendencia al nacionalismo y al separatismo que subvierte el Estado de Derecho puede servir de prueba del algodón para reconocer a quienes nada tienen de progresistas, por mucho que se proclamen de la izquierda más radical. Esta prueba puede complementarse con la lucha efectiva contra la corrupción y la cleptocracia, que hoy es sin duda imprescindible en cualquier política progresista que se precie.



